viernes, 23 de marzo de 2007

Marco metodológico del Estudio sobre Identidad y Pobreza en el sector de Pedro de Valdivia, Temuco.

CAPÍTULO 3.- DISEÑO METODOLÓGICO PARA LA INVESTIGACIÓN (documento de trabajo)*.
Francisco J. Cabellos M.**
Pamela A. Luna B.***

Tipo/nivel de investigación

Se ha considerado un marco exploratorio de investigación ya que no existen antecedentes previos relevantes sobre estudios enfocados desde la perspectiva de las Nuevas Identidades Colectivas - como la Identidad Glocal propuesta en este estudio - en contextos pobres de la región de la Araucanía o la ciudad de Temuco. Como se ha establecido en el planteamiento del problema, la región se ha mantenido en forma consistente como la más pobre del país, habiendo modificacado sus índices en magnitudes significativamente menores que las demas regiones, demostrando con ello la ineficacia de las políticas y programas implementados. Como alternativa que ilumine la discusión e ideación de la política y programática para abordar la pobreza se propone un tipo de Nueva Identidad Colectiva. Esta nueva forma de entender la identidad reconoce los profundos cambios sociales, culturales, económicos y psicosociales acaecidos en los ultimos 30 años en la sociedad chilena y regional, y restablece la preminencia de distinciones socioculturales y psicosociales por sobre distinciones económica y sociológicamente estructurales. En esta cualidad radica su capacidad de alternativa ya que se aparta del abordaje socioeconómico, estructural y cuantitativo de la discusión e intervención en pobreza.
La relevancia que ha recuperado el concepto de Identidad luego de cierto descrédito por su tradicional concepción monolítica, escencialista y estática, se debe a que se ha reconceptualizado como una instancia discursiva, de naturaleza simbólica, construida en un marco de relacione sociales, multiples, simultanes y discontinuas. Esto es lo que puede observarse en los estudios sobre nuevos movimientos sociales en los que identidades étnicas, sexuales, gremiales, juveniles, territoriales, etc., emergidas en el contrexto del nuevo orden global, son visibilizadas y coherentemente conceptualizadas gracias a estas nuevas perspectivas sobre la naturaleza de la identidad. En el contexto nacional puede refereirse al estudio “Chile: Identidad e Identidades”, desarrollado desde 2003 hasta 2005 por Bengoa y del cual ha sido editado un número completo de la revista Proposiciones, el último, nº 35, de Marzo de 2006. Desde una perspectiva emparentada conceptualmente con la sostenida en este estudio se ha desarrollado investigaciones relativas a Identidades Urbanas, Identidades Regionales, Identidades Juveniles e Identidades Étnicas a lo largo de todo el país.
En todos estos estudios se entiende de forma transversal la identidad en base a ciertos rasgos: no es estática, sino dinámica; y avanza a partir de choques, fragmentos y retazos que van siendo incorporados en otros sistemas mediante el uso del discurso y la acción. A partir de la constatación de la fragmentación propia del orden social global y su necesidad inevitable surge el concepto actual de Identidad, interfase discursiva que integra partes, articula fragmentos, organiza sentido en lo complejo (Bengoa, 2006).

Diseño

En términos operativos, atendidas las cualidades antes especificadas para la variable Identidad, se ha considerado pertinente un diseño cualitativo / comprensivo. Las diferencias propias de este paradigma con relación al que sustenta diseños cuantitativos - como las descritas en el cuadro siguiente (Pedone, 2000) – justifican esta desición.

Dualismos identificados entre métodos cualitativos y cuantitativos por Hammersley

Métodos Cualitativos Métodos Cuantitativos
Datos cualitativos Datos cuantitativos
Escenarios naturales Escenarios experimentales
Búsqueda de conocimiento Identificación de comportamiento
Rechazo a la ciencia natural Adopción de la ciencia natural
Aproximaciones inductivas Aproximaciones deductivas
Identificación de patrones culturales Consecución de leyes científicas
Perspectiva idealista Perspectiva realista
Entrevistas cualitativas Mediciones cuantitativas (cuestionarios)
Muestra de tamaño pequeño Muestra de tamaño amplio
Entrevistas extensas Mediciones pequeñas
Muestreos no-aleatorios
Muestreo aleatorio

Fuente: Winchester, H. (1996), p. 119.

Tanto datos relativos a Identidad como a Pobreza son eminentemente discontinuos, nominales, de naturaleza discursiva, producidos sólo en contextos naturales, nunca en escenarios controlados o experimentales, por lo tanto emergentes, nunca predecibles, producto de una busqueda y no de una corroboración, para cuya producción y análisis no resultan instrumentales los métodos y técnicas de la ciencia natural, fundamentalmente cuantitativa y positiva, requiriendose de coberturas poblacional y territorialmente pequeñas y deliveradamente direccionadas, a partir de las cuales pueda implementarse proceso extensivos de análisis. Todas estas cualidades corresponden en forma significtivamente más coherente con diseños cualitativos que con diseños cuantitativos, los que poseen cualidades definitivamente incompatibles con los propósitos del estudio tanto como con la naturaleza de las variables involucradas en él.
Más aun, un estudio sobre Identidad y pobreza como el presente corresponde ampliamente con lo que ontológicamente constituye a los métodos cualitativos, dentro de lo que se cuenta como objeto de estudio una realidad que comprende, según Valdés (2006), aspectos como los siguientes:
1. La vida diaria, con su complejidad e incertidumbre, ocurre en contextos que son naturales, es decir, tomados tal y como se encuentran, más que reconstruidos o modificados por el investigador, en los que los seres humanos se implican e interesan, evalúan y experimentan directamente (LeCompte, 1995). Ese ambiente natural, más que un escenario o telón de fondo, es un producto directo y cambiante de la interacción social (Dos Santos Filho, 1995).
2. Esa vida humana, como objeto de conocimiento, supone un componente objetivo (contexto natural) y otro subjetivo (significados atribuidos por los actores). Mas, lejos de tratarse de dos componentes diferentes, ambos se imbrican profundamente entre sí, al punto de no poderse separar ni siquiera para efectos metodológicos. El ser humano concreto viene a ser una síntesis de la sociedad (Ferrarotti, 1983). Esa sociedad (tradiciones, roles, valores, normas) es internalizada por el ser humano e integrada en estructuras de razonamiento, normas, valores, que todos asumen como algo connatural que se manifiesta en el comportamiento (Pérez Serrano, 1998).
3. La vida humana no es sólo lo que es ahora, sino lo que podría ser en el futuro, el proyecto, lo dado dándose (Zemelman, 1989; 1992). Los humanos, como seres hablantes, son constructores de mundos imaginarios y simbólicos, no sólo con lo actual, sino con lo virtual, lo posible (Ibáñez, cit. por Valles, 1997). En este sentido, los sujetos pueden comprenderse como sujetos y autores (Dos Santos Filho, 1995).
4. La vida humana es lenguaje, en el sentido de que se articula a través del diálogo. Esto implica reconocimiento y aceptación del otro, una comunicación horizontal, en igualdad de condiciones. La realidad supone la interpretación que dan de los actores de los procesos sociales (Elliott, 1990), de modo que para desentrañar esa realidad hay que comprender en profundidad los grupos humanos desde sus actores (Goetz y LeCompte, 1988).
5. La vida humana es un proceso de transformación permanente, por medio de la acción negociada de los seres humanos. La realidad es socialmente construida por medio de definiciones individuales y colectivas de la situación (Taylor y Bogdan, 1990), articulándose bajo un sistema compartido de significados (Rusque, 1999).
6. La aceptación de la verdad como subjetiva y relativa, el reconocimiento de los cambios y la aceptación de la teoría del conflicto (Dos Santos Filho, 1995).
En síntesis, tal como señala Dávila (1994) “a diferencia del diseño cuantitativo (en el que las hipótesis iniciales y arbitrarias marcan su desarrollo-siempre secuencial-) en el cualitativo…el mundo simbólico capturado mediante discursos no se circunscribe en modo alguno a premisas previamente formalizadas para su ulterior verificación…todo se encuentra [determinado] por el objetivo final; son los objetivos los que marcan el proceso de investigación cualitativa, dado que ceñirse a hipótesis previas no haría sino constreñir el propio análisis. En la investigación cualitativa se pretende la determinación dialéctica del sentido, mediante la operación de desentrañar significados siempre en relación con los objetivos delimitados” (pp. 77).
El diseño cualitativo a diferencia del cuantitativo es abierto en lo que concierne a la selección de participantes – actuantes en la producción del contexto situacional así como en lo que concierne a la interpretación y análisis - ya que tanto el análisis como la interpretación se conjugan en el investigador, que es quien integra lo que se dice y quien lo dice. Refiriendo a Ibáñez, Dávila (1995) señala el hecho que “en la investigación cualitativa el investigador es el lugar donde la información se convierte en significación y en sentido, dado que la unidad del proceso de investigación, en última instancia, no está ni en la teoría ni en la técnica – ni en la articulación de ambas – sino en el investigador mismo” (pp. 77). En el caso de diseños cuantitativos, su carácter cerrado deriva de la medida en que su rutinización es parte de su apuesta formal. Tal como plantea Dávila (1995), por ello su exigente protocolización y su pretensión de ser reproducible en todos los extremos. “Su modelo es algorítmico, pues admite que la existencia de una serie de instrucciones no equívocas susceptibles de ser formuladas, transmitidas y seguidas correctamente – serie a la que se le denomina algoritmo – permite la reproducción exacta de una experiencia, por lo que forma parte esencial de sus actividades el control de todo aquello que el algoritmo contiene en previsión de que el proceso referido funcione mal” (pp. 77).
En términos operativos, plantea Valdez (2006), la investigación cualitativa desarrolla sus procedimientos atendiendo a los siguientes aspectos:
1. Extraen descripciones a partir de observaciones que adoptan la forma de entrevistas, narraciones, notas de campo, grabaciones, transcripciones de audio y vídeo cassettes, registros escritos de todo tipo, fotografías o películas y artefactos (LeCompte, 1995). Produce datos descriptivos, a partir de las propias palabras de las personas, habladas o escritas, y la conducta observable (Taylor y Bogdan, 1990).
2. Le interesa más lo real, que lo abstracto; lo global y concreto, más que lo disgregado y cuantificado (LeCompte, 1995).
3. El proceso es fundamentalmente inductivo, en el sentido de que va de los datos a la teorización, por medio de técnicas de codificación y categorización, empleando la lógica inclusiva, formal o dialéctica (Glasser y Strauss, 1967; Strauss y Corbin, 1994; Strauss y Corbin, 1998).
4. El investigador cumple a la vez los roles de observador y participante (Rusque, 1999).
5. El proceso es abierto y flexible, porque se mueve en la ambigüedad, en la incertidumbre (Strauss y Corbin, 1998).
6. Implica comprensión mediante la experiencia, la interpretación como método prevaleciente, el trato holístico de los fenómenos, la construcción de conocimientos (Stake, 1999).

Técnicas

Como planteara Beltrán (1990), a propósito del estatus ontológico y metodológico antes reseñado, la renuncia a la ilusión de la transparencia del lenguaje constituye el objeto de la investigación social, en el contexto de una comprensión de éste como instrumento. En este sentido, “la negación al lenguaje de su condición de dado, su cuestionamiento, implica una ruptura epistemológica que constituye el método cualitativo. [Citando a Ibañez señala que] así como la ruptura estadística intenta ir a las cosas mismas, a los hechos desnudos, traspasando la ideología que la cosa traía, la ruptura lingüística descontruye la noción ideológica para reconstruir con sus fragmentos un concepto científico (la ideología es su materia prima, la materia sobre la que trabaja: y que des construye para re construir una ciencia). De esta forma el propio discurso se constituye en el objeto privilegiado de la investigación: el lenguaje no es sólo un instrumento para investigar la sociedad, sino el objeto propio del estudio; pues, al fin y al cabo, el lenguaje es lo que constituye o al menos es coextensivo con ella en el espacio y en el tiempo” (pp.39-40).

Grupo de Discusión

De acuerdo con Canales y Peinado (1995), en el paradigma de la investigación cualitativa se reconoce que toda práctica social necesita del discurso, de una organización particular de sentido, el cual, a su vez, ha de desconocerse a si mismo como práctica. En este marco uno de los médios mas característico es el llamado “Grupo de Discusión”, definido por Ibañez, según Beltrán (1990), como una “confesión colectiva” que deja inmediatamente de serlo o parecerlo, ya que el sujeto del enunciado deja de ser el sujeto de enunciación.
El grupo de discusión desconstruye los componentes semánticos de producciones discursivas concretas, recogidas mediante la técnica, para mostrar su estructura (Canales y Peinado, 1995). “Ésta [la estructura] no equivale nunca a la producción semántica conciente (las hablas individuales de los participantes en los grupos, las opiniones; a estas realizaciones concretas de un discurso las denominaremos textos). [Más aún,] la estructura de una producción lingüística cualquiera – lo que denominaremos simplemente discurso, que vendría a equivaler, por tanto, a discurso social – muestra un campo semántico que define qué elementos son incluidos como pertinentes y sus relaciones recíprocas, de carácter siempre jerárquico o hipotáctico; y, por oposición, como en toda estructura, que elementos excluye, que relaciones no acepta” (pp. 288). En consideración de estas características, el trabajo de análisis no supone la mera aceptación acrítica de los enunciados de un observador interno; por el contrario, el análisis del discurso requiere la confrontación previa de varios observadores internos, entre sí, y de estos con el observador externo, quien vendría a realizar una reducción crítica de los contenidos emic[1] presentes en la producción discursiva del grupo de discusión (Canales y Peinado, 1995).
Para Ibañéz (en Beltrán, 1990) en el grupo de dicusión se dan dos niveles de discurso: uno primero o empírico, en el que el grupo se manifiesta, y otro segundo o teórico, que habla del discurso de primer nivel y que permite interpretarlo o analizarlo. “La interpretación es una lectura: tiende a decifrar lo que la realidad dice – como si la realidad hablara -. El análisis es una escritura: desconstruye el discurso (ideología) de la realidad, reconstruyendo con sus piezas otro discurso” (pp.40). La discusión que se produce en el grupo con motivo de la provocación o acicate del investigador convierte en objeto de conocimiento la ideología del grupo de una forma peculiar: así como la encuesta – expresión de los principios del paradigma cuantitativo - no traspasa el contenido de la conciencia, el grupo de discusión explora el inconciente (Ibañez, en Beltrán, 1990).
En lo operativo, plantea Ibañez (1990), el proceso de investigación está regulado por la estrategia del sujeto de la investigación, la que no deja de operar en todo el proceso, estableciendo la investigación como un proceso de encuentro, en el que se promueve la exposición de los hablantes y su ideología a través de sus discursos, para lo que es necesario regular la libertad del investigador estableciendo ciertas fronteras espacio temporales.
En términos espaciales sólo puede reunir a un número de participantes de entre 5 y 10 ya que el número de canales de comunicación crecen a razón geométrica frente a un incremento aritmético de participantes: el límite superior está dado en base a consideraciones cuantitativas; cuando hay 10 personas existen cuarenta y cinco canales potencialmente activables, los que resultan exesivos si funcionaran al mismo tiempo. El límite inferior en tanto, está dado en base a consideraciones cualitativas; cuando existen 4 personas se arriesga la representación edípica del nucleo social primario compuesto por padre, madre e hijo(a), al que se suma el tio(a) como “embrague” con el macrogrupo. Para saturar todas las relaciones es preciso un grupo de al menos 4, en el que se actue con máxima tensión, todos participando todo el tiempo; con 5 hay ya redundancia (Ibañez, 1990).
En términos temporales, el grupo no puede existir antes ni después, durando no más de 90 minutos. El tiempo de la discusión ha de cubrir la intersección de los segmentos de ocio de los participantes, por eso su limitación. Especial dificultad presenta la puntuación del comienzo y el final. El comienzo viene puntuado por la convocatoria, que delimita el aquí y el ahora del comienzo. El final podría ser puntuado por el preceptor o por el grupo, lo que resulta conflictivo ya que en la medida que es puntuado por el preceptor supone que el consenso del grupo depende del acuerdo de éste, en tanto que de ser puntuado por el grupo supone que el consenso depende del acuerdo entre sus integrantes, lo que puede tomar un tiempo indeterminado. Atendidas estas implicaciones resulta operativo y metodologicamente eficaz informar al principio de la duración aproximada del grupo para evitar descanzar la puntuación de inicio y final en el grupo o el preceptor. Además, en esta medida tambien se precipita en el grupo la urgencia del concenso (Ibañez, 1990).
El preceptor, que domina el grupo en tanto asigna espacio y delimita tiempo, lo performa en la medida que lo organiza y ubica en el espacio. Así, el grupo toma cuerpo, de acuerdo a Ibañez (1990), en dos formas: biológicamente, ya que el grupo es un cuerpo de cuerpos, para formar un grupo hay que seleccionar los cuerpos de los aprticipantes y fundirlos parcialmente, sincronizarlos biosocialmente; y ecológicamente, ya que se forma en un territorio, un espacio en el que se produce la sincronización biosocial, el que no es conquistado por el grupo sino que asignado (mientras dura el trabajo).
Los participantes, en tanto, son seleccionados en base a dos operaciones: determinación algebraica y contacto concreto mediante redes topológicas.
La determinación algebraica implica restablecer, por un lado, las clases de participantes a considerar y su distribución en grupos. Con relación a los participantes lo que se propicia es una muestra estructural, basada en relaciones y no en elementos, como las muestras distributivas, centradas en la continuidad de y entre términos; por el contrario, una muestra estructural se centra en las discontinuidades, vacios, huecos o límites espaciales (zonas polarizadas, extremos y frentes) y temporales (fases de transición, crísis o cambio). Por otro lado, los grupos también poseen fronteras internas y externas, las que pueden ser más o menos porosas y pueden flutuar entre relaciones de inclusión - en lo que lo común es lo vinculante y ya se encuentra comunicado, implícito - y relaciones de exclusión - en lo que nada es común ni se encuentra comunicado, se encuentra implícito -. Sólo hay comunicación en una instancia de intersección: hay elementos comunes, que facilitan la identificación, y hay elementos no comunes, que activan la comunicación. En nuestra sociedad hay relaciones de exclusión que a nivel micro se representan en las relaciones padre / hijo, lo que ejemplifica la restricción de integrar en un mismo grupo personas generacionalmente muy distantes. Asimismo, a nivel macro se representan en las relaciones propietario / proletario, lo que ejemplifica la restricción de integrar en un mismo grupo personas sociocultural y económicamente muy distantes (Ibañez, 1990).
El contacto topológico, la otra operación involucrada en la selección de participantes, cuya función es traer los participantes al grupo, implica la utilización de redes de relaciones, de comunicación. Estas redes pueden ser naturales o artificiales, construidas por el proceso de investigación, y contener relaciones asimétricas o simétricas – coherentes o no con el orden instituido -. La encuesta, ícono de los métodos cuantitativos, como la policia, abre sus propias redes irrumpiendo en la intimidad en el momento y por el camino más inesperados, en tanto que el grupo de discusión utiliza redes preexistentes (familiares, vecinales, laborales, etc.). Esta maniobra abre las propias redes de los sujetos y permite revelar el poder detentado y ocultado ante otro, en este caso el preceptor / investigador. Los participantes deben creer que juegan en su propio terreno no en el del preceptor / investigador (Ibañez, 1990). En este sentido, dos condiciones resultan instrumentales a la gestión de esta operación: que los participantes no estén ligados de ninguna forma ni con el preceptor ni entre sí y que la red se rompa por la introducción, mediación, de un profesional entre los participantes y el preceptor – que generalmente es el que selecciona y convoca a los sujetos –. De esta forma, como plantea Ibañez (1990), se rompen los flujos de deuda sin lo cual los participantes estarían ligados al preceptor.
Un último aspecto a considerar es el carácter de la activación de esta red topológica. Cuando se hace por parte de sujetos con ascendencia o gradientes de poder superiores a los convocados se establece una red asimétrica, que tiende a establecer cierto orden pre establecido a la dinámica del grupo, como cuando ocurre que quien convoca a los trabajadores, por ejemplo, es el jefe. Asimismo, cuando la convocatoria se hace por parte de un igual para abordar temas del orden establecido se constituye una red simétrica, más o menos neutral, como cuando ocurre que un vecino convoca a pares para hablar de participación política. Cuando la activación de la red se produce por convocatoria entre iguales pero para asuntos no coherentes con el orden establecido para organizar la dinámica cotidiana de éstos se constituye una red simétrica, pero con tendencia a producir desorden en el grupo. Consideradas todas estas posibilidades cualquier contenido vale, pero hay que tener en cuenta el efecto producido en la red (Ibañez, 1990).
Otro asunto operativo se relaciona con el territorio asignado al grupo para constituirse, el que tiene un valor ecológico y otro semiológico. En el primer sentido, el lugar de reunión es, en términos de Ibañez (1990), un símbolo uterino: el grupo desea, en lo imaginario, un recinto cerrado hacia fuera – discontinuo con el exterior – y abierto hacia el interior – continuo por el interior -. Así puede desplegar sus fantasias de regreso a la madre y borrar las diferencias entre los miembros, cada uno sería identico a sí mismo – no cambia – e idéntico a otro – es permutable con él -. En el sentido semiológico, los locales donde se puede reunir un grupo tienen una marca social que los valora positiva o negativamente. En la medida que los lugares son de uso mas general y libre para toda clase de sujetos, como bares, hoteles, estadios, parques, etc., mas neutro es su impacto semiológico.
Una vez constituido el grupo el investigador o “preceptor” propone la cuestión a discutir, absteniéndose después de toda intervención, salvo las estrictamente necesarias para catalizar o direccionar la discusión, proceso que es registrado en variados medios para su análisis posterior (Beltrán, 1990).
Aspectos relevantes del proceso, que en el plano discursivo y al introducir la dimensión temporal se hace histórico, lo constituyen el escenario – personajes (preceptor, miembros del grupo y el propio grupo) y relaciones – y la escena – actuación de esos personajes en la “obra” -. En este marco, las relaciones entre preceptor y miembros fluctuan entre la transferencia[2] de uno hacia otro. En el grupo de discusión la transferencia no se reabsorbe, transita de transferencia al preceptor a transferencia al grupo. El preceptor no deja su rol pues le mantiene como preceptor. Al comienzo de la reunión se suele dar transferencia al preceptor; el silencio de éste gatilla la interpelación del grupo, hecho que demuestra su dependencia inicial. Transcurrida la discusión la transferencia migra hacia el grupo: en vez de buscar el acuerdo del preceptor, del otro, los miembros lo buscan en el grupo, tratan de ponerse de acuerdo entre ellos (Ibañez, 1990). Cabe señalar, sin embargo, que la fusión de grupo nunca se alcanza ya que esto implicaría que el grupo tomara la palabra, lo que no ocurre porque el grupo de discusión es efímero y es objeto, tanto como tambien por la coexistencia en ese marco de una comunicación dual y circular: cada uno intenta que el consenso del grupo refleje su posición individual, sirviendo la comunicación a un juego de dominación.
Como plantea Ibañez (1990) en este escenario actuan los personajes. El precpetor lo hace personal o mediadamente (filmadoras, salas de visión unidireccional, etc) y considera luego de la provocación inicial, que implica un componente racional o tema y uno emocional o motivación, un constante manejo de la transferencia / contratransferencia: desde el precpetor entra a la sala se produce una tupida red de complicidades con él y enfrentamientos con él, y mediante el manejo de esa red maneja el deseo de los miembros del grupo; el preceptor no participa en la discusión, trabaja sobre ella catalizando el discurso del grupo. Sin embrago esto plantea el problema de la posición del discurso del preceptor, el que generalmente puede tomar un valor represivo cuando corrige, desaprueba o contra argumenta a un miembro; o un valor “cómplice”, cuando aciente, afirma, aprueba, sonrrie amistosamente, etc,; o como pantalla, cuando sólo esta a la escucha sin juzgar ni comportarse en forma expresiva ante las alocusiones de los miembros. Esta última sería la posición correcta: una pantalla refleja y refracta, en este caso el discurso del grupo. Por estas razones es correcto que el preceptor intervenga de dos modos: reformulando, devolviendo al grupo el deseo manifestado con las mismas palabras, tonos y gestos; o interpretando, devolviendo al grupo el deseo latente tras el manifiesto.

