domingo, 17 de diciembre de 2006

Capital Social, Territorio y Pobreza

Capital social y estrategias territoriales de superación de pobreza*
Proposiciones 28, septiembre 1998: Báez & Canales, Capital social...

Francisco Báez Urbina
Carmen Canales Páez

La evidencia institucional respecto de la escalada de la pobreza en América Latina y Chile, el incremento de la marginalidad y exclusión social sufridas por grandes poblaciones en nuestro país, el repliegue y la domesticación del potencial emancipatorio de los setenta y ochenta, la despolitización institucional del tratamiento de la pobreza en los noventa, y las escasas y optimistas evaluaciones de los resultados de la política social territorial (no obstante los rebotes evidentes de planes y programas sociales en la población), nos han llevado a plantear una línea de investigación que desarrolle una reflexión y un trabajo de campo sistemático en torno al problema de la pobreza, la ciudadanía y los espacios públicos en nuestro país.
El presente artículo es la muestra del primer producto de ello, y pretende ilustrar una serie de discrepancias y disensos respecto del paradigma modernizador liberal implementado en materia de políticas sociales territoriales y superación de pobreza urbana. El objetivo es desmitificar y cuestionar una serie de juicios y certezas institucionales vinculadas al éxito de la política gubernamental de combate a la pobreza y extrema pobreza en el Chile de los noventa.

PREÁMBULO.

Sin mayores problemas podemos estar de acuerdo en que, en nuestro país, la categoría de modernización ha significado un complejo proceso de racionalización instrumental a través de la cual se han producido e inducido procesos asociados, disociados, algunos paralelos y otros simplemente contradictorios que han desmantelado la antigua y mesocrática estructura social e institucional del Chile de mediados de siglo (Estado de Bienestar o de "Compromiso de Clases"). Estos procesos, además, han llevado al país por la senda de la privatización de los activos públicos y la internacionalización de la economía y la cultura.
En ese sentido, las reformas institucionales ocurridas entre los años 1973 y 1983, y los posteriores ajustes estructurales producidos entre 1983 y 1990, aseguraron el paso de la razón de Estado a la razón de Empresa; el paso desde la centralidad de los actores sociales a la verticalidad de las elites; el paso de la ciudadanía social a la ciudadanía económica; y el de la democracia social a la democracia liberal-autoritaria.
Bajo la lógica neoliberal, la esfera económica se distancia de forma cada vez más acelerada de la esfera política, subordinándola, reemplazándola y distinguiéndola de la esfera social. A su vez, lo social es entendido cada vez más por la esfera política como simple resumidero de categorías sociales residuales demandantes de una práctica subsidiaria marginal, lo que, sumado a la baja responsabilidad social del Estado Regulador, está generando, por un lado, un empobrecimiento progresivo de la población; y por otro, ciertas conceptualizaciones teórico-políticas que categorizan la pobreza como una suerte de estado carencial. Es decir, la definen como proceso de constitución y reproducción de identidad a partir de la negación y la carencia, y no de las potencialidades socio-históricas instaladas al interior del devenir social de todo grupo humano.
Tal estilo de modernización ha generado transformaciones no tan sólo en materia de producción de recursos económico-sociales, sino también en la reformulación de los estilos administrativo-institucionales.
En este sentido, y en materia de políticas sociales, podemos observar —dentro del mencionado contexto de repliegue político y de reducción de la responsabilidad social del Estado—, i) el paso de las políticas sociales universales y mesocráticas del Estado Benefactor, a la subsidiariedad, la focalización, la inversión social y los fondos sociales del Estado Regulador;[1] y ii) la revalorización de lo local y lo territorial como lugar posible de combate a la pobreza a partir de las categorías de participación, de descentralización y de democratización del proceso de toma de decisiones políticas y de inversión regional y local.[2]

EXPERIENCIAS DE EVALUACIÓN E INTERVENCIÓN COMO INSUMOS.

La investigación que realizamos recogió en terreno como insumos relevantes diversas experiencias de trabajo en desarrollo local financiadas desde el Estado en varias comunas de la Región Metropolitana. Algunas de ellas se relacionan con nuestra participación directa como observadores, como evaluadores y como ejecutores de programas propiamente tales; otras corresponden a experiencias vivenciadas por los propios sujetos involucrados.
Nuestro objetivo fue indagar en torno al perfil y los límites de la estrategia gubernamental de superación de pobreza territorial y de desarrollo local, en el sentido de elaborar una crítica a la concepción optimista y favorable de los dos últimos gobiernos. En esta concepción, los esfuerzos de superación de pobreza territorial son vistos como movimiento positivo desde lo social hacia el Estado, es decir, como un conjunto de prácticas autogestionadas (programas y proyectos) con apoyo estatal, generadoras de instancias de participación comunal y de desarrollo local.
El producto de tales experiencias de intervención y evaluación demostró, por un lado, las dificultades con que se están topando las instituciones diseñadas con objetivos de superación de pobreza territorial, en el sentido de que expresan lo escaso y lo mezquino de los resultados de los programas estatales de desarrollo implementados; y por otro, lo magro de los resultados obtenidos.
En efecto, el estudio nos señaló que la focalización es mal efectuada y basada en criterios políticos,[3] que no hay sustentabilidad, que la complementariedad es escasa y la cobertura mínima, lo que se traduce en productos aislados y efímeros. Demostró que la participación es restringida y marginal, la incorporación de los actores sociales es en calidad de "ejecutantes", sin estar vinculada a la toma de decisiones, no obstante algunas opiniones que señalan que algunos entrevistados se sienten tomados en cuenta y acusan grados crecientes de democratización en el ámbito local.[4] Mostró además que la coordinación interinstitucional es escasa y todavía poco eficiente, que el modelo de gestión es engorroso y complicado, que existen altos grados de formalización, estandarización y centralismo,[5] que el concepto de ciudadanía se traduce y agota en los esfuerzos de inversión en recursos humanos en microplanificación, y que la estrategia de intervención es instrumental. Todo ello indica, en definitiva, que la concepción de desarrollo social con la cual se opera es estrecha y restringida.
Nuestro estudio señala, además, que en términos de percepción de pobreza, se enfrentan sólo las dimensiones psicosociales de ésta, y no las de mayor importancia, como las económicas, lo que indica que los esfuerzos estatales en materia territorial —y que apelan a objetivos de mejoramiento de la calidad de vida—, están dirigidos sólo a conseguir mejoras en la infraestructura vecinal.[6] En ese sentido, se extrae de ello que la estrategia debiera ser definida abiertamente como un conjunto de programas de mejoramiento de barrios.
Advierte, finalmente, que los procesos de generación de capacidades son reducidos y de cortísimo alcance y que no consideran mayormente las destrezas, dejando de lado iniciativas colaterales generadas al margen de las pautas restringidas del proyecto. De esta forma, tampoco son considerados los activos socioculturales ni las tradiciones cívicas instaladas al interior de los procesos de constitución identitaria de las comunidades.

CAMBIOS DE PERSPECTIVA EN TORNO A LO SOCIAL.