Entrevistas con Enfoque Biográfico

Como entrevista se ha considerado desde instrumentos de investigación estructurados como las encuestas de actitud u opinión y los cuestionarios hasta instrumentos abiertos o no estructurados con forma de conversación emergente. Como plantea Taylor y Bogdan (1996) puede que a los encuestados/entrevistados se les pida que ubiquen sus sentimientos a lo largo de una escala, que seleccionen las respuestas más apropiadas a un conjunto pre seleccionado de preguntas o incluso responder con sus propias palabras a preguntas abiertas. No obstante poseer diferencias sustanciales una y otra técnica, lo característico de todas ellas es su carácter estructurado, estandarizado: el investigador tiene las preguntas y el sujeto de la investigación las respuestas. En contraste con la entrevista estructurada, estandarizada, las entrevistas cualitativas son flexibles y dinámicas; han sido descritas como no directivas, no estructuradas, no estandarizadas y abiertas (Taylor y Bogdan, 1996). Para referirse a este método de investigación cualitativa - distinto de los métodos estructurados o estandarizados - se ha usado el concepto de “entrevista en profundidad”, el cual describe un proceso de “reiterados encuentros cara a cara entre el investigador y los informantes, encuentros estos dirigidos hacia la comprensión de las perspectivas que tienen los informantes respecto de sus vidas, experiencias y situaciones, tal como lo expresan con sus mismas palabras. Las entrevistas en profundidad siguen el modelo de una conversación entre iguales y no de un intercambio formal de preguntas y respuestas…el propio investigador es el instrumento de la investigación, y no lo es un protocolo o formulario de entrevista” (pp. 101).
Sin embargo - y valorando las cualidades de la entrevista abierta, no estructurada, en profundidad – se ha optado por lo que Ortí (1990) denomina – sin contradecir las cualidades fundamentales de la entrevista abierta o en profundidad – Entrevista Individual Abierta Semidirectiva, ya que considera la influencia o efecto de conducción que ejerce el entrevistador o investigador para quien la información adquiere sentido y relevancia según unos objetivos de estudio. Esta cualidad es la que legitima abordar un proceso de este tipo con un marco o guión general de temas y preguntas, artefacto ineficaz en el caso de las entrevistas verdaderamente abiertas. En este sentido la entrevista no es el medio o receptáculo del habla libre y espontanea del entrevistado sino que un espacio de negociación y encuentro de éste con el investigador y sus intereses de investigación.
Aun cuando en comparación con los grupos de discusión la entrevista resulta menos eficaz en tanto técnica estructural, se ha mostrado productiva cuando se usa para el estudio de casos típicos o extremos, como los casos pobres y no pobres del presente estudio, en la que la actitud de ciertos individuos encarna el modelo ideal de una determinada actitud mucho menos cristalizada en la “media” del grupo de referencia. Asimismo, la mayor pertinencia de esta técnica está dada por la potencialidad proyectiva para relevar las relaciones con los modelos culturales de personalidad, reflejados en el otro generalizado o superego institucionalizado en la clase social de referencia (Ortí, 1990). “en este sentido, la entrevista individual en profundidad puede dar lugar a una relación de complicidad (fraternal) entre el entrevistado y el entrevistador, que refleja presisamente el trabajo represivo del superego social dominante (las pautas culturales vigentes, impuestas por la propia casa, conformadoras del ideal del yo del entrevistado)” (pp.197).
Taylor y Bogdan (1996) diferencian tres tipos de entrevistas: historia de vida o biografía sociológica, entrevista en profundidad dirigidas al aprendizaje sobre acontecimientos y actividades que no se pueden observar directamente, y entrevistas cualitativas orientadas a conformar un cuadro amplio de una gama de escenarios, situaciones o personas.
La Historia de Vida es una técnica desarrollada inicialmente por la Escuela de Chicago entre 1920 y 1940, y a travéz de ella el investigador busca conocer experiencias destacadas de la vida de una persona y las definiciones que esa persona aplica a tales experiencias. Como señala Burgess (1966, en Taylor y Bogdan, 1996), “en la historia de vida se revela como de ninguna otra manera la vida interior de la persona, sus luchas morales, sus éxitos y fracasos en el esfuerzo por realizar sus destino en un mundo que con demasiada frecuencia no coincide con ella en sus esperanzas e ideales” (pp. 102).
Esta definición corresponde con los propósitos del presente estudio y su tema, identidad y pobreza. Sin embargo, y considerando el paradigma cualitativo en el que - como se ha planteado el párrafo introductorio de las técnicas tanto como en el acápite diseño – se renuncia a la consideración del lenguaje y el discurso como formación dada y objetiva y a la aspiración de conocer “la verdad”, se verifica una contradicción en esta concepción clásica de historia de vida. Esta contradicción se plantea cuando Beker (1966, en Taylor y Bogdan, 1996) señala que “el sociólogo que recoge una historia de vida da pasos para segurar que lla cubra todo lo que queremos saber, que ningún factor o acontecimiento importante sea descuidad, que lo que pretende ser fáctico concuerde con las pruebas de que se dispone y que las interpretaciones del sujeto sean aportadas honestamente. El sociólogo…trata de hacer que la historia narrada tenga que ver con materias que son objeto de registro oficial y con material proporcionado por otras personas que conocen al individuo, el acontecimiento o el lugar que nos es decripto. Hace que el juego sea honesto con nosotros” (pp. 103). En esta serie de afirmaciones queda claro el sesgo objetivista y voluntaristamente orientado a verificar lo “verdadero” mediante la implementación de una serie de estrategias y acciones, desconociendo la naturaleza discursiva de la historia de vida, nivel o ámbito en que distinciones entre lo verdadero y lo falso, entre lo real y lo irreal estan absolutamente superadas en los desarrollo modernos de esta técnica.
Una primera cuestión que valida la inconsistencia indicada es el hecho que, como plantea Sarabia (1990), refiriendo a Allport, existen tres criterios para clasificar las historias de vida: “Total”, que comprende desde el momento en que se está confeccionando la historia de vida hasta el recuerdo más antiguo del sujeto, se trabaja con toda la vida del sujeto; “Temática”, que comprende sólo un determinado tema, pero en su incidencia a lo largo de la vida del sujeto; y “Preparada”, en la que la historia recogida es cortada, “editada”, por el investigador para darle u formato mas manejable y afín con criterios de edición para publicación. Esta sola diferenciación plantea el carácter relativo de la forma que adquiere la historia de vida y, en esa medida, también de la supuesta objetividad requerida para su validez. En el caso de los últimos dos tipos de historias de vida es el editor el que “recorta” la “realidad” o “verdad”, para fines editoriales o para fines de investigación, restringiendo en ambos casos la totalidad de la información o experiencia relativa a la vida de un sujeto.
Para resolver esta inconsistencia se ha introducido la diferencia entre historia de vida - a la que se le respeta las prescripciones que anotamos antes como inconsistentes con el paradigma cualitativo - e historia oral o relatos de vida, a la que se le reconoce su carácter discursivo y, en esa medida, su valor simbólico más que real, unívoco y objetivo. En esta última orientación, como plantea Santamarinas y Marinas (1994), “las historias de vida están formadas por relatos que se producen con la intención de elaborar la memoria [y no “la” historia] y transmitir una memoria, personal [y]o colectiva, que hace referencia a las formas de vida de una comunidaden un período histórico concreto [y no “toda” “la” historia]…[Más aun, sistienen que] las historias de vida no preexisten a este proceso [de investigación], se produce en él, aunque las formas del contexto oral (la historia oral) vengan refiriendo (o silenciando) aspectos, sagas y relatos que luego se articulan en las historias que recogemos. [Las historias, en este caso relatos orales, de vida] se van haciendo a medida que la investigación avanza según sus objetivos, sus hallazgos y sus límites. Y tampoco sus referentes son precisos, sin que por ello se pueda decir que son falsos. Parece más bien estar dirigidas a orientar la vida y la acción de quienes las narran” (pp. 258). En este sentido, Fraser (1971, en Santamarinas y Marinas, 1994) exige a la historia oral abordar el acontecimiento social sin cosificarlo, tratando de abrirlo a sus planos discursivos: es el valor subjetivo – y no el objetivo – el más original, ya que la historia de vida permite que el fenómeno social exista y devenga por entre los sentidos de una comunidad y época específica. Se ha llegado a plantear el valor de las historias de vida mas como experiencia de enunciación, muchas veces de sujetos/colectivos sin voz, que como documento histórico. El sentido del tiempo histórico y el sentido de las historias se ven sometidos a variados procesos de construcción, reelaboración y, en la acepción más propia del término, de ficción cuando la investigación busca atender a los proceso de construcción y reconstrucción de identidades individuales, de grupo, de género, de clase en nuestro contexto social (Santamarinas y Marinas, 1994).
En atención a lo expuesto, se ha optado por la noción de relato oral o historia oral de vida mas que por la noción clásica de historia de vida ya que no sólo se adecúa con la necesidad de indagar el mundo de sentido que articula la identidad en contextos de pobreza sino porque también se corresponde de manera más consistente con el diseño cualitativo elegido. Por eso la noción de entrevista (individual abierta semidirectiva, en términos de Ortí, 1990) con enfoque biográfico (como relato oral o historia de vida oral).
El enfoque biográfico concentra el proceso de entrevista, como plantean Márquez y Sharif (1999), en la vivencia singular de lo social, expresada en la comprensión del sujeto en el quehacer cotidiano de negociación de condiciones sociales y culturales para sí, representando una via para reconstruir lo general a partir de lo específico, inductivamente.
La narración basada en la experiencia vital abre espacio para nuevas formas de interpretación de los procesos sociales e invita a pensar la sociedad desde el margen, rompiendo con la mirada estigmatizada de los sondeos de opinión y las grandes encuestas; abriendo una puerta a quienes, fijados en el estigma, permanecen en silencio (Márquez y Sharif, 1999), situación característica de la población pobre. En esta dirección una primera cuestión a establecer es que, como plantea Bengoa (1999), la historia de vida, en tanto testimonio, es irrebatible; puede que no sea sea representativa de la historia grupal, o de la cultura, o que no es objetiva frente a los hechos relatados, pero lo que no puede desconocerse es que esa historia es la historia vivida, sentida o interpretada por quien la relata.
Establecido lo anterior, una segunda cuestión a considerar, de naturaleza técnica, se refiere a que quién investiga, aunque no sepa nada de determinada realidad, desde una perspectiva metodológica y lógica, debe reconocer que otro le dice lo que él cree que es esa realidad, expresión materializada en un nuevo texto, el cual debe ser tratado, por tanto, como una subjetividad, pero una subjetividad objetivada en un texto. Puede analizar ese texto subjetivo como si fuera un “hecho objetivo”. En esta paradoja se encuentra la potencia de los a porte de las historias de vida al enfoque biográfico, aunque también la base crítica de su análisis (Bengoa, 1999).
En términos operativos, para la realización de entrevistas en el formato señalado hay que considerar algunos criterios que deben combinarse con los derivados del enfoque biográfico. Lo primero es reconocer, como plantea Goetz y Le Compte (1988), la existencia de diversas tipologías de pregunta según la clase de datos que se pretende recoger. Así, citando a Patton (1980), clasifican a las preguntas en 6 categorías:
1.- preguntas sobre experiencia y comportamiento, que descubren lo que los respondientes hacen o han hecho,
2.- preguntas sobre opiniones y valores, que descubren las creencias de los respondientes acerca de sus conocimientos y experiencias,
3.- preguntas sobre sentimientos, que descubren como los respondientes reaccionan emocionalmente a sus experiencias y opiniones,
4.- preguntas sobre conocimientos, que descubren lo que los respondientes saben acerca de sus mundos,
5.- preguntas sobre lo sensorial, que suscitan descripciones de los respondientes de qué y cómo ven, oyen, tocan, gustan y huelen en el mundo que los rodea, y
6.- preguntas demográficas y de antecedentes, con las que se obtienen autodescripciones de los respondientes.
Patton, (en Goetz y Le Compte, 1988), plantea tambien que esta taxonomía sea complementada con dimensiones de tipo temporal: pasado, presente y futuro. “se puede[, por ejmplo,] pedir a los entrevistados que informen de cómo responden emocionalmente a una experiencia en el presente, como respondieron en ciertas épocas del pasado o como esperan responder en algun momento futuro” (pp. 139).
Por otro lado, los mismos autores refieren a Spradley (1979) para informar otra tipología, centrada ésta en el contenido de las preguntas más que en los datos buscados:
1.- preguntas descriptivas, que pretenden obtener una representación o descripción de algún aspecto de la cultura o el mundo del respondiente,
2.- preguntas estructurales, cuyo fin es verificar o componer los constructos con que losrespondientes describen sus mundos, y
3.- preguntas de contraste, con las que se pretende obtener los significados que los respondientes asignan a, y las relaciones que perciben entre, los diversos constructos que utilizan.
En el mismo sentido, continuan - refieriendo ahora a Schatzman y Strauss (1973) – con una tipología que integra la clase de datos esperados y la forma de las preguntas. Schatzman y Strauss dividen las preguntas en cinco tipos:
1.- preguntas de información, que decubren el conocimiento que posee el respondiente de los factores de una situación social, precedidas normalmente de interrogativos como quién, qué, cuándo, dónde y cómo,
2.- preguntas de abogado del diablo, que descubren lo que los respondientes consideran temas controvertidos,
3.- preguntas hipotéticas, que estimlan la especulación del respondiente en torno a ocurrencias alternativas,
4.- preguntas de postular el ideal, que descubren valores del respondiente y
5.- preguntas proposicionales, que revelan o verifican las interpretaciones del respondiente.
En este afan de categorización de preguntas existe un último tipo, relevado por Lofland (1971, en Goetz y Le Compte, 1988): preguntas que generan respuesta evasivas o que son ignoradas ya que no sólo resultan significativas los contenidos manifiestos en las preguntas respondidas sino que tambien lo que el entrevistado no dice; con frecuencia las omisiones revelan datos sociales significativos.
Un segundo aspecto a considerar en la construcción de entrevistas, plantea este autor, se refiere a la estructura y secuencialización del cuerpo de preguntas. Los formatos generales de lo guiones varían, de acuerdo a Denzin (1978, en Goetz y Le Compte, 1988), con relación a dos dimensiones: estructura y estandarización; algunos protocolos se basan en la improvisación y otros están cuidadosamente cons. Así, por ejemplo, ciertos investigadores emplean sus guiones solamente para ensayar la entrevista; otros se basan estrictamente en ellos para realizar la entrevista. Los guiones tambien difieren en la forma en que las preguntas son formuladas, las cuestiones exploratorias utilizadas y las oraciones y preguntas organizadas y secuencializadas.
En este marco se puede, sin embargo establecer ciertos criterios operativos:
1.- para fines cualitativos, no distributivos, elaborar preguntas abiertas, no dicotómicas (tendiente a respuestas del tipo si o no), en lenguaje sensillo y próximo a la “jerga” propia de la categoria de respondiente con el que se trabaje (Patton, 1980 y Pelto y Pelto, 1978; en Goetz y Le Compte, 1988).
2.- la obtención de insumos para el proceso anterior implica una fase de exploración previa con sujetos de la categoria de respondientes relevante para un estudio determinado.
3.- elaborado el pool de preguntas, realizar una aplicación piloto para verificar la eficacia de las preguntas en su redacción y secuencia. Esto puede hacerse con una muestra “blanca” (respondientes de la categoría de interés o de otras categorías asimilables), como ensayo con los entrevistadores o mediante verificación o juicio de expertos (Harrington y Gumpert, 1981; en Goetz y Le Compte, 1988).
4.- cabe señalar que - no obstante prescribirse el empleo de preguntas alusivas a una sola idea (Patton, 1980; en Goetz y Le Compte, 1988) - resulta estratégico integrar preguntas complejas o ambiguas para obtener variedad de respuestas o detectar significados e interpretaciones conflictivas o contradictorias de los respondientes (Pelto y Pelto, 1978; en Goetz y Le Compte, 1988).
5.- se considera contraproducente realizar preguntas inductoras, que evidencian explicita o implicitamente juicios de valor que condiciones o restringen la libertad del respondiente para responder. Sin embargo, una pregunta inductora bien formulada se asimila a las preguntas de tipo “abogado del diablo” recomendadas por Schatzman y Strauss (1973, en Goetz y Le Compte, 1988).
6.- está contraindicado por ineficaz realizra preguntas precedidas del interrogativo por que ya que suelen terminar siendo ambiguas, presuponiendo algo y a menudo resultando demasiado abstracta para obtener datos concretos (Patton, 1980; en Goetz y Le Compte, 1988).
7.- se recomienda organizar las preguntas a partir de enunciados que comuniquen al respondiente los propósitos y el camino que va a seguir el entrevistador antes de iniciar la entrevista o a lo largo de ésta. Lofland (1971, en Goetz y Le Compte, 1988) subraya que las entrevistas discurren con mucha facilidad cuando van antecedidas por una breve explicación, grantías de que la identidad del entrevistado no va aser revelada y una declaración de cómo el investigador espera que se desarrolle la entrevista, explicando los cambios de foco de la entrevista para que los respondientes puedan adaptar su pensamiento a las variaciones que se vayan produciendo.
8.- la organización de la secuencia de preguntas deben considerar cuando menos la exaustividad de las respuestas, minimizando al mismo tiempo la repetitividad, fatiga y aburrimiento del respondiente. Esto se expresa en la práctica de entrevistadores que ignoran preguntas del guión que ya han sido repondidas en forma fortuita, lo que en entrevistas largas y temáticamente amplias ocurre con frecuencia.
9.- diversos autores prescriben comenzar la entrevista con preguntas demográficas, basándose en que resultan sencillas de contestar y sirven para introducir gradualmente al respondiente en temáticas más difíciles, dejando para momentos intermedios o finales de la entrevista preguntas complejas, controvertidas o difíciles, cuando se ha establecido ya un buen grado de rapport y despertado el interés del respondiente. Sugieren comenzar la secuencia con preguntas descriptivas y referidas al presente y continuar con las más complicadas, relativas a emociones, creencias y explicaciones (Patton, 1980; en Goetz y Le Compte, 1988).
10.- Schatzman y Strauss (1973; en Goetz y Le Compte, 1988) destacan el cuidado de asuntos logísticos como el tiempo o duración de la sesión, que depende de la cantidad de datos requerido y de las condiciones para establecer rapport; número de sesiones necesarias para completar la entrevista, según se necesite interrumpir de vez en cuando una actividad que de otra forma sería agotadora; el escenario o localización de la entrevista, ya que en el caso de historias de vida se requiere entornos familiares, íntimos, en los que el respondiente se sienta en confianza; la identidad de los individuos implicados o quienes son los entevistados y los entrevistadores y cuantos hay presente en cada sesión, una entrevistado y nunca mas de dos entrevistadores por sesión ya que se interfiere el rapport; y el estilo de los respondientes o modos comunicativos característicos del grupo al que se va a realizar la entrevista, que pueden variar desde intercambios semi hostiles, pasando por diálogos emocionalmente neutros pero cognitivamente intrincados, hasta la exploración empática de los traumas personales de la práctica terapéutica contemporánea.
11.- con relación al proceso o situación de entrevista Taylor y Bogdan (1996) plantean algunas prescripciones para facilitar su discurrir: no emitir juicios categóricos para evitar romper la confianza del entrevistado y responder recíprocamente con quien ha tenido confianza para abrirse sin esperar críticas y descalificaciones; permitir que la gente hable, reducirendo las intervenciones del entrevistador y no interrumpiendo al respondiente aunque no estemos interesados en en el tema que toca; prestar atención, comunicar interés por lo que se está conversando y reconocer el momento apropiado para hacer las preguntas; y ser sensible a los efectos de gestos y preguntas de modo de corregir y virar para recuperar y fortalecer la confianza.
*texto en el marco del estudio Identidad y Pobreza: Nuevas relaciones en un contexto transnacional
**Licenciado en Psicología, Mg(c) en Desarrollo Regional y Local. Director de Proyectos AXXIONA Desarrollo Humano
***Licenciado en Psicología, Mg(c) en Desarrollo Regional y Local. Directora de Operaciones AXXIONA Desarrollo Humano