Ahora, dejando de lado la tecnología y ya instalados en una reflexión sobre los imaginarios desde los cuales se observa, constituye y opera, se pudo constatar en terreno —sobre todo en las entrevistas realizadas a profesionales de ex ONG—, los cambios institucionales en materia de concepción de lo social que dan luces sobre la transformación (modernización) del criticado Estado Social de los años cuarenta, cincuenta y sesenta. En esta línea, observamos la coexistencia, en cuanto a operación, de dos perspectivas o imaginarios teórico-metodológicos claramente distinguibles en términos de políticas sociales territoriales[7]: la perspectiva asistencial clientelista neoliberal (PAC), desde donde actualmente se diseña y financia; y la perspectiva social política tradicional (PSP), desde donde se implementa críticamente.
La PAC, en consolidación en el imaginario público, tiene como fundamento la matriz neoliberal / neoestructural de crecimiento con equidad social y sus unidades de operación son los tramos más altos (tecnocráticos) de la clase política. Como se señaló anteriormente, ve la estrategia como movilización positiva de recursos desde el Estado hacia las comunidades, con incorporación de la participación comunitaria. No obstante ello, observamos que la política social territorial del Estado Regulador, al igual que cualquier otro intento modernizador, disuelve la comunidad al tratar a los pobladores (tanto en sus momentos de movilización como de desmovilización) como agregados de personas o carencias, y fragmenta (erosiona) el capital social comunitario mediante i) la generación de capacidades técnicas instrumentales útiles sólo para recibir recursos de un Estado (marginal asistencial) cada vez más racionalizado y alejado de sus "tradicionales responsabilidades"; y ii) la promoción de subsidios a la pobreza barrial a través de instrumentos "participativos" de inversión pública en equipamiento.
La población (o la movilización / desmovilización de pobladores) es vista como sumatoria de grupos de interés, y su organización, como movimiento desocializado organizado sólo a partir de la oferta estatal de inversión en equipamiento vecinal; la participación social es entendida, en términos de consumo cultural, como el elemento central de legitimación del proyecto político a escala local; la territorialidad es vista como un contexto frío preparado tecnocráticamente para las intervenciones; y la comunidad, como categoría construida sobre la base de pautas de sociabilidad y no en referencia a la estructura social.[8]
Esta matriz pone en circulación y legitima un cierto saber racional y eficiente proveniente de un paradigma modernizador del Estado, y no reconoce de manera equitativa el saber social contenido en las localidades;[9] fragmenta el capital social y la memoria acumulada en las comunidades urbanas desde los tiempos de la campesinización hasta la explosión social de los ochenta; no invierte en la producción o en la reproducción de nuevo capital social (la inversión social es vista como simple capacitación en microplanificación); despolitiza lo social, provocando la desconfianza vecinal generada por la inexistencia de vínculos solidarios; y utiliza un instrumental teórico metodológico basado en categorías desprovistas de contenidos socialmente significativos.[10]
Por su parte, la PSP, en retirada del imaginario público, ha tenido como fundamento la matriz estructural desarrollista y mantiene, como unidades de operación, a los investigadores sociales, los trabajadores sociales, los actuales funcionarios de gobierno vinculados al trabajo de las ex ONG,[11] y a los tramos más bajos (radios de acción locales, donde se observa un nivel de compromiso medio) de la clase política actualmente comprometida con el modelo.
Desde esta perspectiva, actualmente no hay producción de instancias de superación de pobreza ni de desarrollo local. Éste, como organización de los activos socio-culturales de una comunidad dentro de una perspectiva de construcción social, no existe. Sólo existe cierto grado de fortalecimiento de la organización vecinal en tramos o segmentos comunitarios aún identificables al interior de las localidades pobres intervenidas o subsidiadas por el fondo social chileno para mejorar la calidad del espacio donde la gente pobre vive.[12]
En este modelo, la participación social requiere de una comunidad de sentido colectiva, dinámica, habilitada e integrada, la que es puesta en función de la política para fundamentar el campo de legitimidad necesario para la producción y reproducción de gobierno local,[13] y no del clientelismo subsidiario de grupos de interés o de referencia funcional, que en general responden a los sectores más vulnerables, desintegrados o excluidos.
En ese sentido, la participación tiene que ver con la incorporación de los saberes circulantes, con la experiencia social acumulada y con un enfoque amplio de la descentralización y la democracia.[14]
Esta matriz ha puesto el acento en las tradiciones cívicas y en la valoración y promoción del capital social como activos centrales de sociabilidad constitutiva de las comunidades, siempre puesta en referencia a la estructura social y no a pautas de sociabilidad funcionales.
En este sentido, se señala que una estrategia de desarrollo local debe formar parte de una estrategia global de desarrollo, y no ser una suma de esfuerzos aislados y de resultados efímeros.

RENDIMIENTOS.

En cuanto a lo señalado, podemos concluir que los instrumentos de inversión territoriales generan escasos resultados en materia de superación real de pobreza y de desarrollo local, por tres razones no exclusivas, pero importantes: i) sólo atacan necesidades básicas de desarrollo urbano (objetivos y metas municipales: sedes sociales, pavimentación, áreas verdes, talleres sociales, etc.); ii) funcionan con un excesivo centralismo; y iii) no consideran la vida cotidiana instalada en ellas como capital social. La evaluación de los resultados bajo una lógica unidimensional oficial, se limita a los productos esperados y previamente definidos. Esto quedó demostrado al evaluar algunas experiencias de trabajo en la comuna de La Granja, en las cuales los activos sociales de la población beneficiada fueron el soporte dinámico para la obtención de resultados que excedían —con creces— los requerimientos (metas) cuantitativos de la agencia financiadora (en este caso, el Fondo de Solidaridad e Inversión Social, Fosis).[15]
Pues bien, si la estrategia de superación de pobreza territorial no saca realmente a la gente pobre de su condición de pobreza, y si es utilizada reiteradamente como propaganda política (TV abierta), podemos señalar que si bien es cierto no se espera mucho de ella, actualmente la política social territorial, implementada a través de ejecuciones apresuradas, es el instrumento más eficiente en materia de proveer efectos políticos visuales y efectistas en materia social, al instalar en la conciencia ciudadana (a través del discurso de los medios) cierta imagen de transferencia rápida, efectiva y participativa de recursos a la gente pobre, tal como se viene haciendo desde mediados de la década pasada con las políticas sociales de emergencia.
En ese sentido, la política de combate a la pobreza territorial puede ser caracterizada, por una parte, como un instrumento simbólico de persuasión política de alto rendimiento y de bajísimo costo que intenta fortalecer la imagen del gobierno en el ámbito local, y donde la participación es entendida como el recurso más importante en momentos de legitimar los esfuerzos estatales en materia de superación de pobreza; y por otra, como la dimensión más marginal de la política contra la pobreza (cuenta con menos del 1 por ciento del Gasto Público Social), la que asume la figura de política de desarrollo urbano a bajo costo,[16] con la cual se ataca el empobrecimiento de la ciudad (producto de la falta de orientaciones claras respecto del desarrollo urbano durante la dictadura) y no el empobrecimiento en la ciudad (producto del cambio de giro del Estado y de la distinción hecha entre lo político y lo social).
En este contexto, la participación sería una simple ilusión de consumo político alojada en la delgada y efímera estela de ciudadanía dejada por el repliegue (por sobre nuestras cabezas) de la esfera política puesta a escala local, y por la profesionalización (enajenación) de ésta como actividad regulatoria y burocrático autoritaria.
Ahora bien, si es cierto que se han observado esfuerzos para mejorar el rendimiento de los programas territoriales a través de "cambios estratégicos" en el fondo social chileno (los que han correspondido en todo caso a un cambio de perspectiva sólo en cuanto a la operación años 1995 y 1996); y si a través de los programas focalizados territorialmente se han realizado esfuerzos de parte del Estado por desburocratizar y democratizar la política de ataque a la pobreza acercando "ciertas" decisiones de gobierno a la "gente", éstos son sólo una forma más de la pirotecnia institucional, la cual incuba, en su interior, una de las grandes contradicciones e incoherencias internas de la estrategia neoestructural de crecimiento económico con equidad: la alucinación.[17]
Ana María Ezcurra, socióloga argentina, señala sombríamente que en América latina el término de los ajustes, el advenimiento de la democracia y el paso de la modalidad de políticas sociales centrada en la demanda (que se corresponde en Chile con el momento político de la Transición de Aylwin) a la modalidad centrada en la oferta (que se corresponde con el momento político de la Modernización de Frei Ruiz-Tagle y el dirigismo central del Plan Nacional de Superación de Pobreza), provocaría, en teoría, el paso de políticas de emergencia a políticas promocionales de desarrollo.[18] Traería consigo, por un lado, incoherencias entre los requerimientos del Plan Nacional de Superación de la Pobreza a escala local (hoy con un bajo perfil) y los requerimientos de funcionamiento tecnocrático de los fondos sociales; y por otro, altos grados de dependencia y disciplinamiento —en cuanto a concepción y operación— de la teoría y la voluntad política del Plan Nacional de Superación de la Pobreza respecto de los lineamientos del Banco Mundial y otras agencias de cooperación y financiamiento neoliberales, lo que bloquea cualquier tipo de intento por llevar adelante políticas sociales de mayor protagonismo frente a una política económica hegemónica.[19]
En términos generales, creemos estar de acuerdo. No obstante, en nuestra opinión, lo que el autor no señala es que la concepción y la lógica de operación con la cual es atacada actualmente la pobreza territorial en Chile[20] se viene implementando desde la década de los ochenta y se mantiene hasta hoy, seduciendo y persuadiendo a la opinión pública a través de las más variadas transformaciones semánticas —hipóstasis—, léanse comités de acción social (CAS) y redes de seguridad (ejecutados durante la reforma y los ajustes estructurales), programas de emergencia de la Transición (efectuados por la primera Concertación), y programas de desarrollo y superación de pobreza (implementados durante las modernizaciones de la segunda Concertación).[21]

SABERES.