[1] La posición del prescriptor de los grupos, tanto en la realización (pero sin participar en ellos), cuanto en la posterior labor analítica, prefigura lo que ha denominado Ibáñez (1988) como ese tercer término que supere la antítesis entre los puntos de vista etic y emic.
[2] “Freud observó que situaciones vividas por el analizante – generalmente en la infancia – eran transportadas o transferidas a la situación de análisis. Lacan interpretó la transferencia como efecto de la no respuesta del analista a la demanda del analizante. El analista aparece ante el analizante como sujeto – supuesto – saber: aquel que va a contestar a sus preguntas y va a resolver sus problemas. En el análisis la cura es la reabsorción de la transferencia: cuando el analizante comprende que las preguntas no tienen respuesta, ni los problemas solución, definitivas la relación asimétrica se resuelve en simétrica” (Ibañez, J. 1990. pp. 494).

sábado, 10 de febrero de 2007

INCONSISTENCIAS EN LA POLÍTICA DE TRABAJO CON POBREZA

Francisco J. Cabellos M.*
Pamela A. Luna B.**
PROBLEMATIZACIÓN GENERAL
La región de La Araucanía se ha mentenido en forma consistente como la región más pobre del país durante los últimos quince años según los datos de la serie de mediciones realizadas mediante la Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional, CASEN (MIDEPLAN, 1998). Recientemente, de acuerdo con los resultados 2003 de la misma encuesta, se ha estimado que un 18,8% de la población nacional se encuentra en situación de pobreza, en tanto que en la región de La Araucanía este problema alcanzaría al 29,0% de sus habitantes, magnitud 50% mayor que la proporción nacional, clara evidencia de la incidencia distintiva de este problema en la región. Esta dinámica inequitativa, asimétrica, se confirma si se considera – a partir de la misma encuesta - que del total de la población pobre nacional un 8,7% se encuentra en La Araucanía cuando el porcentaje de la población nacional que habita la región es de sólo el 5,7% (INE, 2005). Más aún, esta asimetría no sólo se verifica sino que se incrementa en términos relativos, aun cuando los datos brutos muestren cierto progreso en los indicadores de pobreza (MIDEPLAN, 2003), ya que la proporción del total nacional de población pobre que se ubicaba en la región el año 1998 era cercano al 0,6%, representando un 34% de la población regional (MIDEPLAN, 2000), cifra significativamente inferior al 8,7% de la población pobre nacional ubicada en la región en 2003. Por otro lado, mientras a nivel nacional se ha reducido la pobreza en aproximadamente un 50% dede 1990, en la región sólo se ha reducido en al rededor de cinco puntos porcentuales, resultado similar o inferior al crecimiento vegentativo de la población y la actividad económica regional.

Si se compara con las demás regiones del país las que más concentran la población pobre nacional son la Metropolitana y Octava, con cerca del 50%, seguidas luego por la Quinta, la Novena y la Décima, última y antepenúltima con una población mayor que la penúltima. En este sentido, la región de la Araucanía, Novena, es la que contiene la mayor proporción de la población pobre del país si se excluyen las regiones más grandes, no obstante ser una región pequeña en términos de extención territorial y población.
cuadro: proporción de población pobre nacional ubicada en la Araucanía en http://identidadypobreza.blogspot.com/2007/02/proporcin-de-la-poblacin-pobre-nacional.html
Estos antecedentes constituyen evidencias suficientes para sostener no sólo la específicidad y agudeza de la problemática de la pobreza en esta región sino que tambien el fracaso de los enfoques y prácticas implementadas para responder a ella. Estos enfoques han tenido un énfasis econométrico, expresado en una concepción predominante de pobreza como condición que se actualiza cuando no se logra acceder a un conjunto de recursos materiales, monetarios y de otro tipo, considerados como mínimos necesarios para asegurar la pervivencia de la población y su adecuada integración social, y que representarían una “línea” crítica o Linea de la Pobreza (Olavarria, 2001). En esta perspectiva, la política pública se ha enfocado en facilitar las condiciones para que las personas afectadas por esta situación puedan superar esa linea, lo que - consistente con un enfoque econométrico - se logra con políticas orientadas al crecimiento económico y la integración de estos sectores “desventajados” a través del empleo que dicho crecimiento provee o “chorrea”, situación que raras veces ocurre, demandando además una serie de condiciones complejas que superan largamente la sola estrategia de crecimiento económico.
En esta perspectiva, la política pública se ha enfocado en facilitar las condiciones para que las personas afectadas por esta situación puedan superar esa linea, lo que - consistente con un enfoque econométrico - se logra con políticas orientadas al crecimiento económico y la integración de estos sectores “desventajados” a través del empleo que dicho crecimiento provee o “chorrea”, situación que raras veces ocurre, demandando además una serie de condiciones complejas que superan largamente la sola estrategia de crecimiento económico.
Aún cuando en los últimos diez años se ha ido complementando progresivamente esta estrecha y rígida concepción de la Pobreza con diemnsiones socioculturales y psicosociales como lo ha hecho la Fundación Nacional para la Superación de la Pobreza y el FOSOS (Fondo de Solidaridad e Inversión Social), cuya misión específica dentro del estado para éste último es abordar la problemática de la pobreza, sigue reconociéndose rasgos de los enfoques que han demostrado su ineficacia en el tiempo.
COORDENADAS PARA LA IDENTIFICACIÓN DE INCONSISTENCIAS
La Fundación Nacional para la Superación de la Pobreza introduce un enfoque basado en necesidades, oportunidades y derechos. Instala una discusión en torno a los mínimos sociales que permitan el ejercicio de ciertos derechos económicos para todos los chilenos y chilenas como umbrales de ciudadanía en cada uno de los ámbitos de integración social: salud, educación, vivienda, participación, protección y seguridad social. Asimismo, considera aspectos subjetivos y psicosociales vinculados a situaciones de baja autovaloración personal, sentimiento de inseguridad e incertidumbre, desesperanza, etc., cualidades determinantes al momento de ejercer derechos y aprovechar oportunidades. De acuerdo a la doctrina de esta fundación la pobreza es mucho más compleja que la falta de dinero para consumir una cierta magnitud de canasta básica de alimentos y bienes básicos, cubriendo diversas dimensiones de la vida de las personas como trabajo, ingresos, participación de la institucionalidad pública e integración comunitaria y social, superando el mero enfoque centrado en necesidades para integrar también los recursos, capacidades y potencialidades personales, sociales, patrimoniales, políticas y ambientales que existen en las personas afectadas y sus entornos (Fundación para la Superación de la Pobreza, 2005). Instala las bases para considerar lo que se entiende como activos o capital social, promoviendo un abordaje complejo y multidimensional de las estrategias de solución.
El Fondo de Solidaridad e Inversión Social, en tanto, define su misión como “Contribuir en el esfuerzo del país para la superación de la pobreza, aportando respuesta originales en temas, áreas y enfóques de trabajo complementarios a los que abordan otros servicios del estado” (FOSIS, 2005), mientras que dentro de su visión aspira a que “los grupos de interés final con que se trabajó se apropien con orgullo de su futuro y mejoren sus condiciones de vida gracias al esfuerzo y el apoyo que les brinda la sociedad y el estado” (FOSIS, 2005). En este contexto, define como objetivos estratégicos “contribuir al aumento de los ingresos, desarrollo del capital humano, social y mejoramiento del entorno, que permitan mejorar las condiciones y calidad de vida de los diversos grupos de beneficiarios (as), a través del financiamiento de proyectos de intervención, en complementariedad con otros actores públicos y privados [; y] contribuir con soluciones innovativas que permitan la superación de la pobreza, para resolver los problemas y manifestaciones de la pobreza e indigencia en el país, realizando estudios para su adecuada superación, y diseñando e implementando iniciativas pilotos” (FOSIS, 2005).
Para materializar lo anterior interviene en tres ámbitos: económico productivo, social e innovativo. El primero se operacionaliza mediante los Programas de Apoyo al Microemprendimiento, Apoyo Actividades Económicas en Sectores en Condición de Pobreza, Chile Emprende, Apoyo a la Produción Familiar para el Autoconsumo. El segundo ámbito de intervención se operacionaliza mediante los Programas Puente, Desarrollo Social, Nivelación de Competencias Laborales, Un Barrio para Mi familia, Promoción de la Participación (Liderazgo y Autogestión), Aquí Yo Hablo, Habitabilidad / Chile Solidario (FOSIS, 2005). La mayoría de estos programas convergen en la población focalizada en el Programa Puente / Chile Solidario, compuesta por el grupo de personas indigentes o correspondiente a lo que se ha denominado pobreza “dura”, con las que la política de superación de la pobreza ha tenido menores avances.
Este diseño programático responde al nuevo enfoque de “Manejo Social del Riego” propuesto por el Banco Mundial y asumido por el FOSIS en un proceso de reingeniería llevado adelante durante 2002 para mejorar los índices de desempeño que con el diseño anterior habían tocado techo. Los cambios más relevantes que busca sustentar la aplicación de este enfoque tienen que ver con pasar de una modalidad de “fondo abierto” a uno de “fondo que financia soluciones específicas” en temas definidos como altamente significativos y pertinentes para superar la pobreza en detreminados territorios del pais, desarrollar un sistema de gestión de la información que permita hacer más eficaz la focalización y localización de las intervenciones y condicionar desde el inicio las intervenciones a resultados en distintas etapas de su implementación (FOSIS, 2002). Estos desafíos ímplican complementar la misión de intervenir en la situación de pobreza de las personas con la claridad en cuanto a sobre que aspectos intervenir y con quienes, ya que la pobreza es un fenómeno multicausal, multidimensional y complejo de abordar. En este contexto y desde la perspectiva del manejo social del riesgo, la hipótesis de intervención del FOSIS considera que “La superación de las condiciones de pobreza puede lograrse, en la medida que un manejo adecuado de los principales riesgos a los que son especialmente vulnerables las personas pobres, les permite enfrentar con éxito las principales tareas y funciones que tienen en relación a su etapa vital, o a la función social que cumplen, estando así en condiciones de aprovechar las oportunidades de desarrollo que el país le ofrece a la sociedad en su conjunto” (FOSIS, 2002. pp. 7) .
El modelo de Manejo Social del Riesgo (MSR) asume que personas, familias y comunidades son vulnerables a riesgos de orígen natural (terremotos, inundaciones y enfermedades) o producidos por el hombre (desempleo, deterioro ambiental, guerras, etc.) los cuales se incrementan o disminuyen dependiendo de las herramientas que personas, familias y comunidades dispongan para enfrentarlos (Holzmann y Jorgensen, 2000).Esta es la dimensión de “menejo social”, a cuya gestión sirven conceptos como los de “capital social” o “activos” de los pobres (Atria, 2002; Larrañaga, 2000, respectivamente). En términos generales, Bebbington concibe el capital social como el contenido de ciertas relaciones e instituciones sociales, caracterizadas por conductas de reciprocidad y cooperación y retroalimentadas con actitudes de confianza (Arriagada, 2005).
Este modelo de intervención demuestra un avance en la dirección de una comprensión y abordaje multidimensional y complejo de la pobreza, en la dirección que también lo ha hecho la Fundación Nacional para la Superación de la Pobreza. En este sentido, se asume lo que desde hace cerca de 10 años ya se consignaba en los estudios y ensayos sobre pobreza. La Fundación SUR (1995), de reconocida experticia en estos asuntos, señalaba - a propósito de su trabajo en el Programa de Pobreza y Políticas Sociales – las nuevas formas de pobreza que configuran el carácter heterogéneo del fenómeno, sosteniendo la existencia de una pobreza absoluta, relacionada con la carencia de medios básicos para sobrevivir, la que, no obstante, no refiere a lo que generalmente se identifica y aborda como pobreza (salvo situaciones extremas), aludiendo este concepto mas bién a una pobreza relativa.
En la medida que se produce crecimiento económico, acceso a nuevos bienes y servicios, modernización de las relaciones económicas y sociales, las carencias se vuelven complejas haciendo la pobreza más heterogénea. Hay áreas de pobreza tradicional, donde el crecimiento económico no suele llegar, quedando suspendidas en el tiempo sin servicios ni bienes modernos. Sin embargo, las consecuencias de la pobreza moderna no alcanzan estos apartados lugares en forma tan determinante. Muchas veces a pesar de la miseria material se conservan formas antiguas de convivencia y sociabilidad que permiten sostener una calidad de vida que ya se quisieran quienes sufren los efectos directos de la modernidad. La pobreza actual es diferente, heterogénea, en ella conviven sectores de “pobres modernos” que son insensibles a los efectos de las políticas sociales, al aumento de plazas en el mercado de trabajo, incluso al crecimiento económico, es la “Pobreza dura”. Son personas y familias antecedidas por generaciones con reiteradas experiencias frustradas de integración social a partir de las cuales conformaron con el tiempo, en términos de Oscar Lewis, un tipo de “subcultura de la pobreza”. Poseen fuerte identidad, hablan un lenguaje propio, menosprecian a los “integrados” al sistema, teniendo orgullo de ser marginales, condición incomprensible para el observador externo. Son la gente que se rearticuló en la simple supervivencia. También existe la pobreza que es “sensible” a las políticas sociales, a las variaciones en el empleo, a los planes de capacitación, a los aumentos en los salarios, y afecta a personas que buscan una oportunidad, que no quieren ser pobres ni identificarse con la pobreza, buscando distinguirse del grupo de los pobres permanentes; quieren que sus poblaciones sean bien consideradas, seguras, quieren el progreso, quieren vivir bien; están dispuestos a realizar todos los esfuerzos, ahorros incluso, para ello. Es un sector de pobreza que busca la integración al sistema, que confía en las posibilidades de movilidad (SUR, 1995).
Retomando el argumento que reconoce el avance en la conceptualización y abordaje de la pobreza, parece evidente que los planteos de la Fundación Nacional de Superación de la Pobreza tanto como del FOSIS asumen y contienen estas formas modernas, heterogéneas, que configuran el fenómeno de la pobreza en la actualidad. Sin embargo, cuando se observa la forma de operacionalizar estas propuestas sigue identificándose su supeditación a criterios y racionalidades económico productivas reconceptualizadas a partir de estas nuevas categorías. Esto puede reconocerse en el auge que al concepto de Responsabilidad Social Empresarial ha dado la Fundación Nacional para la Superación de la Pobreza como base de una estrategia de integración del sector privado en la superación de la pobreza, énfasis que se reconoce en las presentaciones de sus operadores técnicos en el IV Encuentro de Estudios Regionales organizado por Red Sinergia Regional (2006). O como ocurre con la localización y focalización de los programas FOSIS en la Araucanía, en la que parte importante se asocia a las definiciones de “clusterización” de la Estrategia de Desarrollo Regional, en la que se han específicado determinados territorios con relación a su “vocación” porductiva; basicamente turística (Araucanía Andina), forestal (Cordillera de Nahuelbuta), pequeña y mediana agricultura (Vergel del Sur – valle malleco) y hortícola (Valle Araucanía – valle cautín). Lo anterior en vistas a concretar tres grandes desafíos: acrecentar y consolidar el crecimiento económico regional, lograr una mayor equidad social, étnica y territorial y reducir la pobreza (Gobierno Regional de la Araucanía y GTZ, 2006).
Una revisión extensa de los antecedentes planteados deja en evidencia - además del énfasis económico productivo del enfoque para abordar la pobreza - un sesgo privatizante de ella, no sólo en el financiamiento de sus intervención sino que también en la asignación del locus de ésta. Ya no son las condiciones de riesgo – siguiendo los conceptos del FOSIS y el Banco Mundial - los fundamentos de la pobreza, de los que debía hacerse cargo el estado o la sociedad en la tradición pública, sino que son los recursos que las personas tienen para hacer frente ellos mismos a esos riesgos. El estado, o la sociedad en general, no se encargaría de modificar las condiciones que generan determinados riesgos, sino sólo de promover, ni siquiera entregar, recursos, “activos”, capital social para que las propias personas puedan enfrentar esos riesgos de modo que no vulneren o excluyan del acceso a ciertos rerechos ciudadanos, los que serían, en última instancia, responsabilidad de las propias personas ejercer.
Este giro es consecuencia de lo ocurrido en los últimos veinte años en los que se ha instalado la convicción que los estados de bienestar, socialistas o capitalistas, se hacen inviables, requiriendo de la privatización para sostener su subsistencia. Se privatiza la producción, la educación, la vivienda, la salud, la alimentación, en fin, todo aquello que permita la reproducción de la población. Lo último que queda es la privatización de la pobreza. La responsabilidad de los pobres reside en ellos mismo (sus activos y capital social para manejar el riesgo) y las decisiones que tomen los privados (Responsabilidad Social Empresarial), por la piedad, el altruismo o la solidaridad. El problema escencial es la progresiva supresión de la responsabilidad social (SUR, 1995).
Se plantea así una brutal inconsistencia: enfrentar un fenómeno estructural en la sociedad desde una perspectiva individual o, a lo sumo, en un nivel territorial local, cediendo ámbitos de responsabilidad y tuición sobre el problema desde el estado al sector privado, cualidades que justamente vienen a explicar la conformación de la pobreza moderna.
Un efecto operativo que refuerza la inconsistencia señalada tiene que ver con la atomización, expresada en la acotada focalización, localización y sectorización del abordaje del problema, situación que - si bien facilita una diversidad de experiencias - genera contradicciones, descoordinaciones e inconsistencias, que terminan siendo instrumentales a ciertas influencias y objetivos políticos que terminan conduciendo su perfil y operación, como en el caso descrito del alineamiento de los programas de FOSIS con los intereses de desarrollo económico que sustenta la estrategia de desarrollo regional en la región de la Araucanía.

Pistas en cuanto a lo señalado entrega la evaluación nacional de satisfacción usuaria realizada a nivel nacional por FOSIS en 2001, en la que se verifica las evaluaciones más bajas en los programas de reinserción laboral y empleo y en el programa de fomento productivo, no así en los programas de formación de capital social como el de nivelación de competencias laborales - conceptualizado por los usuarios como “educación” – y el de desarrollo social (FOSIS y Seach Merketing, 2001). En este sentido, desde la visión de los usuarios resulta evidente que los programas fundados en las personas y en dimensiones socioculturales y comunitarias son reconocidas más eficaces que los programas fundados en enfoques predominantemente económico productivos.

El aspecto más crítico en el programa de re inserción laboral es el bajo nivel de remuneración alcanzado por los usuarios con posterioridad, incidiendo en forma nula sobre la situación socioeconómica original, pobre. El programa de fomento productivo, en tanto, resulta ineficaz por su carácter burocrático y estructura de información compleja (FOSIS Y Seach Merketing, 2001), lo que redunda en errores y fracasos que desincentivan los emprendimientos, resultado paradojal pensando que este programa busca jutamente lo opuesto, incentivar el emprendimiento.Por el contrario, el programa de desarrollo social, uno de los mejor evaluados, es criticado en aspectos éspecíficos vinculados a la falta de recursos y seguimiento (FOSIS Y Seach Merketing, 2001), es decir por la escasa instalación de medios de sustentabilidad, cualidad deseada por los beneficiarios.
El programa de nivelación de competencias laborales, tambien evaluado en forma satisfactoria, encuentra sus críticas en los bajos sueldos que se consige luego se su aplicación y la en desmotivación progresiva de los participantes por información inconsistente y escasa, mala atención y programación de las actividades por parte de los monitores (FOSIS Y Seach Merketing, 2001).

Estos antecedentes demuestran como, aun cuando desde las elites político técnicas se utilice una reconceptualización en base a conceptos como los de capital social o manejo social del riesgo para seguir enfatizando el dominio económico productivo para abordar la pobreza, desde la perspectiva de los usuarios, desde los pobres, lo útil y reconocido como necesario y satisfactorio se relaciona con cuestiones de tipo sociocultural y comunitario, justamente las que pretenden introducir los conceptos de capital social o manejo social del riesgo. He aquí otra evidencia de inconsistencia.

Este contrasentido, a pesar de los conceptos introducidos en el debate durante los últimos diez años, se explica claramente por el reconocimiento de la pobreza como un concepto relativo, respecto del cual es un observador externo – generalemente de alta ascendencia en la estratificación social del poder - el que determina las carencias de un grupo humano, sector o territorio (SUR, 1995). Evidencia de ésto es que los beneficiarios pobres de los programas del FOSIS conocen de éstos sólo en una proporción cercana al 10% en sus juntas de vecinos, es decir desde sus pares y organizaciones propias, siendo en el 50% de las veces conocidos por la operación en el territorio de la municipalidad y las ongs. Sin embargo, cuando se opera una entrada desde los pobres se verifican las inconsistencias de tales diseños.
ESTRATEGIA PARA REDUCIR LA INCONSISTENCIA CRÓNICA EN EL ABORDAJE DE LA POBREZA MODERNA
Habiéndose descrito en forma general los rasgos de lo que se ha denominado inconsistencia de la política de abordaje del fenómeno de la pobreza, se plantea, no obstante, que los mismos conceptos integrados en los modelos de Capital Social y Manejo Social del Riesgo vienen a dar luces sobre su resolución: montar el foco en torno al fenómeno de Identidad Colectiva que - en el contexto de una sociedad post industrial económicamente, postmoderna culturalmente y post nacional políticamente - se instala como una identidad compleja, al modo de los planteos de los teóricos de los nuevos movimientos sociales. En torno de esta identidad compleja es posible lograr compensar el sesgo declinante de la responsabilidad social y la privatización de la pobreza, ya que implica en si misma una orientación colectivizante y con connotaciones de articulador social; provee una guía de empoderamiento en los actores para influir sobre el orden social y no ser sólo un receptor pasivo, un seudoactor conducido por el estado o, lo que es peor, por los intereses conómico productivos privados. Este proceso rompe por ello la riesgoza verticalidad de la mirada sobre la pobreza, permitiendo una referenciación desde abajo, los actores, los pobres. Asimismo, facilita la articulación de los mejores elementos del enfoque basado en el capital social y manejo social del riesgo y compensar sus externalidades negativas. Lo mismo ocurre con la desarticulación eventual de un enfoque altamente focalizado, localizado y sectorializado, como el que se encuentra en aplicación. Esta identidad colectiva compleja, que va a denominarse en este trabajo Identidad Glocal, viene a representar el sustrato en que que se integran de forma simbólicamente significativa los elementos de la discusión sobre pobreza para permitir la resolución de la inconsistencia descrita antecedentemente.
Para formular esta relación se parte por reconocer el origen del concepto Capital Social, que - como plantea Serrano (_____) - está en la categoría de “habitus” propuesta por Bourdieu a partir del cual concibe las prácticas sociales como construcciones sociales que pueden ser reguladas por los individuos, generando sistemas de códigos preferentes y estímulos para la acción. La acción sostenida y compartida colectivamente delimita ámbitos de acción aceptados como válidos, a partir de los cuales las personas construyen su espacio cultural y social. Asociado a este concepto utiliza la noción de Capital Cultural para referir a los recursos simbólicos y sociales que poseen las personas en tanto miembros de determinados colectivos. En la actualidad el concepto de Capital Social ha sido entendido a partir de su función, por su utilidad, o por sus condicionantes; otros lo usan como descriptor de ciertas relaciones de movilización de relaciones sociales en tanto que otros como resultados de éstas; unos como stock o acumulación de relaciones de confianza y reciprocidad y otros como flujo de relaciones e intercambio. No obstante ello, como plantea la misma autora, algunas cualidades comunes pueden reconocerse: es un intangible, y por ello difícil de medir; considera aspectos subjetivos, valóricos y culturales, como expectativas, creencias y valores respecto al otro y a las posibilidades de actuar en común; se asocia a los conceptos de confianza, reciprocidad y cooperación; supone la noción de recursos o activos que amplian las oportunidades; se enmarca por un conjunto de reglas formales o informales que, internalizadas y repetidas, se convierten en formas de institucionalidad; genera beneficios individuales y sociales; constituye un bien público, no es propiedad de nadie en particular y nadie puede llevárselo o manipularlo a voluntad; su uso reiterado no contribuye a menguarlo o extinguirlo, sino a acrecentarlo: la reiteración de la experiencia produce más confianza y ésta, a su vez, mayores intercambios y beneficios.

Una cantidad importante de estas cualidades estan contenidas de forma integrada y consistente en la dinámica de la identidad glocal, como podría reconocerse en la definición báse que para este trabajo considera la identidad colectiva como una definición compartida e interactiva, producida por individuos en interacción, concerniente a las orientaciones de su acción, así como el campo de oportunidades y restricciones en el que tiene lugar su acción (Melucci, 1989). Con un enfoque basado en esta noción de identidad se hace visible, como plantea Bebington (en Arriagada, 2005), una serie de temas invisibles a la vertical mirada de la política y teorías dominantes sobre pobreza, sugiriendo de forma explícita que la dimensión social de la existencia humana puede ser tan importante como las dimensiones económicas; que lo social subyace a cualquier acción económica o política, en esta dimensión se integra acción económica, política y cultural. Más aun, en el nivle de la identidad colectiva se compensa una serie de debilidades planteadas por Serrano (_____) para los modelos de Manejo Social del Riesgo y Capital Social como el capital social negativo, acciones asociativas que debilitan la solidaridad o destruyen ciertas “virtudes” cívicas y debilitan la confianza, operaciones del estado que acompañando intervenciones basadas en el incremento del capital social restan o destruyen capital social en otros ámbitos o dimensiones.
La identidad surge a partir de, como plantea Bengoa (2006), la constatación de la fragmentación y la necesidad de integración en ese contexto. Eso es lo que aporta la noción de identidad al abordaje de la pobreza, una inrefase de naturaleza intercomunicativa, discursiva, que articula sentido y organiza la acción. En esta dimensión se recomponen elementos de cierto ideario común, colectivo, aunque en microorganizaciones, no obstante formas de integración y control social del que disponen las personas en tanto “ciudadanos”. Al ser un proceso de construcción comunicacional, interactiva, discursiva, asigna a ciertos supuestos fundamentales carácter de realidad, a partir de los cuales se establecen distinciones significativas y se organiza la conducta propositiva, delimitando los contenidos compatibles con la constitución de la memoria, interesando el proceso por el que se contruye un discurso identitario que llega a ser expresado colectivamente, introyectado, transformado en propiedad colectiva, en narrativa colectiva, “y finalmente reflejo de lo que se cree que se es y finalmente en lo que se es, identidad” (pp. 38). Esto es lo que de alguna forma implica lo que se ha planteado el FOSIS en su visión cuando aspira a que “los grupos de interés final con que se trabajó se apropien con orgullo de su futuro y mejoren sus condiciones de vida gracias al esfuerzo y el apoyo que les brinda la sociedad y el estado” (FOSIS, 2005).
La Identidad Colectiva, aquí denominada Glocal, constutuye la plataforma para la conformación de capital social y el sistema que opera el entorno social en el menejo del riesgo, autoafirmándose como categoría para el análisis y la acción en contextos de pobreza porque conlleva una dimensión de movilización y articulación social que contrarresta la declinación de la responsabilidad social del estado y la cesión de tuición sobre los asuntos sociales al sector privado. Representa el mecanismo integración en la tendencia fragmentaria de los enfoques, modelos y programas operantes en el trabajo sobre la pobreza.

Proporción de la población pobre nacional en las Araucanía

miércoles, 31 de enero de 2007

Diagrama Modelo Identidad Glocal

Francisco Cabellos - Pamela Luna

El desarrollo conceptual de este diagrama en http://identidadypobreza.blogspot.com/2007/01/identidad-glocal-una-propuesta-para.html

Identidad Glocal: una propuesta para reconsiderar la Identidad en el contextos Post Moderno

Bases conceptuales para una formulación post moderna / post industrial de Identidad: la Identidad Glocal.
Francisco Javier Cabellos Martínez*
Pamela Alejandra Luna Bahamonde**

Sinópsis de la evolución y modelos en la conceptualización de la Identidad

La noción de Identidad ha tenido una larga trayectoria de conceptualización en el ámbito de las Ciencias Sociales, migrando desde definiciones escencialistas, individualistas y fixistas[1] hacia conceptualizaciones que introducen gradualmente el carácter sociocultural e historico de su construcción.

Psicologia, Psicología Social y Psicología Política.

De acuerdo con Johnston, Laraña, Gusfield (1994) uno de los problemas del concepto «identidad» es al mismo tiempo la fuente de su fuerza: su carácter interdisciplinar que es resultado de sus dimensiones sociales y psicológicas. Este concepto constituye una herra­mienta para el análisis de una serie de hechos y problemas en los que se in­terrelacionan las esferas individual y social, y donde se pone de manifiesto la necesidad de integrar supuestos procedentes de los modelos biológicos y sociológicos de la conducta. Parte del interés de la perspectiva psicoanalíti­ca proviene de la exploración de sus aspectos inconscientes, tanto «norma­les» como patológicos, que en ambos casos se vinculan a las etapas en el crecimiento biológico. Erik Erikson (1958 y 1968) se ocupó del significado de la identidad psicosocial que describió como un sentido subjetivo de «continuidad[2]» y de «ser uno mismo[3]», y como parte de una etapa decisiva en el desarrollo de la personalidad individual[4]. Pero este «sentido subjeti­vo» no surge en aislamiento sino que requiere la existencia de una comuni­dad social. La construcción social de la identidad ha sido considerada como una de las implicaciones más importantes del desempeño de roles por parte de sociólogos y psicólogos sociales (Johnston, Laraña y Gusfield, 1994). De hecho, el problema fundamental de estas perspectivas psicologisistas es que la mayoría de las personas pueden caracterizarse en términos muy limitados cuando se induce un enfoque individual o personal. La articulación verbal de este nivel de identidad suele circunscibirse a la terapia psicológica y a distinciones relativas al ciclo vital o al desarrollo de la personalidad realizadas en este campo, fuera del cual se hace poco significativa. No obstante, como palntea Cocourel (1973, en Johnston, Laraña y Gusfield, 1994) la identidad personal/individual adquiere valor en una explicación sociológica cuando su estatus se ve amenazado por sus inmerción en el dominio social.

Dentro del campo de la Psicología Social puede evidenciarse en la perspectiva elaborada por Tajfel y mas tarde complementada por Turner uno de los primeros intentos serios por integrar la dimensión social en su conceptualización y operacionalización de la Identidad. A partir de una serie de experiementos desarrollados desde 1970 Tajfel plantea la Teoría de la Comparación Social, basándose en la hipótesis que las personas buscan resaltar las similitudes al interir de un grupo a la vez que maximizar las diferencias con otros grupos, proceso a partir del cual relevaría su identidad. En otros términos, la identidad se conforma en un proceso de categorización social que efectúa una discriminación a favor del propio grupo de pertenencia, acción cognitiva inherente al ser humano que sostiene toda actividad pereceptiva y que busca simplificar, ordenar y dar sentido al entorno, en este caso social o psicosocial (Tajfel, 1984). Posteriormente – y habiendo encontrado limitaciones en la concepción inicial del constructo “categorización social” para explicar, más alla de la discriminación intergrupal, la acentuación de las preferencias intragrupales – retoma el concepto de identidad social de Berger y Luckmann (1968), que por considerar la naturaleza socialmente construida del sujeto explica la tendencia de las personas a conservar y fortalecer su pertenencia grupal, y con ello su identidad, más allá de las implicancias valorativas del proceso de categorización social. Sin embargo, no logra situar con relevancia esta idea en su formulación cuando mantiene la idea que la identidad social sería “aquella parte del autoconcepto de un individuo que deriva del conocimiento de su pertenencia a un grupo (o grupos) social junto con el significado valorativo y emocional asociado a dicha pertenencia” (Tajfel, H.; 1984; pp. 292). Así, las personas se comparan intergrupalmente y se adscriben a un grupo en la medida que dicha afiliación le de una connotación positiva o satisfactoria a la identidad social.

Posteriormente, Turner retoma la idea que los grupos buscan realizar diferencias asimétricas entre ellos mediante la discriminación para distingir positivamente su identidad arribando, no obstante, a la conclusión - en su Teoria de la Categorización del Yo (Turner, 1990) - que la comparación intergrupal esta más al servicio de delimitar las fronteras de cada colectivo que al de la conformación de la identidad social misma. En este sentido, la Teoría de la Categorización del Yo distinge a la identidad social como el sustrato cognitivo de la conducta grupal y ubica al Yo como la instancia que sostiene la conducta grupal e individual, subordinando la identidad social a la existencia de una instancia anterior y permanente, el Yo.