Queremos señalar que el estudio, además de identificar y discutir en torno al perfil y los límites de la estrategia gubernamental de superación de pobreza territorial y de desarrollo local actualmente implementada en Chile, también nos permitió establecer algunas referencias en cuanto a los desafíos que ello pueda contener, como por ejemplo el reconocimiento del capital social, nutriente y soporte básico para el logro de resultados en materia social.
En este sentido, pensamos que uno de los contenidos definitorios[22] es alimentar, renovar o recrear la identidad local y, por ende, su capital social,[23] no como mero mantenimiento de historias y tradiciones de conquistas pasadas, sino también como objetivo que incorpore las miradas saludables de sujetos jóvenes e innovadores que alimenten y proyecten lo existente.
En esta línea, consideramos que para el logro de objetivos sociales fijados desde lo alto de tecnocracia, se requieren perspectivas multicomprensivas e innovadoras que disten de la racionalidad instrumental / mercantil desplegada por la modernización neoliberal / neoconservadora. Se precisa revalorizar los contenidos culturales alojados en los espacios públicos locales y entender que las comunidades son unidades de sentido particulares expresadas territorialmente, donde se concentran grupos primarios y secundarios caracterizados normalmente por matrices culturales comunes, pero que también aglutinan sociabilidades y tradiciones epocales (y no epocales) distinguibles que enriquecen la diversidad del mundo popular y que deben "inspirar" a los instrumentos de inversión estatales.[24]
Sostenemos que es necesario profundizar la descentralización como mecanismo institucional y orientar el trabajo en dirección de la ya bastante comprobada hipótesis "a mayor cantidad y calidad de activos socio-culturales y socio-políticos (capital social) aún instalados en las comunidades pobres urbanas (en momentos de liberalismo salvaje, consumismo obligado), mayor es la calidad lograda en las intervenciones". Si bien es cierto la fundación y la puesta en circulación de discursos (saberes) institucionales cada vez más racionalizados constituyen y grafican un sujeto (Estado) que conoce e interviene al interior de un campo de legitimación / acción determinado (mediante tecnologías de nombramiento), el objeto de intervención (sociedad popular) creado y sobre el cual se trabaja, no es reconocido en cuanto tal.[25]
Categorías como activo social (recursos socio/culturales o medios de resistencia que pueden movilizar los hogares para hacer frente a las privaciones, tales como mano de obra, infraestructura, relaciones familiares); capital social (conjunto de normas, confianzas, redes de reciprocidad, en fin, todas las capacidades colectivas que posee una comunidad que le permiten vivir en mejores condiciones —en definitiva, salir de la vulnerabilidad)—; o el de vulnerabilidad (concepto dinámico y más certero que el de pobreza; asociado al grado de indefensión o de fortaleza que posee una comunidad para hacer frente a situaciones de privación, definido como la inseguridad del bienestar de los individuos, los hogares o las comunidades ante un medio cambiante, y asociable a la cantidad y calidad de los activos sociales presentes en una población en un momento determinado), representan recursos teóricos preciados para el logro de puentes comunicativos entre Estado y Sociedad y para el diseño, focalización y evaluación de políticas sociales eficaces y eficientes que no reboten en la históricamente desdeñada pulsión social anidada en los espacios públicos y en la sociabilidad popular.
Como referencia teórica, creemos que es preciso trabajar sistemáticamente, como modelo de referencia, un conjunto de orientaciones teórico-metodológicas que se están construyendo al interior de un imaginario académico, social y político en constitución y emergencia. Un modelo de concepción y tratamiento de lo local y lo público que, desde fuera de las políticas sociales estatales, pero muy al interior de las preocupaciones centradas en un desarrollo real (Desarrollo), pone acento en las categorías de democracia radical, de capital social y de tradiciones y comunidades cívicas, e intenta desarrollar un nuevo concepto de ciudadanía social que apele al empoderamiento de la sociedad civil y a la valoración y puesta en circulación de saberes sociales emancipatorios no estructurales.[26]

* Documento elaborado con las conclusiones de la tesis para optar al grado de licenciatura en Sociología, “Inversión social territorial y programas de apoyo a localidades pobres. Alcances y perspectivas en torno a la estrategia gubernamental de desarrollo local”. Universidad ARCIS, Santiago. Los autores son sociólogos.