De acuerdo con Turner (1990) la percepción y el juicio concomitante dependen de marcos de referencia con los que se contrastan y distingen los fenómenos, cosas o eventos, los que son provistos por la sociedad y la cultura bajo la forma de normas, tradiciones o valores. Son estas normas y valores socioculturales los que “estan relacionados con la identidad del yo … [el cual] situado en el centro de la individualidad, de hecho está socialmente construido: los valores son los constituyentes capitales del ego … estos valores constituyen lo social en el hombre” (Turner, J.; 1990; pp.39). En esta conceptualización la norma social, como regla de pertenencia grupal, es producida socialmente no obstante se interioriza en forma psicológica, individual.

En esta perspectiva la formación de grupo se basaría en el criterio de identidad - reconocerse a si mismo como perteneciente a una entidad social diferenciada compuesta por sujetos con los que se comparten similitudes – y de interdependencia positiva – satisfacción recíproca de necesidades entre los individuos. Estos dos criterios llevarían a la conformación del grupo psicológico, y de ahí a la identidad social. En estudios posteriores, sin embargo, Turner (1990) reconoce que la sola interdependencia y atracción interpersonal no son causales directas de la formación de grupo e identidad consecuente, por lo que la categorización social sería más bien un efecto y no una causa de la formación de grupo y la identidad.

La teoría de la identidad social de Tajfel y Turner supone “que las personas están motivadas para evaluarse a sí mismas de forma positiva y en la medida en que se definen desde una determinada pertenencia a un grupo, estarán motivadas para tratar de conseguir una identidad social positiva." (Turner, J.; 1990; p. 58). Cuando la identidad social (referencia endogrupo contrastada con referencia exogrupo) resulta negativa o insatisfactoria las personas tenderán a desafiliarse psicológica o conductualmente del grupo para asociarse a otro que se reconozca positivamente.

En tanto Tajfel sostiene una hipótesis de tipo cognitivo emocional cuando propone que las personas buscan identificarse positivamente a sí mismas adscribiéndose a un grupo tambien distingido positivamente, Turner sostiene una hipótesis de caracter más socio cognitivo al plantear que la teoria de categorización del yo se “centra en la explicación, no de un tipo específico de conducta grupal, sino del modo en que los individuos son capaces de llegar a actuar como un grupo" (Turner, J.; 1990; p.74), como una “identidad”. En esta concepción, mediante la despersonalización producida por el mecanismo cognitivo a la base del proceso de categorización, se produciría un tránsito desde la identidad personal a la identidad social, base sociocognitiva de la conducta grupal.

Cabe señalar que si bien los desarrollos de Tajfel y Turner incorporan la discusión sobre la dimensión social implícita en la naturaleza de la identidad, no logran superar un cierto sesgo individualista al reconocer que todo el proceso de formación de la identidad termina situandose en una plataforma final de tipo psicológico. Asimismo, da estatus de relevancia a lo psicológico individual cuando opone identidad personal y social sin ofrecer un modelo integrativo (la idea de despersonalización supone la existencia de un ego que se trasciende en la conformación de la identidad social). Más aún, el énfasis en los procesos de categorización - de naturaleza eminentemente intrapsíquica - para explicar la formación de identidades situa su teoría en un plano más individual, manteniendo una diferenciación conceptual entre el ámbito individual y social. Esta misma limitación no permite delimitar como la imposición de canones externamente impuestos prefiguran definiciones respecto de uno mismo. En este sentido, la interiorización de categorías prefiguradas endo y exo grupo es entendida como un problema de cambio de actitudes, volviendo el problema al plano individual. La creencia en una escencia, un “yo” nucleo del individuo, eminentemente racional, deriva en concepciones en las que lo social se incorpora mediante marcos de referencia – normas, costumbres, valores – determinados por el contexto sociocultural pero interiorizados de forma psicológica. (Cáceres, 2002)

En contraste con el enfoque antes descrito, puede referirse el desarrollo realizado por Montero (1991) en relación con la Identidad Social Negativa. Este enfoque integra de forma relevante el aspecto tanto histórico como ideológico implicado en los procesos de conformación de la identidad, superando el sesgo individual psicologicista. Formulado desde un “sitio[5]” latinoamericano, integra la historia de dominación cultural, económica y política para explicar un tipo de identidad en los sujetos, colectivos o países periféricos que fluctúa entre formas de pertenencia al propio grupo – o etnocentrísmo – y la negación de las cualidades del propio grupo basada en marcos de referencia externos – o altercentrísmo. Cuando predomina esta última orientación en la conformación de la identidad se produce lo que constituye el fenómeno de interés principal en el análisis de Montero: la Identidad Social Negativa. “El predominio de la referencia a otro social (llamese grupo, colectividad, país) externo y contrapuesto al nosotros social” (Montero, M.; 1991; pp.5) definiría la orientación altercentrista.

Cuando se refiere a las identidade negativas se alude al proceso de construcción de identidad social en el que una doble categorización considera al endogrupo como “nosotros” tanto como “otro”. Se es miembro de una comunidad y un territorio con un modo de organización político institucional y una historia fuertemente influida por procesos de intervención y dominación extranjera, los que producen experiencias de inferiorización, explotación, exclusión y control, vividas negativa y traumáticamente. Los modos de vida desarrollados en estas condiciones resultan devaluados cuando ocurre la comparación con los marcos de referencia del exogrupo, promovidos por la extensa e intensiva relación de dominación política, económica o cultural. Este es el mecanismo de progresión de la orientación altercentrista y la construcción de identidades negativas, fuertemente determinado por aspectos de naturaleza histórica y con directas implicancias ideológicas (Cáceres, 2002).

Antropología y Etnicidad.

En el campo antropológico, por otro lado, se ha verificado un largo debate en torno a los rasgos o elementos constituyentes del constructo Identidad Étnica. En este desarrollo es posible distinguir las mismas tensiones epistemológicas y teóricas que se observan en la historia de conceptualización de los proceso de conformación de la identidad ocurridos en el campo de la psicología: escencialismo y fixismo.

La Identidad Étnica podria entenderse como el tipo de identidad social que distingue la pertenencia a un grupo étnico, entendido tradicionalmente, inicialmente, como colectivos humanos mantenidos en aislamiento geográfico de la sociedad occidental, europea, con formas autóctonas, ancestrales de organización social, religiosa ritual, etc.. En este sentido, para que se pueda delimitar lo étnico de una identidad (social) - o identidad étnica – un grupo humano debia ser sometido a una verificación de correspondencia entre las cualidades del mismo y un inventario de rasgos culturales determinado, validado por los investigadores competentes. Este criterio implica, para ser válido, que los elementos contenidos en esos inventarios sean consistentes y estables, inmutables – por un lado – y definidos por sujetos que para ser distingidos como creibles tienen que diferenciarse socioculturalmente del grupo que se decribe – por otro (Cáceres, 2002).

Cuando la correspondencia entre los rasgos delimitados por el conocimiento autorizado para tal grupo étnico y las cualidades observadas en un colectivo específico es reducida se habla de extinción cultural y perdida de etnicidad. Así, “el no mantener el patrimonio cultural en forma intacta, exacta, se toma como un indicador de descaracterización étnica, obviamente dichas experiencias no se igualan a las de los grupos mayoritarios y dominantes” (Briones; 1992; pp. 259); respecto de éstos no se enjuicia su transformación como pérdida sino que como construcción, como fortalecimiento, a pesar de las fuertes y constantes crísis experiementadas por estas sociedades.

Como consecuencia, un enfoque de este tipo resulta escencialista y arbitrario al asumir el cambio de los grupos dominantes y negar el de los grupos minoritarios bajo la concepción de extinción o desaparición cultural. Tras él se entiende la cultura como un sistema cerrado, estable - cuya transformación era motivada por la expectativa de progresar o acceder a un estadio de mayor desarrollo o civilización – concepción determinista que apoya la inmobilidad y el carácter ahistórico de los procesos culturales, argumento al servicio de legitimar la expansión colonial (Bengoa, 2004). Lo étnico está "revertido de marginalidad económica y cultural, inferioridad numérica, diferenciación de la sociedad mayoritaria y sujeción a prejuicios y discriminación" (Fukomo; 1985; p. 12). Los pueblos indígenas se asocian a modos de organización y vida propios de un pasado antiguo, considerados incivilizados o no modernos, expresión de lo más atrasado de nuestras sociedades. Con estos rasgos se homogeniza, tras el concepto de “indígena”, a la diversidad de pueblos originarios existentes, quienes ahora son reconocidos por una posición de inferioridad y colonización (Cáceres, 2002).

A diferencia de este enfoque, escencialista y determinista, hay quienes como Barth (1969) critican y transforman el concepto de etnicidad, entendiendo que los grupos étnicos representan “categorías de adscripción e identificación que son utilizadas por los actores mismos y tienen, por tanto la característica de organizar la interacción entre los individuos" (pp. 13). Establece como característica central de los grupos étnicos la autoadcripción en relación con la adcripción por otros como referente para la clasificación de la acción. El foco no esta puesto en distinciones de tipo cultural sino en la organización social de éstas, reemplazando la discusión sobre las diferencias entre culturas por la discusión sobre las diferencias en los procesos de construcción social de las mismas (Cáceres, 2002).

En esta perspectiva, la etnicidad ocurre en las multiples relaciones de contacto interétnico o intercultural que los distintos grupos étnicos asumen con el estado – nación, la identidad nacional, los grupos dominantess o entre ellos mísmos (Barth, 1969; Cardoso de Oliveira, 1971; Fukomo, 1985). Esta dinámica instala límites étnicos, asociados a procesos de persistencia histórica y formas de contingencia social producida en los eventos de contacto que van a determinar aquello distintivo en un grupo específico, su cultura y los modos de su expresión. Supone, sin subestimar los contenidos culturales, que lo étnico se desarrolla más en una dinámica de contacto e interacción social que de aislamiento, ya que – como plantea Gundermann (1997) – las diferencias culturales se verifican y validan en la medida que sean socialmente significativas en situaciones de interacción social, solo así tienen una naturaleza étnica.

Como planteara Bengoa (2004), la antropología contemporánea se instala sobre el principio del relativismo cultural y la diversidad. Esta condición implica reconocer los distintos modos y alternativas que durante la historia y en la extensión total del globo terraqueo ha encontrado el ser humano para adaptarse y resolver problemas desde el nivel doméstico hasta el político y espiritual, principal capital de la humanidad. Desde esta perspectiva se hace un imperativo de la antropología como disciplina específica desarrollar la idea de “derecho a la diversidad”, superando la sola constatación de la diversidad de culturas para promoverla, trascendiendo enfoques fixistas, escencialistas y míticos, bases de los tradicionalismos fundamentalistas que sostienen un origen milagroso de la identidad o continuidad colectiva, cuyo conocimiento esta bajo la tutela de ciertos “guardianes” de la tradición que asuguran su inmodificabilidad o distorción utilizando apelaciones a la raza, la religión o costumbres tradicionales.

Por este motivo se hace urgente un tipo de conceptualizaciones que aporten una perspectiva relacionista, que permita pensar a los grupos y su identidad situacionadamente, contextualizados socialmente, rescatando una cierta naturaleza emergente de la identidad étnica y desechando la posibilidad de su prexistencia escencial y permanente. Desde esta perspectiva se considera que todas las culturas son esencialmente dinámicas, interdependientes y cambiantes. Las identidades son procesos cambiantes producto de la construcción permanente. Como señala Robert Castel, las identidades se van metamorfoseando, esto es, van cambiando permanentemente. Parte de lo antiguo es recuperado y al mismo tiempo transformado. Es por ello que nunca se puede afirmar la existencia de una identidad social. Siempre la identidad es un proyecto (Bengoa, 2004).

Enfoques con esta pespectiva acarrean como consecuencia la introducción de la dimensión política en la conformación de la identidad étnica al definir lo étnico como dependiente de la interacción social y, por lo tanto, de las estrategias y formas de influencia social y poder (Cáceres, 2002).

Un modo de reconocer esta dimensión política implicada en los procesos de conformación de la identidad, de uso ideológico al servicio del poder, es revisar los discursos dominantes asociados a la construcción de la identidad nacional, definida – entre otras cosas – a partir de la oposición y negación de los pueblos indígenas (Bengoa, 2004). Parte importante de este problema se considera cuando se revisa la historia de construción de identidades culturales nacionales latinoamericanas.

Historia, Sociología e Identidad Nacional en América Latina.

Una primera distinción considera, siguiendo a Larraín (1996), que el carácter social de la identidad se funda en su inscripción en categorias sociales definidas culturalmente – como el caso de nacionalidad, por ejemplo – en tanto que la identidad cultural se sostiene en el dominio histórico, ya que éste comprende categorías que cambian y, en esa medida, modifican la identidad de las personas.

Este autor refiere ciertos perídos históricos determinados a partir de crisis significativas que influyen en la concepción de identidad: Conquista y Colonia, en que predominan discursos autoafirmatorios de la identidad latinoamericana en oposición a lo índígena, distinguido como inferior, bárbaro o salvaje; Independencia y constitución de los Estados Nación, en que predomina el postivismo y la ilustración, y se reifica la doctrina del progreso, el desarrollo y la civilización, rechazando los rasgos culturales indígenas por “atrasados”, los que además son atribuídos a factores raciales y posicionados como determinantes del sub desarrollo de la región; Primera Guerra Mundial y Depresión Capitalista de los años veinte, periodo a partir del que surge la idea del origen mestizo de la identidad latinoamericana, para la que los movimientos indigenistas privilegian el legado indígena sobre el europeo como rasgo distintivo, en tanto que el hispanismo distingue al legado cristiano español; década de los setentas, en la que el fracaso de regimenes populares, estancamiento industrial, luchas sociales y regímenes militares inducen una revisión de los supuestos y conceptualizaciones de la identidad cultural, permitiendo la emergencia de propuestas de intelectuales de izquierda que reconsideran el valor de las tradiciones indígenas, y de propuestas que integran el impacto del postmodernismo que, basado en el relativismo cultural, enfrentan el logocentrismo occidental.

Desde un enfoque histórico estructural como el de Larraín se concibe la identidad cultural como un proceso constante de constitución y reconstitución - dentro de contextos emergentes y nuevas situaciones históricas - a partir de discursos públicos y de prácticas y significados fundados en la vida cotidiana o discursos privados. "Es necesario entender que la identidad no consiste sólo en el proceso de ser situado por las "narrativas del pasado", sino también en el proceso según el cual las personas se sitúan ellas mismas en relación con esas narrativas mediante sus prácticas y modos de vida" (Larraín, J.; 1996; p. 219). Se establece así una dicotomía en la realidad sociocultural: el ámbito público, expresado en discursos elaborados, selectivos, homogenizantes, referidos por instituciones y agentes culturales; y el ámbito privado, sustrato de experiencia social en el que se forma la subjetividad indivudual, expresado en aquello que los actores reconocen acerca de su propia realidad o existencia y que no pueden contener o vehicular mediante formulaciones discursivas.

Con relación a los estudios sobre la identidad nacional se ha relevado el ámbito de los discursos públicos, en los que se expresa la distribución del poder en la esfera social - dada su naturaleza selectiva y excluyente – mediante distintos mecanismos: selección de rasgos, símbolos y experiencias, y exclusión de otros; evaluación, que define ciertos valores – propios de ciertas instituciones, grupos o clases – como de rango nacional; oposición, a partir de la cual se afirma la identidad nacional definiendo a ciertos grupos como fuera de ella por disponer de modos de vida, valores, etc. distintos de los definidos como constitutivos de la identidad nacional; y naturalización, instalación de los rasgos atribuidos a la identidad nacional como naturalemente originados (Cáceres, 2002).

Las versiones de la identidad nacional basadas en los discursos públicos se conforman a partir de seleccionar y significar, por parte de ciertos actores institucionales, determinados elementos de los modos de vida de las personas, influyendo en su autopercepción y conducta (Johnson, 1993, en Larain, 1996). Sin embargo la influencia de los discursos públicos en la conformación de la identidad nacional no es automática cuando se reconoce la existencia de grupos étnicos, subculturas, regiones o sectores de la sociedad que no se sienten representados, negociando significados y propiciando la proliferación de versiones diferentes o alternativas al de “la” identidad nacional. Esto es lo que Bengoa (2004) denomina “erosión” de la identidad nacional, un proceso en el que identidades culturales desarrolladas como medios de adaptación y resistencia por grupos oprimidos develan las contradicciones existentes en la sociedad, las que son ocultadas por el efecto ideológico del proceso discursivo público de construcción de identidades nacionales. Esta erosión de los cuerpos culturales conlleva una crítica continua que va desgastando o detruyendo los mísmos, a partir de la aparición de otro u otros cuerpos y que comienza por la superficie pudiendo llegar a destruir el conjunto del cuerpo.

En el caso chileno, pareciera que la sociedad se encuentra en un tiempo de transición en que se esta migrando desde la unívoca imagen de la identidad nacional hacia formas cada vez más complejas que el estado deberá reconocer y asumir en su estructuración y dinámica. No se visualiza factible sostener la persistencia de sistemas de integración sociocultural basados en los antiguos esquemas homogeneizantes construidos durante el período proteccionista del nacional populismo (Bengoa, 2004).

Puede decirse que la formulación de Larrain (1996) reconoce la función de agente generador de la identidad que cumple la dimensión social, la que a través de discursos públicos ejerce influencia en los sujetos, posibilitando que se erijan identidades sintónicas, concordantes con el discurso, distónicas, opuestas con las prescripciones del dicurso, y átónicas, basadas en categorías propias de un marco de referencia diferente, todo esto dependiendo de los procesos de significación que las personas hagan de estos discursos a partir de su conocimiento de la vida cotidiana. Estas versiones de identidad resultan de procesos más bien sociológicos de negociación y/o conflicto que a partir de mecanismos psicológicos individuales, abriendo el espacio para integrar el modo en que la identidad se inserta en el continuo social y viceversa (Cáceres, 2002).

Desde otro punto de vista - siempre con una perspectiva histórica - puede consignarse con Brunner, citado por Neira (1998), las maneras más comunes de hablar la identidad en América Latina. En primer lugar, se ha definido identidad como origen. La pregunta acerca de donde venimos es central y consagra prácticas discursivas que recortan la realidad que así se desea especificar, contra el fondo del drama histórico por medio del cual hombres y pueblos se apropian de la naturaleza y la dotan de un sentido peculiar, creando un mundo de vida, una cultura. Dicho recorte no es, por cierto, geográfico, pero en él la geografía juega un papel esencial como escena de la identidad. Tampoco se trata sólo de hablar de una identidad localizada sino, ante todo, de resaltar un lugar de origen, inicio del periplo identificatorio y de dotar al tiempo de un espacio poblado por figuras de identidad. Así, la identidad como origen cuenta la fábula, es decir, crea la realidad de una América que necesita ser nombrada, y es, por lo mismo, un hablar que encuentra en la literatura su mejor expresión, que permite, desde la literatura, hablar de nosotros mismos frente a la comunidad de los que nos leen.

En segundo lugar, la noción de identidad como evolución nos ofrece una idea de nosotros mismos desplegada en la cultura; como tal, ha sido especialidad preferentemente de filósofos, ensayistas e historiadores que ofrecen sus interpretaciones en el espejeante mundo de las interpretaciones precedentes, cada una de las cuales descifra las claves de nuestra posible identidad. Así, dentro del mundo cultural occidental se resaltan los aportes de los componentes indígena, español y negro y de los demás grupos y etnias que confluyen en la formación histórica de la cultura latinoamericana, en busca de la posibilidad o existencia de una cultura originalmente latinoamericana. Este discurso busca lo que está enmascarado y ha sido distorsionado por la historia; sobre todo por las dominaciones y exclusiones que ella impone a nivel de las estructuras de la sociedad. Justo en este punto, la interpretación de nuestra identidad nacida de la historia de las ideas y de la filosofía de la historia se conecta con la siguiente manera de hablar de nuestra identidad.

En un sentido distinto, hablar de identidad como crisis - más bien de su falta, su ausencia o confusión - es utilizada para mostrar una región en formación o más frecuentemente para fundar un discurso crítico frente a las alienaciones y subordinaciones impuestas por las relaciones de colonialismo, dependencia y penetración foránea. Esta interpretación de la identidad surge desde las ciencias sociales latinoamericanas, que interpretaron la identidad a partir del fracaso, la debilidad y la impotencia. Mientras la identidad como origen da lugar a una épica y la identidad pensada como evolución histórica refleja una búsqueda, la crisis de identidad diagnostica un callejón sin salida o una alternativa drástica entre decadencia o revolución, así la identidad como crisis fragmenta, superpone y hace chocar sus elementos constitutivos; donde se quiere ser como otros para ser sí mismos. Algunos planteamientos llegan a suponer la existencia de una identidad ausente, distorsionada y dominada por la cultura hegemónica, que reflejaría la erosión de las culturas populares. En definitiva, la identidad como lo que no fue ni es y tiene que llegar a ser, negando para tal efecto aquello que es, pero que existe bajo una forma distorsionada por la dependencia y la dominación.

En conexión con las anteriores se habla de la identidad como proyecto, como manera de llegar a hacer presente lo que está por hacerse, sólo que esta vez, en términos propositivos. Se trata de una meta a alcanzar mediante específicas operaciones de constitución de una realidad (nacional o regional) en términos de sus propias potencialidades. Aquí la identidad es frontera, horizonte y en última instancia, utopía que se expresa en las preguntas ¿hacia donde queremos y debemos ir?. Así cada una de las posiciones anteriores convergen en la identidad buscada y deseada para América.

Restricciones de pertinencia para los enfoques modernos en el campo de la Identidad.

No obstante la amplitud de aspectos involucrados en las distintas orientaciones con que se enfoca el concepto de identidad, ninguno de ellos permite hablar de la identidad con relación a los procesos de modernización latinoamericana, ya que estos discursos han predeterminado las maneras de hablar de la identidad en el ámbito de la intelectualidad latinoamericana, y no nos permiten entrever el continente en que nos hemos transformado. Nuestra modernidad, desgarrada por sus propias lógicas de construcción, poder y diseminación, permanece así sin nombres y sin haber empezado a hablar todavía de sí misma como identidad. Por tanto, como lo señala Neira (1998), citando a Brunner, al parecer estamos asistiendo al final de esos discursos, ya que ellos pueden ser pronto sustituidos por otras maneras de hablar proporcionadas por los medios de comunicación, en particular por la televisión, por los múltiples otros lenguajes que se generan con la vida urbana, con los movimiento de mercado cultural y con las nuevas formas de inserción de los países en la economía mundial.

La posibilidad de construir los nuevos referentes a partir de los cuales se habla y se construye la identidad pasa por reconocer las transformaciones que los procesos de modernización y globalización provocan en los proceso de construcción de la identidad. Dentro de este contexto, la identidad ya no es vista como identidad latinoamericana o nacional, sino como una identidad regional o local o bien como una identidad étnica, ecológica, generacional, de género, etc.. Tal como lo indica Neira (1998), las identidades colectivas dejan entonces de ser puras expresiones de la cultura o meras estratagemas de la política para ser abordadas como, siguiendo a Barbero, el producto de complejos sistemas de interpolaciones y reconocimientos a través de los cuales los agentes se inscriben, consensual o conflictivamente, en el orden de las transformaciones sociales.

En la actualidad los procesos de construcción de identidad se dan en un escenario de condiciones que consideran el hecho que lo que se produce en todo el mundo está aquí y es difícil saber que es lo propio. La internacionalización fue una apertura de las fronteras geográficas de cada sociedad para incorporar bienes materiales y simbólicos de las demás. La globalización supone una interacción funcional de actividades económicas y culturales dispersas, bienes y servicios generados por un sistema con muchos centros, en el que importa más la velocidad para recorrer el mundo que las posiciones geográficas desde las cuales se sitúa. Esto implica que los objetos pierden su relación de fidelidad con los territorios originarios. La cultura es un proceso de ensamblado multinacional, una articulación flexible de partes, un montaje de rasgos que cualquier ciudadano de cualquier país, religión o ideología puede leer y usar (Garcia Canclini, 1995). Es así como las manifestaciones culturales han sido sometidas a valores que dinamizan el mercado y la moda y el consumo incesantemente renovado.

En un escenario como el descrito, una aproximación a la identidad debe comenzar desde el hacer, desde la experiencia; pensar la experiencia es el modo de acceder a lo que irrumpe en la historia con las masas y la técnica. No se puede entender lo que pasa culturalmente en las masas sin atender a su experiencia, pues, a diferencia de lo que pasa en la cultura, cuya clave está en la obra, para aquella otra definición de identidad está en la percepción y los usos. En otros términos, en la realización de experiencias que posibiliten generar una identidad cultural desde los usos que articulan memoria y experiencia y desde la posición relacional en cuanto relación histórica de diferencia y de conflicto, se encontraría el nuevo espacio de reconocimiento de la identidad (Neira, 1998).

Los diferentes grupos se identifican hoy en día por pertenecer a un espacio transterritorial y multilingüístico. Se estructuran menos desde la lógica de los estados que de los mercados; en ves de basarse en las comunicaciones orales y escritas que cubrían espacios personalizados y se efectuaban a través de interacciones próximas, operan mediante la producción industrial de cultura, su comunicación tecnológica y el consumo diferido y segmentado de los bienes. La clásica definición socioespacial de identidad, referido a un territorio particular, necesita complementarse con una definición sociocomunicacional (García Canclini, 1995).

La identidad pasa a ser concebida como el punto focal de un repertorio estallado de mini - roles más que como el núcleo de una hipotética interioridad contenida y definida por la familia, el barrio, la ciudad, la nación o cualquiera de esos encuadres declinantes.

Esto significa que los procesos de re articulación de lo propio y lo global (hibridación, en términos de García Canclini, o re apropiación, en términos de Barbero), es decir, los procesos mediante los cuales en las comunidades se producen los procesos de globalización y fragmentación, no constituyen una cuestión determinante en cuanto a la posibilidad de negarnos a nosotros mismos, más bien lo que hacemos es conjugar lo que ya tenemos con lo nuevo, pero no como mera mezcla, sino como una forma de darle un nuevo sentido a los usos y las prácticas que surgen en la cotidianeidad.

Lo que sucede es que esas hibridaciones y re apropiaciones, es decir el re conocimiento de lo propio, nos permitiría retomar la heterogeneidad y la diversidad que existe dentro de nuestra sociedad. Si tomamos esta diversidad, en la cercanía que tenemos con ésta, podría reducirse los impactos de los procesos de globalización y fragmentación. Esta nueva orientación permite la afirmación de una identidad que se fortalece y recrea en la comunicación - encuentro o conflicto - con él o lo otro.

A una operacionalización de esta nueva comprensión de identidad que urge aportan desarrollos socioconstruccionistas que, de acuerdo a Ibañez (1994), se basan en los siguientes supuestos: la realidad es construida socialmente ya que su conocimiento proviene de la actividad humana, que se da en situaciones históricas, contextualizadas temporal y espacialmente, las que van conformando un archivo o memoria de relaciones sociales que cosntituye a cada persona y su identidad; “el conocimiento que podemos producir en un período histórico dado es dependiente del entramado sociocultural que caracteriza ese período” (Ibañez, T.; 1994; pp.220), representando, en este sentido, una práctica social, concepción con la que se desdibuja la asimétrica frontera entre sujeto cagnoscente y objeto de conocimiento, tanto como la objetividad de los saberes disciplinarios en las ciencias sociales; lo social se constituye a través de la intersubjetividad, por medio de la cual se comparten significados y representaciones que les permiten a las personas poblar el mundo de categorías y conceptos mediante la comunicación y el lenguaje; el ser humano se caracteriza ontológicamente por su reflexividad o capacidad para hacer de sí un objeto de análisis – invalidando la dicotomia sujeto/objeto -, por la intencionalidad y autodeterminación de la conducta u acción - denominado agencia – con lo que se invalida la dicotomía causa/efecto, y por su determinación social en tanto la realidad se establece en situciones de relación, de interacción o interdependencia – con lo que se invalida la dicotomia individuo/sociedad. En esta perspectiva se puede hablar de identidad relacional ya que se invalidan los supuestos en los que se basan perspectivas escencialistas y sienta bases conceptuales para validar la consideración del relativismo cultural.

Gergen (1991) plantea que en el transcurso del siglo XIX se desarrolla una visión romántica del yo caracterizada por atribuir pasión, alma, creatividad, moral a cada individuo, con lo que se promueve relaciones de compromiso. En el siglo XX el yo romántico se reemplaza por un yo moderno, racional, con capacidad de conciencia y control como para desarrollar nuevos conceptos, opiniones e intenciones. Según este autor ambas concepciones colapsan progresivamente en la medida en que se complejiza la sociedad y emerge la situación de saturación social y el yo saturado. Como ya se ha descrito antecedentemente, el desarrollo de la tecnología en múltiples ámbitos diversifica progresivamente las posibilidades de relación - en multiples niveles, ambitos y grados de simultaneidad – reduciendo la utilidad del uso de categorías específicas o particulares para la identidad, que tengan como efecto la estabilización de ésta, y menos de perspectivas centradas en lo escencial – individual. La noción de individualidad como un yo independiente, autodeterminado, como núcleo último que sostiene la conducta personal ha sido dominante en la cultura occidental, representando un fundamento para el modelo de sociedad democrática (Pujol, 1996). Por otra parte, la condición de saturación implica un aumento complejo de la contingencia social incidente en que se establesca una experiencia de transitoriedad, de cambio vertiginoso, de virtualidad y despersonalización, referencias significativas para comprender las modificaciones en los modos en que la identidad se sustenta en la cultura. Como plantea Gergen “la escisión del individuo en una multiplicidad de investiduras del yo” (1991; pp. 106) representa lo que denomina multifrenia, condición producida por el aumento progresivo de las categorías de relación. Se experiementa insuficiencia personal, contradicción inter papeles o roles, ruptura de los marcos de referencia que sostienen las certezas que estabilizan el mundo de la vida cotidiana.

En este contexto, siguiendo al mismo autor, categorias de diferenciación del yo tradicionales (genero, raza, edad, religión, nacionalidad, etc) estan perdiendo capacidad de distinción ante definiciones situacionales, múltiples y simultaneas. Sin duda la busqueda de escencias queda desechada a cambio de la comprensión de la forma en que ciertos aspectos identitarios se formulan en la cultura mediante relaciones múltiples. El apego a perspectivas románticas o modernas en contextos de saturación social no reconoce, no registra, la búsqueda de referentes eficaces para conducir la vida cotidiana, o lo que Gergen (1991) denomina atrincheramiento cultural, proceso de resistencia a la modificación de marcos de referencia tradicionales que impulsa la restauración o revitalización cultural como la “busqueda de raíces históricas, de la identidad étnica o de movimientos sociales” (pp.219)

Globalización, Nuevos Movimientos Sociales e Identidad Colectiva: bases para la formulación de una Identidad Glocal

Existen perspectivas en cambio, que justamente se basan en procesos de resignificación cultural en el contexto de la saturación social, como los desarrollados por los teóricos de los nuevos movimientos sociales, introduciendo los cambios observados en el orden global en sus formulaciones y permiten reconocer una definición de identidad compatible con el enfoque esbosado.

Reconsiderando aspectos planteados se introduce lo indicado por Revilla (1994) en cuanto a que para reconocer una representación vinculada al entorno social, y por tanto una manifestación de tipo identitaria, es necesario referirse a un proceso de identificación en el cual se articula una perspectiva o proyección social que da sentido a las preferencias y expectativas tanto individuales como colectivas. Reconoce que sólo en la conformación de una auto referencia se coincide desde el nivel individual hasta el colectivo, como agregación de lo individual, específicamente en la expresión de esta auto referencia en libretos de acción que constituyen las formas de articulación de las personas con los otros y la sociedad. La explicación de una estructura de sentido compartido, explica Revilla (1995), se construye a partir de “...la existencia de un interés común y de las expectativas de desarrollo de ese interés [cuestión que hace] referencia a un proceso de identificación: los individuos construyen sus objetivos, hacen elecciones y toman decisiones de acuerdo con la percepción de su ambiente y las expectativas socialmente construidas” (pp. 191).

Plantea que “La identidad colectiva a la que pertenezco ofrece un apellido a los individuos que forman parte de ella, contribuyendo a la constitución de la identidad individual. Al constituir una identidad colectiva disminuyo la incertidumbre valorativa sobre mi propio yo futuro, atribuyo a mi orden de preferencias actual una cierta continuidad y adquiero capacidad para predecir mis preferencias y expectativas futuras...[la] identidad colectiva es sinónimo de continuidad individual y de previsibilidad de preferencias: a través del apellido relevante con el que me presento (identidad colectiva), preveo cierta estabilidad para los valores con los que actúo” (Revilla, 1995; pp. 192-193).

A diferencia de enfoques como el anterior, los desarollos teóricos dedicados al estudio de los movimientos sociales y la acción colectiva desde una perspectiva de estrategia - como la teoría de la acción colectiva de Olson y de la acción racional de Elster, o las teorías de la movilización de recursos de Mc Carthy y Zald y de las estructuras de oportunidad política de Kitschelt - se enfocan en comprender el movimiento social como organización, sin cuestionarse el origen de tal organización ni explicar el paso de lo individual a lo colectivo. Por otro lado, la mayoria de los enfoques que se centran en el estudio del movimiento social desde una perpspectiva identitaria como los propuestos para los nuevos movimientos sociales - Habermas, Melucci, Offe o Touraine – se enfocan en explicar la movilización asociada a ciertas condiciones estructurales en que emerge, asignando a cada movimiento social una comprensibilidad situada, como fenómeno de expresión propio de cada sociedad (Revilla, 1995): “el propio contexto sociohistórico de su surgimiento determina la composición social y la dinámica del movimiento” (pp. 182) y por tanto de la identidad.

Diani, en cambio, distingue cuatro enfoques teóricos dedicados al estudio de los movimientos sociales: la teoría del comportamiento colectivo de Smelser, Turner y Killian, la teoría de la movilización de recursos de Mc Carty y Zald, la teoría del proceso político de Tilly y la teoría de los nuevos movimientos sociales de Touraine y Melucci. Con relación a éstos verifica cuatro conceptos más o menos transversales en la definición de los movimientos sociales que efectúan: redes informales de interacción, creencias y solidaridad compartidas, acción colectiva en situaciones de conflicto, que se realiza fuera de la esfera institucional y la vida social cotidiana. Asimismo, distinguen con claridad el comportamiento colectivo de la acción colectiva; en esta última, la conducta se desarrolla sobre un interés y expectativas compartidas producto de un proceso de identificación y que repercute en el nivel individual como confirmación de la propia identidad, circunstancia que no ocurre en eventos de comportamiento colectivo, pues en ellos se coinside desde el nivel individual al colectivo como agregación, sin repercusiones sobre la propia identidad inicial (Revilla, 1995).

De partida, en la perspectiva de los nuevos movimientos sociales “la busqueda colectiva de la identidad proviene de una necesidad intrínseca a la condición de la persona de mantener una imagen de sí misma integrada y duradera, que es objeto de constantes ataques y amenazas en la sociedad moderna” (Johnston, Laraña y Gusfield, 1994. pp. 12), saturada y compleja. Representa el antídoto de la multifrenia referida por Gergen (1991) al reducir la incertidumbre mediante el aseguramiento de un círculo de reconocimiento en el que inscribir las preferencias y la acción propia. Pizzorno plantea la acción colectiva como proceso de identificación, por el cual la persona se inscribe en un círculo que le permite reconocerse y ser reconocido, a la vez que dar una cierta conti­nuidad a los valores por los cuales establece sus preferencias y expectativas. «Una persona es una sucesión de yoes que eli­gen y pueden tener algo en común sólo si se encuentran circuns­critos a un círculo de reconocimiento común. La identidad per­sonal consiste en una conexión vertical e intertemporal entre sucesivos yoes de un ser humano que se hace posible sólo por conexiones intertemporales y horizontales entre diferentes yoes individuales» (Pizzorno, 1989: 38; en Revilla, 1995). Identidad colectiva y proceso de identificación se refieren aquí, por tanto, a una dinámica de proyección, individual y colec­tiva, del presente hacia el futuro, superando formulaciones como las realizadas en enfoques de tipo racional, de las que un ejemplo es la figura del free rider, distinción que en esta perspectiva no opera.

El modelo de individuo en sociedad que se propone es el de uno contradictorio, instrumental y calculador con relación a sus propios intereses pero en un entramado social que contiene incentivos normativos, relativos a la satisfacción de expectativas que un individuo identifica como motor de la propia acción, tanto como solidarios, relativos a la necesidad de entrar en relaciones de interdependencia con otros en las que se reconozca recíprocamente la propia identidad (Pizzorno, 1989; en Revilla, 1995). Esta doble contingencia genera unos grados de incertidumbre que, para Melucci (1992; en Revilla, 1995), son propias de los sistemas con alta densidad de información, en los que la producción material se reemplaza progresivamente por la producción simbólica y social, tensionando la capacidad de grupos e individuos para controlar las condiciones que determinan su acción. “ En una sociedad con alta densidad de informa­ción, la producción y el tratamiento de información participan en la construcción de las dimensiones fundamentales de la vida coti­diana (tiempo y espacio, relaciones interpersonales, nacimiento y muerte), del tratamiento de las necesidades individuales en el seno del Estado de bienestar y del proceso de formación de la identidad personal y social en los sistemas educativos, a la vez que se realiza un control social difuso que sobrepasa la esfera pública para invadir el terreno de la formación del sentido en la acción individual: lo «privado» se convierte en objeto de intervención y manipulación social (Melucci, 1992: 271) (en términos de Jürgen Habermas, «la colonización del mundo de la vida», sometido ahora a la racionalidad instrumental del sistema y a sus medios, poder y dinero (burocratización y mercantilización del mundo de vida). Los grados crecientes de información circulando en el sistema producen incertidumbre en la medida en que suponen un obstáculo para el conocimiento”. (Revilla, 1995; pp. 197)

Bases para construir la noción de Identidad Glocal

Definición.