[1] Jorge A. (sociólogo, coordinador institucional de ONG para programas del Fondo de Solidaridad e Inversión Social, Fosis): “... antes se operaba en función de políticas nacionales, programas nacionales relativamente homogéneos ... eso se ha ido paulatinamente modificando ... hoy la consigna es focalizar;... focalizar los recursos de inversión social en un esfuerzo de invertir en sectores de escasos recursos ...”
[2] Miguel (asesor externo del Fosis): “... con la desarticulación del movimiento social poblacional llega el gobierno de la Concertación, donde se diseña una política que se expresa formalmente en el Fosis ... me refiero a programas que son una apuesta más bien política, distinta a una visión global, que apunta desde el gobierno a apoyar la gestión desde los territorios...”
[3] Ximena (educadora de párvulos, coordinadora de ONG para programas Fosis): “Es difícil hablar de las características que tiene que tener la población o el grupo de trabajo. Este programa no es para localidades pobres, pobres, porque con las características que tiene el programa no permite trabajar en comunidades que tiene serios problemas de droga, alcoholismo o delincuencia, o con conflictos serios. Hay localidades que no tienen agua potable, ni alcantarillado, no tiene luz ... y tú vas con este programa de cuatro millones ... qué problema puedes priorizar. Para qué hacer reflexionar a la gente sobre sus problemas, para qué el autodiagnóstico ... Se generan ciertas expectativas en la gente que participa. Este programa no es sólo para una localidad pobre, hay otros factores que hay tener en cuenta y en ese sentido la municipalidad es quien elige las localidades... y se equivoca”.
[4] M. Teresa (estudiante de Servicio Social, promotora ONG para programa Fosis): “ Lo bueno de estos programas es que le pasan la plata a la gente... no conozco otro programa que esté entregándole directamente plata a la gente ... En cierta forma le dicen a la gente que son capaces de administrar recursos...”.
[5] Roberto (egresado de leyes, promotor de programas territoriales): “El Estado tiene un esquema muy rígida, falta que se modernice, ... la gente del Fosis no flexibiliza porque teme que el programa se le escape de las manos; eso es falta de capacidad y de confianza, eso es mediocridad; la mediocridad siempre tiene miedo...”
[6] María Teresa (estudiante de Servicio Social, promotora de ONG para programas Fosis): "Si tú analizas cuáles son los productos de los proyectos, te das cuenta que son sólo proyectos de infraestructura, es muy difícil encontrar proyectos de capacitación laboral... hay que analizar cuál es la intención de fondo del Estado con estos programas ... Tú te das cuenta que es sólo una pildorita más de este gobierno para supuestamente superar la pobreza, lo cual no es real; es sólo un parche y bien chiquitito; ... en definitiva, es sólo una propuesta de mercado diferente”.
[7] Jorge (psicólogo social, director de ONG): "...al interior del gobierno conviven visiones distintas... no es un modelo monolítico basado en la relación Estado-ONG ... hay muchas mezclas en esto ... uno tiende a pensar que prevalecen ciertas visiones más economicistas del modelo; la visión del Ministerio de Hacienda, del Ministerio de Economía, mandan sobre otras visiones ... se les ha dicho a la gente del Fosis que tienen dos almas, que en realidad el Estado tiene dos almas: el alma que quisiera hacer todo este desarrollo social de base y el alma que tiene que responder a la burocracia, a los productos, a las metas cuantificables, a la inversión...”
[8] Acá las categorías de clase y las de movimiento social no son utilizables, sólo las de gente pobre apelando a cierta responsabilidad social del Estado en materia de ciudadanía en un contexto de mantenimiento de una cultura demandante del Estado cada vez más anquilosada y en un imaginario político en retirada.
[9] Jorge T. (psicólogo social, director de ONG): ”... hay otra serie de procesos a nivel local que no son leídos desde el Estado a través de estos programas ... es cierto que el Estado hace esfuerzos por impulsar ciertos procesos, pero son ínfimos en relación a la cantidad de cosas que pasan a nivel local ... es más, prácticamente la mayor parte de la actividad social comunitaria pasa por fuera de estos circuitos...”
[10] Fundamenta su accionar en la raquítica categoría de pobreza, definida como una situación de carencia que impide al individuo o la familia satisfacer una o más necesidades básicas y así participar plenamente en la vida social; en la de localidad pobre, definida como un área geográfica caminable que concentra, en todas sus dimensiones, a grupos de personas afectadas por las mismas carencias económicas y sociales, con problemas y necesidades comunes; en la de inversión social, categoría neoestructural de corte capacitacional (recursos humanos) que fundamenta —en términos globales— la estrategia de superación de pobreza en los noventa; y en la de habilitación, entendida como un diferenciador entre pobres centrado en las potencialidades instaladas para hacer uso de las oportunidades del entorno.
[11] Jorge T. (psicólogo social, director de ONG): "El proceso democratizador y de desarrollo del país pasa por que el país se desarrolle desde la base; el desarrollo pasa por la organización, por la participación, por la capacitación, por la formación de dirigentes de escuelas, que es lo que aún tratamos de hacer locamente las ONG y que el Estado plantea , pero con ciertas limitaciones...”
[12] Según esta perspectiva, la estrategia sólo cubre algunas de las variables presentes en una estrategia de superación de pobreza integral, humanista, universal y comprensiva, como por ejemplo: el mejoramiento de infraestructura y equipamiento vecinal, una capacitación eficiente a líderes locales y una participación relativa y marginal respecto del Proceso Local de Toma de Decisiones (o Producción de Gobierno Local). No obstante ello, no cubre variables importantísimas, como la creación de instrumentos de mejoramiento de ingresos, el fortalecimiento de redes locales, la constitución de actores sociales, la potenciación de cultura comunitaria y la organización social, el rescate y la proyección de memoria colectiva, entre otras.
Inés (grupo de trabajo, comuna de La Granja, Pob. San Gregorio): "Necesitamos capacitación laboral, porque no basta rendir cuentas; necesitamos elementos de administración, cómo ordenar gastos, cómo sacar porcentajes ... Esta inversión social es buena siempre y cuando entreguen herramientas que capaciten no sólo para el proyecto”.
[13] Ana (grupo de trabajo, comuna de la Granja, Pob. Yungay, 1996): "La [población] Yungay necesitó sólo reorganizarse y acordarse, tomamos rápido las pistas que nos dieron, eso fue fundamental para sacar con éxito el proyecto. Es muy distinto cuando no ha existido organización y se necesita empezar de a poco”.
[14] Francisco (grupo de trabajo, comuna de Cerrillos, Pob. Carlos Condell): "...la gran mayoría hemos trabajado antes, tenemos experiencia y nos hemos organizado, incluso cuando vivimos en el campamento era una vida donde todos nos ayudábamos, bien unidos ... Sin duda que eso nos ha ayudado en el proyecto".
[15] Ana (grupo de trabajo, comuna de la Granja, Pob. Yungay): "Junto con definir la instalación de luminarias como la idea priorizada, también trabajamos el problema de la basura en las calles; nos planteamos una campaña de limpieza y educación, casa a casa; compramos tambores para depositar basura y nos pusimos normas de funcionamiento ... El único problema es que el Fosis no se entera de estas capacidades, sólo se interesa por la instalación de las luminarias. Yo tengo mis serias dudas, respecto a los intereses del Fosis...”
Inés (grupo de trabajo, comuna de la Granja, Pob. San Gregorio): "La supervisora pedía informes, que no daban cuenta de todo. Nosotros sobrepasamos las metas del proyecto ... pero el Fosis es muy rígido ... no podíamos hacer cosas que no estuvieran escritas en el proyecto ... siempre hubo una contención”.
[16] Jorge A. (sociólogo, coordinador de programa de ONG): "Yo tengo la impresión de que son programas de bajo impacto, en el sentido de que mejorar la calidad de vida es un tremendo objetivo, ... hay más bien una apuesta a que en el futuro haya mejor calidad de vida, pero debe ser a lo más del 5 por ciento de toda la cantidad de esfuerzos que es necesario desplegar. Yo creo que el tema de la calidad de vida es insuperable ... estos programas trabajan a nivel de las consecuencias y no de las causas de la pobreza ... la única forma ... es transformar la sociedad entera...”
[17] Creemos, en consecuencia, que una estrategia de desarrollo local dista bastante de ser una estrategia de desarrollo urbano, y que la suma de estas dos no constituye por sí misma una estrategia local de superación de pobreza territorial.
[18] Se crea en la opinión pública la ilusión de estar impulsando políticas de desarrollo mientras se sigue utilizando la lógica metodológica de los planes de emergencia de los ochenta (estrategias de emergencia contra los ajustes estructurales y el trabajo de las ONG de segunda generación).
[19] Conflictos y discrepancias no resueltas entre el neoliberalismo y el neoestructuralismo.
[20] Pequeños proyectos con participación social basados en la metodología de la microplanificación, en función a objetivos y en un contexto institucional neoliberal de desregulación parcial.
[21] En ese sentido no existiría un Programa Nacional de Superación de Pobreza, sino sólo una colección de esfuerzos de microplanificación instalados en la burocracia estatal social desde hace tres lustros.
[22] Lo anterior fue comprobado en nuestra investigación a través de aquellas comunidades que superaron con éxito los resultados de los programas; coincidentemente, las mismas presentaban grados importantes de tradición organizativa, fuerte cohesión grupal y una identidad mantenida por muchos años; por consiguiente, un considerable cúmulo de capital social instalado como activo de construcción social colectivo.
[23] El capital social es el conjunto de capacidades colectivas, no individuales, que les ha permitido a las comunidades ser menos vulnerables frente a las adversidades modernizadoras, tal como se han planteado éstas en América latina al menos. La formación del capital social ha estado ligada a determinados contextos políticos —generación de escuelas de líderes y de dirigentes sociales—, y a la lucha por la satisfacción de una necesidad básica, y su permanencia ha dependido tanto de la transmisión endógena confiada espontáneamente a las mujeres y a los más viejos; como de las intervenciones externas que, en sentido negativo, pudieran estar erosionando o positivamente invirtiendo en acciones que generen o refloten la cultura comunitaria.
Carmen Gloria (grupo de trabajo, comuna de La Granja, Pob. San Gregorio): “... hoy las mujeres salen de la casa a trabajar, los más jóvenes quedan solos y no se educa desde la casa; las experiencias no se comparten, los niños no tiene idea de lo que pasó con los abuelos...”
[24] Inés (grupo de trabajo, comuna de La Granja, Pob. San Gregorio): “Nuestra experiencia ha sido básica para la convivencia y la comprensión entre vecinos. La hermandad nos ha ayudado a soportar la represión y las dificultades económicas”.
Elba (grupo de trabajo, comuna de La Granja, Pob. Yungay): “Nuestra historia es la que nos ha ayudado mucho para saber convivir; desde nuestros orígenes hemos mantenido la unidad en las pascuas populares, celebraciones comunitarias, ... y antes mejor que ahora ...”
Inés (ibídem): “En tiempos del 73 fue una época de gran explosión de organización social; todo eso se debió a los políticos, porque ellos se relacionaban con los pobladores, venían jóvenes de las universidades ... además tuvimos una excelente escuela que fue Mario Palestro ... nos concientizó que teníamos que luchar por nuestro futuro ... en ese tiempo los políticos se debían a la gente”
Ana (ibídem): “Esta organización se dio porque necesitábamos de un lugar para vivir, es decir, se da a partir de un comité de los sin casa ... las normas del campamento se basaban en la solidaridad, en la limpieza y en el buen uso de los recursos...”
[25] Desde el imaginario racional / industrial / global, la organización del saber (ciencia) se realiza en el Estado y para el Estado; mientras que para lo local, la organización de los saberes (capital social) no se realiza en el Estado (estadística), o desde el Estado (encuesta), sino fuera del Estado (sociabilidad dialogante en Ibáñez, o racionalidad comunicativa en Habermas).


SABER GLOBAL SABER LOCAL
SINTÁCTICA Estadística del lenguaje Oralidad dialogante

SEMÁNTICA Convención institucional Atribuciones locales de sentido

PRAGMÁTICA Educación formal Acción social / Cambio

[26] “La historia precisamente se mueve más lentamente cuando se construyen normas de reciprocidad, redes y compromisos cívicos ... Dos décadas es tiempo suficiente para detectar el impacto del cambio institucional en la conducta política, pero no en los patrones más profundos en el plano social y cultural. La perspectiva temporal para tal evolución requiere un tiempo largo, pero no nos parece que el camino tomado hasta ahora, con los resultados que se han producido, haya sido más corto. La clave es construir comunidades más cívicas, levantar la mirada más allá de los resultados del momento. Urge la transformación local, más que el cambio a nivel nacional ... La construcción de capital social no es fácil, pero es la clave que hace trabajar la democracia” (Robert D. Putnam, Making Democracy Work: Civic Traditions in Italy Movement. Princeton: New Jersey, 1993).

viernes, 8 de diciembre de 2006

Referencias Metodológicas

MARCO METODOLÓGICO. Bosquejo.

Francisco J. Cabellos M.(1)
Pamela A. Luna B.(2)

En el marco de una investigación de tipo descriptivo, se ha optado por el uso de un diseño cualitativo / comprensivo ya que la naturaleza de la variable a estudiar, Identidad Colectiva, pertenece al plano del sentido y la comprensión de éste como proceso, por lo que las limitaciones que diseños de tipo cuantitativo poseen para la representación de variables diacrónicas han definido como pertinente el uso de una orientación cualitativa. Tal como señala Dávila (1994) “a diferencia del diseño cuantitativo (en el que las hipótesis iniciales y arbitrarias marcan sus desarrollo-siempre secuencial-) en el cualitativo todo se encuentra [determinado] por el objetivo final; son los objetivos los que marcan el proceso de investigación cualitativa, dado que ceñirse a hipótesis previas no haría sino constreñir el propio análisis. El mundo simbólico capturado mediante discursos no se circunscribe en modo alguno a premisas previamente formalizadas para su ulterior verificación. En la investigación cualitativa, por el contrario, se pretende la determinación dialéctica del sentido, mediante la operación de desentrañar significados siempre en relación con los objetivos delimitados” (pp. 77). El diseño cualitativo a diferencia del cuantitativo es abierto en lo que concierne a la selección de participantes – actuantes en la producción del contexto situacional así como en lo que concierne a la interpretación y análisis - ya que tanto el análisis como la interpretación se conjugan en el investigador, que es quien integra lo que se dice y quien lo dice. Refiriendo a Ibáñez, Dávila (1995) señala el hecho que “en la investigación cualitativa el investigador es el lugar donde la información se convierte en significación y en sentido, dado que la unidad del proceso de investigación, en última instancia, no está ni en la teoría ni en la técnica – ni en la articulación de ambas – sino en el investigador mismo” (pp. 77).

En el caso de diseños cuantitativos, su carácter cerrado deriva de la medida en que su rutinización es parte de su apuesta formal. Tal como plantea Dávila (1995), por ello su exigente protocolización y su pretensión de ser reproducible en todos los extremos. “Su modelo es algorítmico, pues admite que la existencia de una serie de instrucciones no equívocas susceptibles de ser formuladas, transmitidas y seguidas correctamente – serie a la que se le denomina algoritmo – permite la reproducción exacta de una experiencia, por lo que forma parte esencial de sus actividades el control de todo aquello que el algoritmo contiene en previsión de que el proceso referido funcione mal” (pp. 77).

Las razones señaladas definen tanto la elección de un diseño cualitativo, como el enfoque comprensivo con que se asume. En este contexto se ha elegido la técnica Grupos de Discusión e Historia de vida para la recolección de datos(3).

En el caso de la primera técnica(4), se reconoce que toda práctica social necesita del discurso, de una organización particular de sentido, el cual, a su vez, ha de desconocerse a si mismo como práctica. El grupo de discusión desconstruye los componentes semánticos de producciones discursivas concretas, recogidas mediante la técnica, para mostrar su estructura (Canales y Peinado, 1995). “Ésta [la estructura] no equivale nunca a la producción semántica conciente (las hablas individuales de los participantes en los grupos, las opiniones; a esta realizaciones concretas de un discurso las denominaremos textos). La estructura de una producción lingüística cualquiera – lo que denominaremos simplemente discurso, que vendría a equivaler, por tanto, a discurso social – muestra un campo semántico que define qué elementos son incluidos como pertinentes y sus relaciones recíprocas, de carácter siempre jerárquico o hipotáctico; y, por oposición, como en toda estructura, que elementos excluye, que relaciones no acepta” (pp. 288). En consideración de estas características, el trabajo de análisis no supone la mera aceptación acrítica de los enunciados de un observador interno; por el contrario, el análisis del discurso requiere la confrontación previa de varios observadores internos, entre sí, y de estos con el observador externo, quien vendría a realizar, una reducción crítica de los contenidos emic(5) presentes en la producción discursiva del grupo de discusión (Canales y Peinado, 1995).

En el caso de la segunda técnica, la Historia de Vida(6), tal como señala Santamarina y Marinas (1995) “están formadas por relatos que se producen con una intención: elaborar y transmitir una memoria, personal o colectiva, que hace referencia a las formas de vida de una población en un período histórico concreto. Y surgen a petición de un investigador...En principio, las historias de vida no preexisten a este proceso, se producen en él, aunque las formas del contexto oral (la historia oral) vengan refiriendo (o silenciando) aspectos, sagas y relatos que luego se articulan en las historias que recogemos. Se van haciendo en la medida que la investigación avanza según sus objetivos, sus hallazgos y sus limitantes. Y tampoco sus referentes son precisos, sin que por ello se pueda decir que sean falsos. Parecen más bien estar dirigidas a orientar la vida y la acción de quienes las narran” (pp. 258). Es el valor subjetivo de los relatos el que precisamente constituye el valor más original, el fenómeno social que la historia de vida permite que exista y circule por entre los sentidos de una colectividad y en una época, lo que posiciona a la subjetividad como la cualidad que permite reconstruir el alcance objetivo, estos es real, completo, de una conciencia de grupo y de época (Santamarina y Marinas, 1995).

Habiendo justificado el diseño y mostrado las técnicas, la definición de los sujetos del estudio resulta base de la materialización operativa del diseño. Según Dávila (1995), “el diseño técnico...sería en la investigación cualitativa el momento en cual se lleva a cabo el perfil y la composición de los grupos que intervienen (así como el número de ellos). Los criterios de su selección son criterios de comprensión, de pertinencia – y no de representatividad estadística - : se refiere a los conjuntos, a su estructura, y a su génesis; es decir, por ellos se pretende incluir a todos los componentes que reproduzcan mediante su discurso relaciones relevantes...en la investigación la selección de los participantes actuantes es un problema de enfoque: cuanto más enfocada esté la selección más definida será la información que obtengamos...Se trata de una muestra estructural, no estadística” (pp. 78). Con el diseño hay que localizar y saturar el espacio simbólico, el espacio discursivo sobre el tema a investigar y por ello en el momento del diseño técnico se intenta saturar la estructura o los lugares de enunciación de discursos. En un diseño como este no es relevante la cantidad sino la composición adecuada de los grupos, dado que un mayor número de grupos no conlleva necesariamente a más información sino que implica mayor redundancia.

Considerando los objetivos del proyecto y sus especificaciones, los criterios de representatividad básicos distinguen tres tipos sujetos: personas con ingreso inferior a la línea de pobreza, de entre 20 y 32 años de edad(7),; personas con ingreso superior a la línea de pobreza, en una magnitud no mayor al 50% del valor del ingreso exactamente bajo la línea de pobreza, de entre 20 y 32 años de edad; personas con ingreso inferior a la línea de pobreza, de entre 20 y 32 años de edad, que participan de un programa de superación de la pobreza en ejecución. A estos criterios se agrega la condición de haber vivido durante los últimos 10 años en el sector territorial de referencia para el estudio, poseer características que limiten la capacidad para superar la pobreza sin el apoyo de algún programa, dentro de las que se contaría: escolaridad no superior a enseñanza media, existencia de al menos un hijo, con experiencia de trabajo infantil o juvenil.

Estos tres tipos de individuos constituyen los referentes para la operación de los grupos focales. No obstante, considerando las diferencias de género que presentan las diferentes manifestaciones de la pobreza(8), se ha dispuesto realizar tres grupos, con las características señaladas, sólo de mujeres y tres grupos sólo de hombres.

De cada grupo se considerara un sujeto para la aplicación de la historia de vida. En este caso, no obstante, se seguirá la recomendación de Santamarina y Marinas (1995) en cuanto a que se debe “...ordenar la secuencia de la entrevistas en función de las narraciones que se producen. Se entiende que cada uno aporta datos de la relación social que pretendemos conocer y que la serie inicial nos ayuda a marcar la pertinencia de los entrevistados posibles.” (pp. 282)

El análisis de la información generada se insertan dentro del marco de las técnicas utilizadas orientándose a distinguir componentes semáticos, mecanismos de generación y relaciones entre ellos, relativos a los aspectos definitorios de la identidad colectiva: estructuras cognitivas relativas a fines, medios y ámbito de acción; relaciones entre los actores, los que se comunican, negocian y toman decisiones; e inversión emocional y reconocimiento de los demás individuos.
(1) Lic. en Psicología, Mg(c) en Desarrollo Regional y Local, Jefe de Proyectos AXXIONA Desarrollo Humano.
(2) Lic. en Psicología, Mg(c) en Desarrollo Regional y Local, Jefe de Operaciones AXXIONA Desarrollo Humano.
(3) Los grupos de discusión permiten reconocer un nivel estructural, que define componentes y relaciones de significado, en el contexto del grupo generado. En este sentido entrega una visión que si bien se señala superada resulta sensible a aspectos sincrónicos del fenómeno en estudio. La historia de vida, por el contrario, resulta en un instrumento que permite reconocer elementos de tipo diacrónico. Al utilizar ambas técnicas se pretende compensar aspectos de tipo sincrónico con otros de tipo diacrónico para hacer integral el análisis.
(4) Una revisión detallada se encuentra en Delgado, J. y J. Gutierrez en “Métodos y Técnicas de Investigación Cualitativa en Ciencias Sociales” Sobre aspectos epistemológicos resulta pertinente el artículo “Teoría de la Observación”, sobre aspectos técnicos el artículo “grupos de discusión”.
(5) La posición del prescriptor de los grupos, tanto en la realización (pero sin participar en ellos), cuanto en la posterior labor analítica, prefigura lo que ha denominado Ibáñez (1988) como ese tercer término que supere la antítesis entre los puntos de vista etic y emic.
(6) Una revisión detallada se encuentra en Delgado, J. y J. Gutiérrez en “Métodos y Técnicas de Investigación Cualitativa en Ciencias Sociales”. Sobre aspectos epistemológicos resulta pertinente el artículo “Teoría de la Observación”, sobre aspectos técnicos el artículo “Historias de Vida e historia oral”.
(7) Se ha considerado este rango de edad como expresión de la categoría adulto joven. Esta categoría no tiene ninguna connotación adicional que no sea la etarea.
(8) ANOTAR CUESTIONES FEMINIZACIÓN POBREZA.
BIBLIOGRAFÍA

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Nociones sobre Identidad

Identidad colectiva. Modelos y evolución
Francisco J. Cabellos M.(1)
Pamela A. Luna B.(2)

La noción de identidad colectiva (o social), según Neira (1998), citando a Goffman, representa la categoría de personas que somos y el complemento de atributos que se perciben como corrientes y naturales en los miembros de cada una de esas categorías. Por tanto la identidad social se ve construida por valores que subyacen a una forma de vida mediante su incorporación constitutiva en nuestra identidad y en el marco público de orientación y valoración, es decir, lo que diferencia del resto y cobra con ellos significancia.