Específicamente, en la definición de Melucci (1989) se entiende la Identidad Colectiva como una definición compartida e interactiva, producida por individuos en interacción, concerniente a las orientaciones de su acción, así como el campo de oportunidades y restricciones en el que tiene lugar su acción. En términos específicos, la identidad colectiva como proceso enlaza tres dimensiones: formulación de las estructuras cognitivas relativas a fines, medios y ámbito de acción; activación de relaciones entre los actores, los que interactúan, se comunican, negocian y toman decisiones; e inversión emocional que permite a los individuos reconocerse. Esta definición considera un enfoque eficaz para asimilar en el estudio de la identidad todas las implicancias de la sociedad posindustrial, la complejidad y saturación social.

Ámbitos de conformación de la Identidad.

En una sociedad con alta densidad de información, la identidad que se produce individual y socialmente se enfrenta a la incertidumbre provocada por el flujo per­manente de información y al hecho de la pertenencia simultánea de los individuos a una multiplicidad de sistemas y a distintos ám­bitos espaciales y temporales de referencia (Melucci, 1992). Lo que podría llamarse «exceso de información» - o multifrenia en los términos de Gergern (1991) - provoca una di­ficultad en el proceso de construcción de las orientaciones y en la determinación de las oportunidades de la propia acción; en defini­tiva, provoca una pérdida del sentido de la acción. (Revilla, 1995). En este contexto[6], el movimiento social se constituye como proceso de identificación, esto es, de desarrollo del poten­cial de individualización. La definición alternativa de sentido que se lleva a cabo en el movimiento social produce integración simbólica: en el proceso de identificación se articulan significados alternativos (la orientación de la propia acción) que se traducen en la reapropiación del sentido de la acción individual y colectiva. En este tipo de sociedad compleja, según el planteamiento de Melucci, el movimiento social no responde a una situación de emergencia ocasional, ni tiene un carácter de marginalidad (res­pecto a las instituciones) o de residualidad (respecto del orden), sino que se constituye como realidad permanente y estable en el funcionamiento del sistema, con un espacio específico para su acción. Se produce una separación entre acción política y acción colectiva no institucional: el movimiento social asume la confi­guración de área, de red social en la cual se forma, se negocia o se recompone una identidad colectiva, situándose en el ámbito de redes sociales informales, propias del mundo de la vida (Revilla, 1995).

Elementos constitutivos: estabilidad y cambio.

Dos elementos constitutivos de la Identidad Colectiva han sido considerados en la literatura sobre los nuevos movimientos sociales: Preferencias y Expectativas. La identidad colectiva conforma el círculo de reco­nocimiento en el que se inscribe el orden de preferencias actual de las personas - los valores y las prioridades de las que se deduce el interés - y que les permite el desarrollo de expectativas. «Antes de realizar cualquier actividad […] los individuos formulan un proyecto. Una parte de este proyecto son ciertas imágenes mentales, o expectativas, acerca de su naturaleza y acerca de la clase y el grado de satisfacción que brin­dará la actividad» (Hirschman, 1989: 20; en Revilla, 1995). Esta formulación es siempre simbólica, cognitiva, fundada en las base de la memoria que sostienen la conformación de sentido en torno a la identidad y, en este caso específico, de las preferencias y expectativas.

Esta formulación de expectativas y evaluación de posibilidades se concuerda que es realizada en el contexto de redes informales, extrainstitucionales (Melucci, 1992, en Johnston, Laraña y Gusfield, 1994). La acción de un movimiento social en tanto que se desarrolla al margen de la ac­ción de las instituciones sociales creando su propio espacio, implica que las identidades colectivas pre existentes no se constitu­yen como círculo de reconocimiento para un individuo, no sir­ven de referente para su orden de preferencias ni le permiten desarrollar expectativas (insuficiencia de las identidades colecti­vas existentes) (Revilla, 1995). Este es el fundamento de la construcción marginal, en el sentido de extra institucional, de la Identidad Colectiva. Encarna en sí misma una tendencia alternativa al orden establecido.

La explicación del surgi­miento de un movimiento social como proceso de (re)constitución de una identidad colectiva se basa en la existencia de una situación de disonancia o incertidumbre en la relación entre preferencias y expectativas personales. Dado que trabajamos con dos variables, hay dos fuentes de disonancia y, por tanto, dos causas de emergencia de un movimiento social: modificación en el orden de prefe­rencias y/o reducción en las expectativas de acción.

De acuerdo con Revilla (1995) el efecto sobre la identidad se da de dos formas. En el caso de la modificación en el orden de preferencias, el yo al que la persona da prioridad para la construcción de su orden actual de prefe­rencias, por el cual deduce su interés, no coincide con el de los círculos de reconocimiento que le son próximos: las expectati­vas de acción que corresponderían a su potencial inscripción en un determinado grupo de reconocimiento existente no concuer­dan con el orden de preferencias al que da prioridad. Las identidades colectivas existentes no permiten a un indi­viduo reconocerse y ser reconocido. El movimiento social resul­tante de este tipo de incertidumbre tenderá a constituirse como una identidad colectiva nueva. En el segundo caso, circunstancias del ambiente provocan una reducción en las expectativas de acción de una determinada identidad colectiva, forzando a modificar su identidad para adap­tarse al nuevo ambiente o a permanecer en una situación de ais­lamiento respecto de la situación social en la que ahora se halla inserto. En el caso del desarrollo de un movimiento social en es­tas circunstancias, se adopta la primera opción, se reconstituye el proceso de identificación: se adoptarán nuevas estrategias para la readaptación entre preferencias y expectativas.

Estos son, fundamentalmente, los modos en que la saturación social influye en la conformación de la identidad y el cambio de ésta.

Además de las preferencias y expectativas existen también, como elementos constitutivos de la identidad, los estados de identificación y compromiso psicosocial, relevados en conceptos con el de lealtad planteado por Hirschman (1997) o en proposiciones de transformación del los medios (costes de identificación) en fines (beneficio) como la de Scitovsky (1976). De acuerdo con Hirschman, el individuo involucrado en algún tipo de acción social o pública – sea en el campo de la economía, ante un acto de consumo o en el campo de la política – en un momento de insatisfacción, como vimos antes producida por modificaciones en el orden de preferencias o en cambios en la evaluación de factibilidad de la expectativas, tiene dos posibilidades: la Salida, entendida como abandonar la práctica social sostenida, y la Voz, entendida como la permanencia en la actividad con actitud crítica para lograr la mejoría de los conflictos de inconsistencia. Según Hirschman las perspectivas de uso eficaz de la voz – como potencial para el cambio efectivo - desincentiva la opción de salida ante una situción de inconsistencia o modificación de preferencias y/o expectativas. Sin embargo, el factor determinante entre la activación de la opción de Voz o Salida esta representado por la Lealtad: esta aleja la Salida y activa la Voz (Revilla; 1995). En la medida que hay más lealtad los miembros de la organización harán más esfuerzos por lograr mejoras desde dentro de esa identidad, en tanto que miembros de la organización con poca lealtad adoptarán la opción de salida – y cambio de identidad - mucho antes que los leales. Pizzorno refuerza esta argumentación acerca de la involucración psicosocial de tipo cognitivo emocional distinguiendo un tipo de actor en los movimientos sociales, el Identificador, miembro que entrega identidad a un grupo, proceso en el cual refuerza la identidad propia. Para estos miembros la salida es improbable, ellos no se identifica con los fines sino que con la propia realidad colectiva del grupo, reciben su identidad de ella, implicando ésto que una salida para el identificador obliga un cambio de su propia identidad (Pizzorno, 1989; en Revilla, 1995).

Por otro lado, el medio de la acción se puede convertir en un fín en símismo, contradiciéndo las premisas económicas de modelos basados el concepto de conducta o acción racional en la que los individuos calculan la relación entre coste y beneficio de sus acciones para la adcripción a grupos y transar la individualidad en procesos de identificación social. Según Scitovsky el individuo, en el propio transcurso de la acción obtiene el beneficio del proceso interno, constituyéndose en una motivación genuina para la acción por la estimulación proporcionada por la posibilidad de obtener plena satisfacción de un deseo o necesidad (Scitovsky, 1976; en Revilla, 1995).

Considerando tanto lo planteado por Hirschman como por Scitovsky, el beneficio de la acción colectiva para un individuo no es - como plantean los modelos de acción racional basado en enfoques economicistas - la diferencia exis­tente entre el resultado esperado y el esfuerzo realizado, sino la suma de estas dos magnitudes.

Este tercer elemento constitutivo de la identidad, el compromiso psicosocial o socio emocional, viene a integrar un tercer factor de cambio; las modificaciones de la identidad aociadas a preferencias y expectativas, resultan significativamente influidas por el nivel de lealtad que se expresa en la activación del mecanisno de Salida o Voz. Mientras más lealtad menos probabilidad de cambio identitario en situaciones de inconsistencia de preferencias y expectativas.

Estos elementos conforman la base de un proceso de identificación en que los individuos construyen sus objetivos, hacen elecciones y toman decisiones de acuerdo con la percepción de su ambiente, con las expectativas socialmente construidas. A diferencia de las teorías de acción racional, en los postulados originados en el contexto de los nuevos movimientos sociales el individuo es reconocido como una multiplicidad de yoes que se desarrollan simultanea y consecutivamente, por lo que la realización de una elección implica asignar una prioridad a uno de los yoes que en un determinado momento contituye al individuo como tal, operando como un mecanismo de identificación que, además, resuelve el problema de la incertidumbre en cuanto a como sus yoes futuros evaluarán la situación en la que la decisión que ahora ha tomado los ha colocado. En este sentido la acción colectiva como proceso de identificación, por el cual las personas se inscriben en un círculo de reconocimiento que les permite reconocerse y ser reconocido, da una cierta conti­nuidad a los valores por los cuales establecen sus preferencias y expectativas. Una persona es una sucesión de yoes que eli­gen y pueden tener algo en común sólo si se encuentran circuns­critos a un círculo de reconocimiento común. La identidad per­sonal consiste en una conexión vertical e intertemporal entre sucesivos yoes de un ser humano que se hace posible sólo por conexiones intertemporales y horizontales entre diferentes yoes individuales (Pizzorno, 1986, 1987, 1989; en Revilla, 1995). En este sentido, la Identidad Colectiva es sinónimo de continuidad ontológica y previsibilidad de preferencias y el proceso de identificación una dinámica de proyección individual y colectiva del presente hacia el futuro.

Considerando todo lo antes expuesto, “La hipótesis que aquí plantemos es que la identidad colectiva constituye en sí un incentivo selectivo para la acción…si comparto una identidad colectiva, si me identifico con un grupo de individuos, actuaré a favor de los intereses co­lectivos. Y aquí conviene hacer una puntualizacion: para que la identidad colectiva sea el incentivo selectivo principal de la ac­ción, la unidad en esta identidad sólo puede existir como resul­tado del proceso de la acción. Si se parte de una identidad defi­nida a priori, fija e inmutable, no se soluciona el problema del free rider. El proceso de identificación, entendido en los términos de Melucci como «poten­cial de individualización», significa la confir­mación de la identidad personal y colectiva en el curso de la ac­ción, y sólo en este sentido se constituye la identidad colectiva como el principal incentivo selectivo” (Revilla, 1995; pp. 194). Este cuarto elemento se agrega a los anteriores para conformar la arquitectura de la identidad colectiva.

En este sentido, se considera para la conceptualiuzción de la Identidad Glocal los elementos propuesto para la categoría Identidad Colectiva en el ámbito de los estudios de los nuevos movimientos sociales: Preferencias, Expectativas, Inversión Emocional de tipo psicosocial, éstos determinando la coordinación de pautas de Acción que conforman los libretos conductuales de la Identidad, y que se modifican de acuerdo con el resultado de la resolución de la inconsistencia o incertidumbre que provea la ecuación Preferencias / Expectativas / Inversión Emocional. En un proceso de identificación con estas cualidades no resulta pertinente la separación entre acción instrumental – orientada hacia el logro de recursos que permitan defender los intereses – y acción expresiva – orientada por el proceso de identificación; por el contrario, en el proceso de conformación de la identidad con referencia a un colectivo se puede observar en forma consistente la coexistencia entre racionalidad instrumental y expresiva (Melucci, 1992; en Revilla, 1995).

Desde esta perspectiva existe una realidad social enten­dida, cuestionada y/o articulada por cada una de las acciones de los individuos y las instituciones que participan en la sociedad, recibida como producida y participando en su producción. Es el propio individuo inmerso en una acción social quien produce significaciones y sentidos de su acción que se dirigen a los otros y a la sociedad.

Dinámica performática de los elementos de la Identidad.

La formulación de preferencias, expectativas e inversión emocional que organizan la conducta colectiva y los proceso de identificación en el contexto de la acción para la resolución de los problemas de la vida cotidiana se ve fuertemente retroalimentada, condicionada, por la interacción entre lo que se ha denominado Ámbitos de Identidad y Campos de Identidad.

Con relación a lo primero, aun cuando se ha cuestionado la noción de Identidad Individual o Personal en tanto predominante en la explicación de la Identidad, cabe reconsiderar sus coordenadas en los procesos de conformación de identidad en la sociedad pos industrial, pos moderna. Este concepto hace referencia a una serie de rasgos totalmente personales que, a pesar de ser resultado de una combi­nación entre la herencia biológica y la vida social, son internalizados por aquéllos que participan en los movimientos sociales como parte de sus biografías personales. Sin embargo, la sociología de los movimientos sociales debe reconocer la incidencia que tiene en la identi­dad la participación en ellos y los cambios que puede generar en la identidad individual, haciéndo así parte de sus conceptos y modelos esta distinción. De acuerdo con Johnston, Laraña y Gusfield (1994) la capacidad de suscitar estos cambios a nivel de Identidad Individual/Personal puede uti­lizarse como un criterio de clasificación de los movimientos desde los grupos que intentan la total transformación de sus miembros, y donde su identidad individual se pone a disposición del grupo, hasta los cuasi-mo­vimientos en los que la participación no suele ir mas allá del pago de cuotas de afiliación y la identi­ficación individual puede limitarse a algo tan trivial como llevar una pe­gatina del grupo. En este sentido, la identidad individual constituiría una instancia de constraste de la identidad colectiva.

Por otra parte, la misma emergencia de fenómenos colectivos nuevos han repuesto la necesidad de considerar este ámbito o nivel de identidad, como ha ocurrido con los estudios realizados por Melucci y sus colaboradores en Milan, en los que los movimientos estudiados estaban integrados mayoritariamente por jóvenes de entre 18 y 28 años, constituyendo parte de lo que Lodi y Gracioli han denominado “movimiento juvenil” (Johnston, Laraña y Gusfield, 1994). “Más que en ningún otro estadio del ciclo vital, la búsqueda de iden­tidad es una actividad juvenil. “Nuestro punto de vista es que el énfasis en la búsqueda de identi­dad en los nuevos movimientos sociales es resultado de la intersección de varios factores, uno de los cuales consiste en la llegada a cierta edad de una cohorte en un contexto económico y social que libera a sus miem­bros de preocupaciones materiales inmediatas y les permite proceder a una intensa introspección en torno a su identidad. Aunque la investiga­ción sobre nuevos movimientos reconoce que la importancia de esto últi­mo en la participación en ellos, la búsqueda de identidad y su dimensión transitoria son tratados como hechos nuevos que derivan de las transfor­maciones estructurales en la sociedad postindustrial. En la medida en que estamos tratando de movimientos juveniles, o al menos de movi­mientos caracterizados por un amplio apoyo entre los jóvenes, la búsque­da de identidad no puede ser explicada exclusivamente por los cambios asociados a la llegada de la sociedad postindustrial” (pp. 16).

Otro ámbito o nivel de Identidad esta conformado por la Identidad Colectiva, referida a la definición de pertenencia a un grupo - los límites y actividades que éste desarrolla - como producto de un acuerdo generalmente implícito entre sus miembros. Está integrada por definiciones de la situcación compartidas por los miembros del grupo y es el resultado de un proceso de negociación y complejos ajustes entre distintos elementos relacionados con los fines y medios de la acción colectiva y su relación con el entorno. A través de ese proceso de interacción, negociación y conflicto sobre las distintas definiciones de situación, los miembros de un grupo construyen el sentido del “nosostros” que impulsa a los movimientos sociales. (Johnston, Laraña, Gusfield, 1994).

Así planteada la identidad colectiva, desde un enfoque de cosntrucción social, tiene tres dimensiónes que limitan su aplicación emprírica: surge a través de una continua interpretación e interrelación entre indentidad individual y colectiva dentro de los grupos; por la naturaleza de los fenómenos colectivos, objetos en movimiento, las definiciones cambian junto con el “movimiento” del fenómeno; y, finalmenente, estos procesos de creación y mantenimiento de esa identidad resulta operativos en distintas fases del movimiento (Johnston, Laraña, Gusfield, 1994).

Sin embargo, como plantea Johnston, Laraña y Gusfield (1994) el concepto con frecuencia es usado como “estado”, congelado y estático en el continuo tiempo y espacio, dejando de lado su carácter de proceso y sus límites cambiantes. “Un problema derivado de esa aproximación hace referencia al «carácter fáctico» de la identidad colectiva y la forma en que puede utilizarse para caracterizar el comportamiento … cuyo uso frecuente [implica] hablar de la identidad colectiva como algo que se yergue por encima de los actores sociales y los transciende [adquiriendo] vida propia. Relacionada con la vieja conceptualización que hi­ciera Blumer del «espíritu de cuerpo», está presente en otros teóricos del comportamiento colectivo que destacaron la conciencia de grupo, esta acepción del concepto aleja el foco de atención de las contribuciones individuales y lo sitúa en las organizaciones del movimiento, definidas como un actor colectivo. Desde esa concepción, tanto la identidad colec­tiva como el movimiento social pueden tratarse sin hacer referencia a los procesos donde se gestan ambas cosas. Por el contrario, la primera se considera algo parecido a la «conciencia colectiva» de Durkheim, enten­dida como el receptáculo de las ideas y normas que, desde alguna posi­ción epistemológica implícita, se piensa que definen al movimiento por encima de los hechos protagonizados por sus seguidores, y establecen cuáles son los comportamientos prohibidos y cuáles los adecuados” (pp. 18).

De esta concepción, no obstante, se deduce una idea que puede resultar útil: la identidad es simultaneamente real en el plano cognitivo, pués se basa en la experiencia y el conocimiento conservado en la memoria, e idealizada en el sentido que Goffman emplea el término, para aludir a las nociones ideales sobre los comportamientos adecuados de los individuos en el desempeño de sus roles sociales. “Compartir una identidad colectiva no sólo implica participar en su creación, sino que también a veces la necesidad de <> sus prescripciones normativas” (Johnston, Laraña y Gusfield, 1994; pp. 19). En este sentido, los aspectso normativos y axiológicos de las relaciones sociales retroalimentan la forma en que cada persona piensa de sí, conduciendo de este modo el comportamiento dentro y fuera del grupo. Se establece una relación de mutua determinación entre lo que se hace – como conductas modeladas por un grupo o movimiento – y lo que se es como identidad. En la medida que un sujeto más se identifica con un grupo aumenta la probabilidad que las normas de ese grupo determinen la conducta del sujeto. En este sentido, y siguiendo a Reichter (en Johnston, Laraña y Gusfield, 1994), el poder de las normas del grupo ejercen su influencia en la ación a través del mecanismo de la identidad colectiva.