Teniendo lo anterior como punto de partida, y siguiendo a Brunner, citado por Neira (1998), cabe señalar las maneras más comunes de hablar la identidad en América Latina. En primer lugar, se ha definido identidad como origen. La pregunta acerca de donde venimos es central y consagra prácticas discursivas que recortan la realidad que así se desea especificar, contra el fondo del drama histórico por medio del cual hombres y pueblos se apropian de la naturaleza y la dotan de un sentido peculiar, creando un mundo de vida, una cultura. Dicho recorte no es , por cierto, geográfico en primer lugar; pero en él la geografía juega un papel esencial como escena de la identidad. Tampoco se trata sólo de hablar de una identidad localizada sino, ante todo, de resaltar un lugar de origen, inicio del periplo identificatorio y de dotar al tiempo de un espacio poblado por figuras de identidad. Así, la identidad como origen cuenta la fábula, es decir, crea la realidad de una América que necesita ser nombrada, y es, por lo mismo, un hablar que encuentra en la literatura su mejor expresión, que permite, desde la literatura, hablar de nosotros mismos frente a la comunidad de los que nos leen.

En segundo lugar, la noción de identidad como evolución nos ofrece una idea de nosotros mismos desplegada en la cultura; como tal, ha sido especialidad preferentemente de filósofos, ensayistas e historiadores que nos ofrecen sus interpretaciones en el espejeante mundo de las interpretaciones precedentes, cada una de las cuales descifra las claves de nuestra posible identidad. Así, dentro del mundo cultural occidental se resaltan los aportes de los componentes indígena, español y negro y de los demás grupos y etnias que confluyen en la formación histórica de la cultura latinoamericana, en busca de la posibilidad o existencia de una cultura originalmente latinoamericana. Este discurso busca lo que está enmascarado y ha sido distorsionado por la historia; sobre todo por las dominaciones y exclusiones que ella impone a nivel de las estructuras de la sociedad. Justo en este punto, la interpretación de nuestra identidad nacida de la historia de las ideas y de la filosofía de la historia se conecta con la siguiente manera de hablar de nuestra identidad.

En un sentido distinto, hablar de identidad como crisis - más bien de su falta, su ausencia o confusión - es utilizada para mostrar una región en formación o más frecuentemente para fundar un discurso crítico frente a las alienaciones y subordinaciones impuestas por las relaciones de colonialismo, dependencia y penetración foránea. Esta interpretación de la identidad surge desde las ciencias sociales latinoamericanas, que interpretaron la identidad a partir del fracaso, la debilidad y la impotencia. Mientras la identidad como origen da lugar a una épica y la identidad pensada como evolución histórica refleja una búsqueda, la crisis de identidad diagnostica un callejón sin salida o una alternativa drástica entre decadencia o revolución, así la identidad como crisis fragmenta, superpone y hace chocar sus elementos constitutivos; donde se quiere ser como otros para ser sí mismos. Algunos planteamientos llegan a suponer la existencia de una identidad ausente, distorsionada y dominada por la cultura hegemónica, que reflejaría la erosión de las culturas populares. En definitiva, la identidad como lo que no fue ni es y tiene que llegar a ser, negando para tal efecto aquello que es, pero que existe bajo una forma distorsionada por la dependencia y la dominación.

En conexión con las anteriores se habla de la identidad como proyecto, como manera de llegar a hacer presente lo que está por hacerse, sólo que esta vez, en términos propositivos. Se trata de una meta a alcanzar mediante específicas operaciones de constitución de una realidad (nacional o regional) en términos de sus propias potencialidades. Aquí la identidad es frontera, horizonte y en última instancia, utopía que se expresa en las preguntas ¿hacia donde queremos y debemos ir?. Así cada una de las posiciones anteriores convergen en la identidad buscada y deseada para América.

No obstante la amplitud de aspectos involucrados en las distintas orientaciones con que se enfoca el concepto de identidad, ninguno de ellos permite hablar de la identidad con relación a los procesos de modernización latinoamericana, ya que estos discursos han predeterminado las maneras de hablar de la identidad en el ámbito de la intelectualidad latinoamericana, y no nos permiten entrever el continente en que nos hemos transformado. Nuestra modernidad, desgarrada por sus propias lógicas de construcción, poder y diseminación, permanece así sin nombres y sin haber empezado a hablar todavía de sí misma como identidad. Por tanto, como lo señala Neira (1998), citando a Brunner, al parecer estamos asistiendo al final de esos discursos, ya que ellos pueden ser pronto sustituidos por otras maneras de hablar proporcionadas por los medios de comunicación, en particular por la televisión, por los múltiples otros lenguajes que se generan con la vida urbana, con los movimiento de mercado cultural y con las nuevas formas de inserción de los países en la economía mundial.

La posibilidad de construir los nuevos referentes a partir de los cuales se habla y se construye la identidad pasa por reconocer las transformaciones que los procesos de modernización y globalización provocan en los proceso de construcción de la identidad. Dentro de este contexto, la identidad ya no es vista como identidad latinoamericana o nacional, sino como una identidad regional o local o bien como una identidad étnica, ecológica, generacional, de género, etc.. Tal como lo indica Neira (1998), las identidades colectivas dejan entonces de ser puras expresiones de la cultura o meras estratagemas de la política para ser abordad como, siguiendo a Barbero, el producto de complejos sistemas de interpolaciones y reconocimientos a través de los cuales los agentes se inscriben, consensual o conflictivamente, en el orden de las transformaciones sociales.

En la actualidad los procesos de construcción de identidad se dan en un escenario de condiciones que consideran el hecho que lo que se produce en todo el mundo está aquí y es difícil saber que es lo propio. La internacionalización fue una apertura de las fronteras geográficas de cada sociedad para incorporar bienes materiales y simbólicos de las demás. La globalización supone una interacción funcional de actividades económicas y culturales dispersas, bienes y servicios generados por un sistema con muchos centros, en el que importa más la velocidad para recorrer el mundo que las posiciones geográficas desde las cuales se sitúa. Esto implica que los objetos pierden su relación de fidelidad con los territorios originarios. La cultura es un proceso de ensamblado multinacional, una articulación flexible de partes, un montaje de rasgos que cualquier ciudadano de cualquier país, religión o ideología puede leer y usar (Garcia Canclini, 1995). Es así como las manifestaciones culturales ha sido sometidas a valores que dinamizan el mercado y la moda y el consumo incesantemente renovado.

En un escenario como el descrito, una aproximación a la identidad debe comenzar desde el hacer, desde la experiencia; pensar la experiencia es el modo de acceder a lo que irrumpe en la historia con las masas y la técnica. No se puede entender lo que pasa culturalmente en las masas sin atender a su experiencia, pues, a diferencia de lo que pasa en la cultura, cuya clave está en la obra, para aquella otra definición de identidad está en la percepción y los usos. En otros términos, en la realización de experiencias que posibiliten generar una identidad cultural desde los usos que articulan memoria y experiencia y desde la posición relacional en cuanto relación histórica de diferencia y de conflicto, se encontraría el nuevo espacio de reconocimiento de la identidad (Neira, 1998).

Los diferentes grupos se identifican hoy en día por pertenecer a un espacio transterritorial y multilingüístico. Se estructuran menos desde la lógica de los estados que de los mercados; en ves de basarse en las comunicaciones orales y escritas que cubrían espacios personalizados y se efectuaban a través de interacciones próximas, operan mediante la producción industrial de cultura, su comunicación tecnológica y el consumo diferido y segmentado de los bienes. La clásica definición socioespacial de identidad, referido a un territorio particular, necesita complementarse con una definición sociocomunicacional (García Canclini, 1995).

La identidad pasa a ser concebida como el punto focal de un repertorio estallado de mini - roles más que como el núcleo de una hipotética interioridad contenida y definida por la familia, el barrio, la ciudad, la nación o cualquiera de esos encuadres declinantes.

Esto significa que los procesos de re articulación de lo propio y lo global (hibridación, en términos de García Canclini, o re apropiación, en términos de Barbero), es decir, los procesos mediante los cuales en las comunidades se producen los procesos de globalización y fragmentación, no constituyen una cuestión determinante en cuanto a la posibilidad de negarnos a nosotros mismos, más bien lo que hacemos es conjugar lo que ya tenemos con lo nuevo, pero no como mera mezcla, sino como una forma de darle un nuevo sentido a los usos y las prácticas que surgen en la cotidianeidad.

Lo que sucede es que esas hibridaciones y re apropiaciones, es decir el re conocimiento de lo propio, nos permitiría retomar la heterogeneidad y la diversidad que existe dentro de nuestra sociedad. Si tomamos esta diversidad, en la cercanía que tenemos con ésta, podría reducirse los impactos de los procesos de globalización y fragmentación. Esta nueva orientación permite la afirmación de una identidad que se fortalece y recrea en la comunicación - encuentro o conflicto - con él o lo otro.

Una operacionalización de esta nueva comprensión de identidad colectiva (social) se expresa en los trabajo desarrollados por lo teóricos de los nuevos movimientos sociales, que introducen los cambios en el orden global en sus formulaciones y permiten reconocer una definición de identidad compatible con el enfoque presentado.

Reconsiderando aspectos planteados en la introducción cabe destacar lo indicado por Revilla (1994) en cuanto a que para reconocer una representación vinculada al entorno social, y por tanto una manifestación de tipo identitaria, es necesario referirse a un proceso de identificación en el cual se articula una perspectiva o proyección social que da sentido a las preferencia y expectativas tanto individuales como colectivas. Reconoce que sólo en la conformación de una auto referencia se coincide desde el nivel individual hasta el colectivo, como agregación de lo individual, específicamente en la expresión de esta auto referencia en libretos de acción que constituyen las formas de articulación de las personas con los otros y la sociedad. La explicación de una estructura de sentido compartido, explica Revilla (1995), se construye a partir de “...la existencia de un interés común y de las expectativas de desarrollo de ese interés [cuestión que hace] referencia a un proceso de identificación: los individuos construyen sus objetivos, hacen elecciones y toman decisiones de acuerdo con la percepción de su ambiente y las expectativas socialmente construidas” (pp. 191). Citando a Melucci (1989), indica que “sólo si los actores individuales pueden conocer su coherencia y continuidad como actores serán capaces de escribir su propio guión de la realidad social y comparar expectativas y resultados” (pp. 32).

Esta autora plantea que “La identidad colectiva a la que pertenezco ofrece un apellido a los individuos que forman parte de ella, contribuyendo a la constitución de la identidad individual. Al constituir una identidad colectiva disminuyo la incertidumbre valorativa sobre mi propio yo futuro, atribuyo a mi orden de preferencias actual una cierta continuidad y adquiero capacidad para predecir mis preferencias y expectativas futuras...[la] identidad colectiva es sinónimo de continuidad individual y de previsibilidad de preferencias: a través del apellido relevante con el que me presento (identidad colectiva), preveo cierta estabilidad para los valores con los que actúo” (pp. 192-193).

Específicamente, en la definición de Melucci (1989) se entiende la identidad colectiva como una definición compartida e interactiva, producida por individuos en interacción, concerniente a las orientaciones de su acción, así como el campo de oportunidades y restricciones en el que tiene lugar su acción. En términos específicos, la identidad colectiva como proceso enlaza tres dimensiones: formulación de las estructuras cognitivas relativas a fines, medios y ámbito de acción; activación de relaciones entre los actores, los que interactúan, se comunican, negocian y toman decisiones; e inversión emocional que permite a los individuos reconocerse.
BIBLIOGRAFÍA
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Nociones sobre Pobreza

Pobreza. Modelos de comprensión y reconocimiento.
Francisco J. Cabellos M. (1)
Pamela A. Luna B. (2)
“En las sociedades antiguas, la pobreza se revelaba como una situación de penuria extrema, exigente de ayuda para ser compatible con la mera supervivencia. En las sociedades modernas, en cambio, la pobreza es la sombra de la riqueza, y en la actualidad viene a ser algo así como lo negativo del desarrollo”. (Casado, 1971).

El análisis tanto teórico como empírico del fenómeno de la pobreza se ha derivado a partir de las diferentes nociones que de él se posee. La más básica es la que lo homologa a un estado y estrato carenciado. Ella considera como imagen inmediata y elemental de la pobreza una situación de penuria o de carencia de bienes por debajo de un determinado nivel. Esta orientación, como indica Casado (1971), “viene marcada por las opciones que se que se adoptan en la traducción de la definición de pobreza a términos operativos” (pp.58). Considera de forma casi exclusiva la referencia al ingreso necesario para cubrir un conjunto de necesidades de tipo biofisiológicos como criterio operativo de acceso a la pobreza.

Al respecto, Venegas y Cortés (1996) indican la existencia de dos perspectivas generales para definir criterios operativos que hagan posible distinguir cuando un hogar tiene un nivel de carencias tal que constituye una situación de pobreza. La primera y más conocida consiste en la definición de umbrales absolutos respecto de niveles de ingreso u otros satisfactores. Desde esta perspectiva, se compara la situación de cada hogar con los niveles considerados como mínimos para la satisfacción de las necesidades básicas. Este es el método del ingreso, que, como es evidente, presenta serias limitaciones, especialmente por el hecho ya explicitado por Casado (1971) en cuanto a que las necesidades básicas de los individuos no son plenamente objetivas e uniformes. Frente a estas limitaciones, la segunda perspectiva, que se basa en la noción de equidad distributiva, aborda el tema de la pobreza a partir de los niveles de satisfacción de necesidades en una sociedad dada. Desde este punto de vista – en el que los hogares o personas son o no pobres, dependiendo de cómo se sitúan respecto del conjunto – los patrones de distribución del ingreso cobra especial relevancia, puesto que uno de los factores que determina cuantos hogares están por debajo de la línea de pobreza relativa, es – precisamente – la mayor o menor participación de los hogares de menos recursos dentro del total de ingresos disponibles.

No obstante que el modelo de la línea de pobreza relativa incorpora la noción de equidad y relativiza el concepto de pobreza en base a artilugios de tipo econométrico, Venegas y Cortés (1996) llaman la atención sobre el hecho que toda definición de pobreza diversa, “...incluso los parámetros absolutos están asociados a los niveles de desarrollo alcanzados por la sociedad y, a la que, en un marco histórico determinado, se considera como el mínimo humanamente digno...[de esto es ejemplo] el incremento sistemático y sostenido en el promedio de la escolaridad durante las últimas décadas, la duplicación de la población económicamente activa entre 1970 y 1990...de tal manera que son las condiciones propias del contexto las que determinan lo relativo de los niveles necesarios” (pp. 2). En una sociedad como la actual, en que la mayoría de la población está permanentemente expuesta a una oferta amplia y variada de vienes y servicios, con independencia de cual sea su capacidad de acceder a ellos, esta dimensión histórica de la definición de pobreza es más relevante que nunca antes, y no resulta asequibles desde los métodos de línea, absoluta o relativa, de pobreza por lo que encuentran limitaciones importantes para explicar e intervenir el fenómeno de la pobreza.

Una perspectiva alternativa esta constituida por la que asimila pobreza a un estado de necesidad. Para ésta, de acuerdo a Casado (1971), aun cuando se logre una “...imagen económica de la pobreza muy matizada, de modo que se llegue a conocer con toda exactitud los bienes y servicios de que disponen y carecen los pobres, no se obtendrá de ello directamente la determinación de las necesidades humanas insatisfechas, que son obviamente un dato básico para el conocimiento de la naturaleza de la pobreza” (pp. 63). Las teorías dentro de esta perspectiva se encargan de explicar las características y condiciones esenciales de la humanidad del hombre y su expresión en necesidades y capacidades derivadas y producidas; la pobreza representa la insatisfacción de tales condiciones y por tanto el no logro del desarrollo y bienestar (Alarcón, Perez Luco y Zambrano, 1995). Para alcanzar dicho dato es imprescindible incorporar puntos de vista psicológicos. Tal como indica Casado (1971), “...si se trata de evaluar las carencias – necesidades no satisfechas - de los pobres, lo procedente es tomar como referencia las necesidades humanas(3). Esto que parece tan elemental se descuida reiteradamente en el planteamiento de los estudios sobre pobreza, problemas sociales, etc.” (pp. 64). Se olvida que la pobreza se manifiesta también como imposibilidad de satisfacer necesidades básicas, menos complejas, que determina la imposibilidad de acceden a niveles de realización de necesidades vinculadas más a las propiamente humanas que sólo a las de supervivencia básica.

La perspectiva sociológica de comprensión de la pobreza como fenómeno de marginación o exclusión social, por otra parte, reconoce la idea general de que los pobres no solo están en el en el fondo de la estratificación social, sino que también fuera de la sociedad. De acuerdo a Casado (1971), este fenómeno puede enfocarse desde dos puntos de vistas complementarios. La primera orientación parte del supuesto que la sociedad está configurada correctamente, siendo asequible a todas las personas que se comportan “normalmente”, quedando fuera de ésta, aquellos que “...por su incapacidad congénita o adquirida, por su retraimiento de las metas culturales vigentes y de los medios institucionalizados para lograrlas...se [manifiestan como] casos de inadaptación, desviación, rebeldía” (pp.68). Sin embargo, esta caracterización presenta limitaciones para caracterizar a la pobreza puesto que “...los colectivos de inadaptados, desviados, etc. no se corresponden plena o mayoritariamente con el de los pobres.....; por otra parte auque sean objetivamente pobres, no siempre son considerados pobres por la sociedad” (pp. 69). La segunda orientación, aludiendo al enfoque teórico de marginación social, verifica pobreza en todos los casos en que las personas “...permanecen al margen de la sociedad en razón de que ésta les ha rechazado positivamente, o no les ha facilitado el acceso a sus metas culturales y/o medios adecuados para alcanzarlas” (pp. 69). Aun así, este enfoque presenta dificultades de aplicación en algunos tipos de pobreza, como por ejemplo, los campesinos autónomos de escasa propiedad, que viven en comunidades. Es preciso entonces adoptar un concepto de marginalidad de geometría variable, que permita una amplia aplicación analítica.