No obstante lo anterior, el análisis reciente de los nuevos movimientos sociales sobre colectivos feministas radicales, gay y lesbianas, como el realizado por Margolis (1985) y Mrshall (1991) o sobre grupos étnicos y nacionales como el realizado por Johnston (1985), See (1986), Nagel y Olzak (1982) y Anderson (1987) hacen emerger una acepción más construccionista del término Identidad Colectivo. Johnston, Laraña y Gusfield (1994) refieren a Melucci (1992) para planter como idea central de este nuevo enfoque el que la identidad colectiva es el resultado de acciones concientes - y de los proceso reflexivos y evaluativos asociados a esa acción conciente - más que de unas determinadas características estructurales de la sociedad. Se destaca el carácter de proceso reflexivo y socialmente construido que implica la definición e identificación personal.

El argumento básico es que los actores colecti­vos se autodefinen en un contexto social determinado, y que cualquier análisis construccionista de la identidad debe hacer referencia tanto a la situación de interacción donde se configura ésta como a lo que hacen ter­ceras personas que participan de dicha identidad colectiva.

En esta instancia se revela el tercer ámbito o nivel de la identidad, el de la Identidad Pública. En tanto que en la Indentidad Individual como en la Colectiva se reconoce el fenómeno desde la perspectiva de autovaloraciones realizadas por los propios indivios o colectivos, en la Indentidad Pública se contiene el perfil de calificaciones realizadas por instancias ajenas a los grupos de referencia de las personas y que ejercen influencia en la forma en que sus seguidores se perciben a sí mismos. Como plantea Johnston, Laraña y Gisfield (1994) tanto la identidad individual como colectiva se ven afectadas por la interacción con personas que no participan del movimiento y por las definiciones que de él hacen organismos del estado, movimientos antagonistas y, especialmente, los medios de comunicación. Así, por ejemplo, “la represión estatal puede intensificar las distinciones entre «nosotros» y «ellos» y fortificar la identificación y el compromiso con el grupo (Trotsky, 1957; Smelser, 1962; Brinton, 1965; Hierich, 1971), especial­mente en movimientos políticos radicales (Knutson, 1981; della Porta and Tarrow, 1986; della Porta, 1992; White, 1992; Pérez Agote, 1986). En el entorno actual de los movimientos sociales, también tienen singu­lar importancia los medios de comunicación y el papel que desempeñan en la formación de la imagen pública de un movimiento (Gamson, 1988; Gitlin, 1980). Laraña analiza la forma en que puede pro­ducirse una disociación entre las imágenes interna y externa de un movimiento como consecuencia de la tendencia de los periodistas a basar su información en los sectores más profesionalizados del mismo y en los as­pectos visibles de sus actividades. Otro elemento de esta identidad pú­blica proviene de la influencia que ejercen dichos medios sobre la atri­bución de significados a un movimiento al enmarcar [esquematizar] las actividades de sus líderes” (Johnston, Laraña, Gusfield, 1994; pp. 22)

Un aspecto poco relevado en la identidad pública es la influencia personal y el impacto social de la interacción de miembros de un movimiento con per­sonas ajenas a él. En psicología social se ha constatado, como Latané (1981), que cuanto más íntima, local y personalmente relevante es una informa­ción, mayor será su influencia en la opinión de los individuos, por lo tanto, la influencia de las imágenes de un movimiento procedentes de los medios de comunicación en la identidad personal y colectiva será mayor si proviene de personas próximas al movimiento que son va­loradas por sus seguidores. Esto no resulta trivial si se considera que la dimensión colectiva de la formación de identidad tiende a ser como mucho una actividad a tiempo parcial; y lo que otras personas piensan acerca del movimiento puede tener mucho peso en el desarrollo de la identidad colectiva , especialmente aquéllas vinculadas por relaciones pri­marias con los miembros del grupo (Johnston, Laraña y Gusfield, 1994).

La noción de Identidad Pública adquiere especial relevancia en relación con la de Identidad Colectiva al observar la noción de “límite” que, desde una perspectiva ecológica, distingue un grupo o colectivo del entorno social o masa. En la operación de un grupo o movimiento sus miembros tienden a dejar paulatinamente las relaciones que mantienen con personas ajenas al mismo concentrándos en las relaciones ocurridas en el interior del movimiento o grupo, estableciendo categorías, códigos, normas, valores y pautas de comportamiento que van configurando los límites del grupo o movimiento, los rasgos distintivos. Así, por ejemplo, cuanto mayor sea la proporción de actividades diarias de participación exigidas en el movimiento más importantes serán los límites entre nosotros y ellos y más fuerte la identidad colectiva. Esta dinámica de “marcación de límites” considera desde la apariencia física, formas de vestir y hablar hasta estilos de vida (Johnston, Laraña y Gusfield, 1994).

Estos tres niveles o ámbitos de identidad – individual, colectiva y pública - interactúan y se combinan entre sí para dar forma a los elementos que se han propuesto como constitutivos de la distinción Identidad Glocal: Preferencias, Expectativas, Inversión Emocional y Acción. No obstante, este proceso de combinación de los ámbitos o niveles de identidad que da origen a la identidad glocal es ponderado por la dinámica que en el nivel colectivo se reconoce al distinguir los Campos de Identidad en base a los que opera el proceso de un movimiento social o conformación de un grupo.

Existe un tipo de personas y grupos reconocidos como Protagonistas pues promueven y se comprometen con los valores, metas y prácticas de un movimiento social; serían tambien los que experimentan mayor satisfacción con las acciones del movimiento social. Existe tambien un tipo de personas y grupos que parecen consistentemente unidos en torno a revatir u oponerse a los esfuersos de los protagonistas, identificados como Antagonistas. Por último, existe un tipo de personas y grupos distinguidos como audiencias, cuya cualidad relevante es la neutralidad y observación no comprometida.

De acuerdo con Hunt, Benford y Snow (1994) el campo de identidad de los Protagonistas contiene el conjunto de significados atribuidos a la identidad de los individuos y grupos destinados a convertirse en los defensores de las causa del movimiento. “Generalmente comprende una variedad de atribuciones a la identidad individual como las de héroes y heroínas del movimiento, empleados remunerados y voluntarios, lideres y colaboradores cercanos y las estrellas o simpatizantes famosos” (pp. 231). No obstante, tambien en el campo de de los protagonistas se integra a algunos miembros seguidores del grupo o movimiento como víctimas inocentes, poblaciones afectadas, generaciones futuras o mayorías silenciosas. Cabe señalar, en este sentido, que son los actores de las organizaciones de los movimientos sociales los que producen las identidades individuales y colectivas de los protagonistas.

El campo de los Antagonistas, en tanto, contiene una serie de atribuciones de identidad a individuos o grupos que se oponen al movimiento. Condensa cualidades, valores, comportamientos imputables a los líderes de los sujetos o grupos antagonistas, sus adversarios más famosos y sus bases. “También se hacen atribu­ciones sobre la identidad personal y colectiva al resto de los seguidores de esos contramovimientos tales como los «peces gordos», los «ejecutivos de salón», las «élites culturales», al igual que a una variedad de personas a las que presenta como de causas «liberales», «conservadoras» o «radi­cales»” (Hunt, Benford y Snow,1994; pp. 238). Resulta un procedimiento más o menos connatural a la conformación de un moviniemto colectivo e identidad subsecuente, identificar aquellos individuos, grupos, creencias, valores y prácticas que entran en conflicto con las identidades de los protagonistas y las causas que defienden.

Finalmente, el cambio de las audiencias integra los conjuntos de atribuciones de identidad a individuod o grupos a los que se supone imparciales u observadores no comprometidos susceptibles de reaccionar ante las actividades del grupo o informar de ellas. Está integrado por las organizaciones afines o simpatizantes del grupo o movimiento, medios de comunicación, elítes de poder, seguidores marginales, simpatizantes y gente comun ((Hunt, Benford y Snow,1994). Su característica más distintiva de quienes son categorizados en eta campo es considerarselecapaces de recibir favorablemente los mensajes de los protagonistas.

Marcos de referencia.

Una distinción que viene a completar el modelo complejo de Identidad Glocal representado en la gráfica anterior es el de Marco / Esquema de Referencia. Toda la dinámica descrita en la que se conforma la identidad glocal egresa como producto un proceso de creación de Marcos de Referencia (framing processes) que determinan el esquema interpretativo construido por los miembros de un grupo o seguidores de un movimiento al buscar el sentido de sus mundos sociales (Gamson et al., 1982; Snow et al., 1986; Snow y Benford, 1988, 1992; Johnston, 1991; Gerhards y Rucht, 1992; Tarrow, 1992; Benford; 1993a, 1993b; en Hunt, Benford y Snow, 1994). En este sentido, todo proceso de construcción de identidad genera siempre marcos de referencia.

De acuerdo con Hunt, Benford y Snow (1994) los marcos de referencia son esquemas interpretativos que simplifican y condensan el mundo exterior al distinguir y codificar objetos, situaciones, acontecimientos, experiencias y acciones – presentes o pasadas - en forma selectiva. Además de destacar ciertos aspectos de la realidad actuan también como fuente de atribución y articulación de sentido. “Los procesos de creación de marcos de referencia no sólo establecen las conexiones ideológicas entre individuos y grupos, sino que también proponen, refuerzan y adornan las identidades, cuya diversidad abarca desde las acciones de cooperación hasta las que producen conflictos”. (pp. 221).

Entendidos de esta forma, los marcos de referencia permiten seleccionar o identificar situaciones problemáticas a partir de una serie de parámetros contruidos por éstos, produciendo además una atribución de responsabilidad sobre estas situciones problemáticas identificadas a determinadas personas o hechos y presionando la articulación de propuestas alternativas de solución o cambio, dentro de lo que se cuenta lo que los miembros de un grupo o actores de un movimiento deben hacer para conseguir el cambio visualizado. De acuerdo a Hunt, Benford y Snow (1994) todas estas operaciones requieren la creación de lo que han denominado Marcos de Referencia de Diagnóstico, de Pronóstico y de Motivación. “Los marcos de diagnóstico identifican algunos acontecimientos o situaciones como problemáticas y necesitadas de cambios, y por eso seña­lan a ciertos agentes sociales como los responsables. La función de atri­bución de significados en los marcos de diagnóstico supone imputar unos rasgos y motivos para aquellos sujetos que son considerados responsables de haber «causado» o exacerbado el problema. Dicho de otro modo, esta función tiene como consecuencia situar a otras personas en roles de cana­llas (maleantes), culpables, o antagonistas. El marco de pronóstico esta­blece un plan para corregir esa situación problemática, especificando para ello qué debería hacerse y quién tendría que hacerlo, es decir: los objetivos específicos, las tácticas y estrategias a seguir. Aunque para pro­mover la movilización del consenso es necesario que se hayan estableci­do previamente los marcos pertinentes de diagnóstico y pronóstico, el acuerdo sobre estas definiciones de la situación no dará lugar automáti­camente a la acción colectiva. Para que la gente decida pasar a la acción, con el objetivo de resolver un problema que es objetivamente percibido como una «injusticia», será preciso que tales personas desarrollen un conjunto de razones apremiantes e irresistibles para proceder así. El mar­co generador de motivación aborda esta necesidad al establecer un voca­bulario de motivos adecuados, o los razonamientos que justifican la ac­ción a favor de una causa (Benford, 1993b; véase Mills, 1940). De esa for­ma, mientras que los marcos de diagnóstico producen una imputación de las motivaciones e identidades aplicables a los antagonistas o a los objeti­vos de cambio del movimiento, los marcos de motivación implican un proceso de construcción social y el reconocimiento de los motivos e iden­tidades de los protagonistas. Estas motivaciones e identidades comparti­das a su vez sirven de impulso para la acción colectiva” (pp. 228).

Como se ha señalado antes con relación a los marcos de referencia de diagnóstico, un aspecto fundamental es el reconocimiento y/o imputación de cualidades a unos conjuntos relevantes de actores dentro del ámbito de funcionamiento del grupo o movimiento social, las que pueden ser de dos tipos, unas referidas a la conciencia de un grupo y otras a la naturaleza de éste. Los “submarcos” de conciencia atribuyen un cierto nivel o tipo de conocimientos, destacan ciertos valores, connotando la necesidad de promover el cambio de éstos. En el caso del segundo tipo de “submarcos”, relativos a la naturaleza de los grupos o movimientos sociales, suelen producir declaraciones sobre la estrategia y sus guías morales; los adversarios de un movimiento, por ejemplo, con fecuencia son representados como sujetos irracionales, inmorales, carentes de compasión y sentimientos (Shibutani, 1970; en Hunt, Benford y Snow, 1994).

En este punto resulta evidente que dichas atribuciones de significado no sólo cumplen funciones en la formación de la identidad colectiva, sino que también dirigen la acción colectiva al identificar y situar otras categorías de actores como objetivosde esa acción. Como se observó anteriormente, la mayoría de esas identificaciones o construccionesse agrupan en una de las tres categorías genéricas de Campor de Identidad: Protagonistas, Antagonistas y Audiencias.

En el caso de los protagonistas, como actores representativos del grupo o movimiento social, los marcos de Diagnóstico son creados a través de negociaciones implícitas y para promover lo que desde su punto de vista es la mejor interpretación del problema existente. Este campo de identidad tambien produce marcos de Pronóstico y Motivación que especifican lo que debe hacerse para resolver ese problema y las razones por las que es necesario actuar al respecto. “Estos procesos de creación de marcos representan ideologías emergentes que anticipan el contenido de sus pretenciones de identidad” (Hunt, Benford y Snow, 1994; pp 231). Como efecto, en el transcurso de la creación de determinados marcos de diagnóstico, pronóstico y motivación, los miembros del grupo o movimiento situan sus organizaciones y opiniones dentro de un campo específico de acción, en relación con el cual distinguen quienes están dentro o fuera del grupo y encasillar a otras organizaciones dentro de específicos parámetros ideológicos, geográficos y estratégicos. “Esos intentos de situar a la propia organización en el espacio y el tiempo con relación a otros grupos, pueden considerase un proceso de creación de Marcos Deli­mitadores o marcos que definen limites (boundary framing)”. (pp. 232). Constantemente se recuerda a los miembros de un grupo o movimiento social la serie de cualidades que los distinguen de otros que no son miembros del grupo o movimiento.

Lo anterior evidencia como los procesos de atribución de significados que delimitan un movimiento y sus actividades en el espacio y el tiempo, son esenciales en la construcción y mantenimiento de las identidades in­dividuales y colectivas de los actores de las organizaciones de movimien­tos sociales. Este proceso se puede reconocer cuando se observa la imputación de los as­pectos que se refieren a la conciencia y/o al carácter de sus seguidores o Marcos de Conciencia (consciousness framing). Como se indicó antes, las declaraciones que se refieren a la conciencia de los seguidores permiten aclarar aquellas cosas sobre las que los indivi­duos y los grupos tienen un conocimiento previo, conduciendo la formación de un marco de diagnóstico y pronóstico inicial. Por otra parte, estos marcos de conciencia facilitan a los miembros del grupo o movimiento social asignar determinadas características a individuos y grupos en el campo de identidad de los protagonistas, proceso en el que los miembros del grupo o movimiento interpretan las acciones individuales y colectivas como expresión de determinadas predisposiciones morales, cognitivas, estratégicas y afectivas, y suelen considerar sus marcos de referencia como “evidencias” de sus rasgos individuales o colectivos. Asimismo, estos actores sociales intentan no establecer marcos que puedan ser eventualmente percibidos como incompatibles o contradictorios con sus declaraciones anteriores sobre sus características individuales o colectivas (Hunt, Benford y Snow, 1994).

Con relación al campo de identidad de antagonistas, en tanto, Hunt, Benford y Snow (1994) plantea que se crean marcos de referencia de oposición (opositional identity framing), los que no sólo cumplen la función de atribuir responsabilidad o culpabilidad, si no que también retroalimentan o confirman la construcción de los campos de identidad de los protagosnistas. Cuando los actores de un movimiento determinan quién es responsable de determinados problemas formulan demandas implícitas sobre sus propias cualidades, modos de organización tanto como sobre las cualidades y modos de organización de los grupos o movimientos sociales de los antagonistas. Un ejemplo de ello seria cuando un grupo o movimiento social afirma que no esta dispuesto a tolerar la injusticia, el sufrimiento humano y cosas parecidas, a diferencia de lo que hacen las personas y grupos que se les oponen. Más aun, “las construcciones sociales que hacen los movimientos sobre la identidad de sus antagonistas son importantes porque orientan el análisis de los actores de los movimientos sociales sobre los puntos débiles y la fortaleza de sus adversarios, y son elementos fundamentales en su estra­tegia de acción” (pp. 239).

Tambien es posible reconocer construcción de marcos de referencia en el campo de las audiencias, que asignan valor al rol de observador que cumplen ciertos actores o grupos y consisten en parámetros para identificar que otros tipos de actores – y sus marcos respectivos - pueden tener influencia, que clase de evidencias son significativas para apoyar las demandas del movimiento y de que forma se pueden utilizar los símbolos culturales de las audiencias para impulsar esas demandas. Los marcos de referencias relativos al campo de audiencias imfluyen en el desarrollo de las estrategias y tácticas del movimiento.

Finalmente, Hunt, Benford y Snow (1994) plantean que en el transcurso del proceso de atribución de identidades a grupos relevantes de actores existentes en su entorno, los miembros del grupo o movimiento social también tienen que procesar las declaraciones que personas ajenas al mismo realizan sobre ellos y otras identidades de protagonistas de otros grupos asociados. Esta conformación de marcos para personas ajenas al campo de protagosnistas, antagonistas y audiencias puede tomar por lo menos tres formas: descalificar estas declaraciones como incorrctas por la distancia de los actores que las emites con relación a la dinamica del propio grupo o movimiento social y su “escenario” o espacio de existencia; representar estas declaraciones como algo que potencia el reconocimiento de la identidad cuando se considera que expresan adecuadamente sus identidades personales y colectivas; o enmarcar esas declaraciones como malentendidos producidos por imágenes distorcionadas por las propias organizaciones o actores del movimiento social. En este último caso las identidades atribuidas no se deben tanto a un aerronea interpretación del movimiento sino a la conducta de sus seguidores; el marco de referencia resultante significa la atribuciones de personas ajenas al movimiento como fruto de los problemas de imagen simultanemanete con especificar las acciones correctoras de esa imagen de grupo deteriorada.
*Licenciado en Psicología, Mg(c) en Desarrollo Regional y Local, Director de Proyectos AXXIONA Desarrollo Humano.
**Licenciada en Psicología, Mg(c) en Desarrollo Regional y Local, Directora de Operaciones AXXIONA Desarollo Humano.
[1] En el sentido de fijar, estabilizar.
[2] Estabilización.
[3] Escencialismo.
[4] Individualismo.
[5] En el sentido de lugar/locus, y todo lo sociocultural que implica, tanto como de asedio/apremio, dado el contexto de emergencia social generado por los regímenes dictatoriales que contextualizaron estas reflexiones.
[6] En cuanto a la incertidumbre como pérdida de sentido de la acción indivi­dual y colectiva en las sociedades contemporáneas se deben tener en cuenta como fuente de esta incertidumbre no sólo los altos flujos de información, sino también el proceso de cambio social acelerado al que están sometidas y que afecta tanto a la estructura y el modo de producción como a las formas de socializaciónn e incluso a la propia comunidad global como orden internacional.
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