Dentro de esta perspectiva, Gino Germani, por otra parte, usa el concepto de marginalidad para describir y explicar la pobreza latinoamericana en las décadas del `60 y`70, como la persistencia en la sociedad de configuraciones culturales y sociopolíticas tradicionales en oposición a procesos de modernización social paralelos, en la intimidad de los cuales los marginales no logran penetrar. Y la explica por el carácter a sincrónico del desarrollo que determina desfases en la velocidad y dirección del cambio social favoreciendo el crecimiento de un polo y el retraso de otro(Alarcón, Pérez Luco y Zambrano, 1995).

En la actualidad el análisis de la exclusión social estudia la funcionalidad del orden social planteando la pobreza como entorno del sistema económico y subsistema del sistema social. Se entiende la pobreza como sistema que se transforma continuamente (no es homogénea ni sincrónica ni diacrónicamente, y se constituye como sistema autopoietico), pero persiste pues es funcional a la mantención de los equilibrios que permiten la operación de la sociedad bajo las actuales condiciones.

Otra perspectiva de comprensión del fenómeno de la pobreza es la aportada por los enfoque culturales. Harrington, citado por Casado (1971), en sus definiciones ha localizado el círculo vicioso de la pobreza, diciendo que “.... la explicación real porque los pobres están donde están, es la de que cometieron el error de nacer de padres en mala situación, en una mala zona del país, de trabajar en mala industria o de pertenecer a un grupo étnico o social también mal situado. Una vez conocido el error, podrán ser modelos de voluntad y moralidad..... hay gente en la sociedad opulenta que es pobre porque es pobre y que sigue siendo pobre porque es pobre” (p.70) Aquí el énfasis está en la capacidad de movilidad social, como sistema de legitimación de la jerarquización social.

Oscar Lewis, por otro lado, en su teoría de la “cultura de la pobreza”, enfatiza la distinción entre pobreza y cultura de la pobreza, planteando según Casado (1971) que “...hay muchos pobres en el mundo. En verdad, la pobreza de las dos terceras partes de la población mundial que vive en los países subdesarrollados ha sido justamente llamada el problema de los problemas. Pero es muy cierto que no viven todos en una cultura de pobreza. Es claro que deben darse ciertas condiciones para que este modo de vida venga a nacer y a desarrollarse” (p.71). Éstas condiciones son una estructura económica capitalista con problemas constantes de paro, subempleo y bajos salarios. Alta valoración de la prosperidad material, afirmación de la posibilidad de ascenso social, etc. “...Cuando estas circunstancias se dan, los pobres afectados por ellas desarrollan un cuadro de respuestas reactivas y adaptativas a su posición marginal, a su penuria y a las frustraciones que se derivan de la asociación de una y otra, y que se centra...en la percepción de la imposibilidad de tener éxito dentro del marco de metas y valores que impone la sociedad central....la cultura de la pobreza no es cuestión de privación o de desorganización, una expresión que designe la ausencia de alguna cosa. Es una cultura en el sentido antropológico tradicional: provee a los seres humanos de un proyecto para vivir, de soluciones para los problemas humanos, y juega así una función significativa de adaptación. Este estilo de vida trasciende las fronteras nacionales y las diferencias regionales, urbanas y rurales en el interior de las naciones. Cualquiera que sea el lugar donde aparece, sus titulares manifiestan una similitud notable en la estructura de sus familias, en las relaciones interpersonales, en los hábitos de gasto, en sus sistemas de valores y en su percepción del tiempo”(p.72). Lewis, referido por Alvarado (1994), plantea que la cultura de la pobreza, es una cultura en sí misma, porque es un modo de ver la vida y enfrentarse al mundo, es decir, es aquello que permite a los hombres satisfacer las necesidades que su medio natural y social les plantea. La cultura de la pobreza revela la existencia de estilos de vida propios de los pobres que se constituyen como una reacción de adaptación a la marginación derivada del proceso de desarrollo, transformándose en conocimiento social transmisible intergeneracionalmente. Esto hace que la pobreza contenga, a nivel simbólico, mecanismos de autoproducción perfectamente articulados al desarrollo, pero de modo marginal, y que su reproducción no necesariamente dependa de la precariedad material. Para que este fenómeno se produzca debe desarrollarse la frustración resultante de la contradicción metas-medios.

En cuanto a las formas de acceder a una modificación de esta situación se sostiene que el hallazgo de una salida objetiva o psicológica de la frustración generaría la destrucción de la cultura de la pobreza.

Finalmente la comprensión Psicosocial de la pobreza, según Alarcón, Pérez Luco y Zambrano (1995) define esta condición como la falta de acceso de algunos grupos sociales a los recursos tanto materiales como psicológicos que trae fuetes problemas sociales. “Este acceso limitado ocurre como consecuencia de una serie de Instituciones sociales que de manera selectiva controlan las oportunidades de adquirir poder o mayor ingreso económico dentro de la sociedad (Escobar 1979, citado en Alarcón 1995). Así, es la estructura de la sociedades quien determina el grado de control del individuo sobre su medio ambiente, facilitando o limitando la satisfacción de sus necesidades. La subordinación en al estructura social se traduce en la carencia de control, lo cual generaría en el organismo externalidades negativas, desesperanza aprendida, alineación normativa y ausencia de control predictivo. A su vez estos rasgos psicológicos de los individuos producto de las variables estructurales, refuerzan su posición subordinada en la estructura social. La disponibilidad en la distribución de los bienes de una sociedad afecta las oportunidades de desarrollo y acción para los grupos pobres. La visión Psicosocial de la pobreza, hace referencia a manifestaciones psicológicas características de los pobres, como reacción de adaptación a su experiencia de la pobreza, surgimiento de determinados caracteres adaptados al medio de la pobreza que tienden a estabilizar tales condiciones de vida; existencia de mecanismos de defensa compensatorios generalizados que favorecen la evasión, la resignación y la inmediatización en la experiencia, cuestiones que dificultan el cambio y la existencia de continuas experiencias traumáticas en el desarrollo infantil que además se expresan en un “trauma acumulado” de trascendencia histórica (Alarcón, Pérez Luco Y Zambrano, 1995).
(1) Lic. en Psicología, Mg(c) Desarrollo Regional y Local, Jefe de Proyectos AXXIONA Desarrollo Humano.
(2) Lic. en Psicología, Mg(c) Desarrollo Regional y Local, Jefe de Operaciones AXXIONA Desarrollo Humano.
(3) La psicología moderna aportó el modelo de necesidades de Maslow, que considera necesidades humanas en el plano de la fisiología, la seguridad, la posesividad y el amor, la pertenencia y la estima y la autorrealización. En la actualidad el modelo de Desarrollo Humano, del PNUD, ha definido una aproximación más sofisticada respecto de las necesidades humanas, incorporando seguridad, participación, medio ambiente, entre otras.
BIBLIOGRAFÍA


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jueves, 7 de diciembre de 2006

Saludos

Hemos creado este blog como una instancia de difusión y retroalimentación de un conjunto de conceptualizaciones que venimos realizando acerca de lo que ha sido la implementación de Políticas de "Superación de La Pobreza" en la Novena Region, específicamente en el sector de mayor crecimiento demográfico de la ciudad de Temuco como los es Pedro de Valdivia. Este es un territorio en el que se ha readicado una gran cantidad de población "pobre" en el contexto de los programs Puente y Chile Barrio.

Los contenidos presentados en este sitio son el resultado del trabajo conceptual desarrollado desde 2004 e incusiones en terreno a través de Entrevistas con Enfque Biográfico y Grupos de Discusión. Este trabajo ha sido desarrollado en el contexto del programa de post gardo que cursan dos miembros de AXXIONA Desarrollo Humano: Francisco Cabellos y Pamela Luna. Cuenta con la asesoría y supervisión del destacado Doctor en Sociología, Ex Decano de Investigación y Desarrollo de la Universidad de Santiago y actual Director del Instituto de Estudios Avanzados (IDEA) de la misma casa de estudios.

Esperando que nuestras inquietudes hagan sentido en uds. y habiliten una instancia de dialogo para problematizar/complejizar la discusión y la acción en contextos de "pobreza", nos despedimos para contactarnos prontamente.

Pobreza e Identidad

POBREZA E IDENTIDAD: Antecedentes para dilucidar su relación.

Francisco J. Cabellos M.(1)
Pamela A. Luna B. (2)

La condición de desarrollo con la que se caracteriza el estado de progreso de las naciones, y ahora regiones y espacios locales, ha estado fuertemente asociado a la magnitud y cualidad del estado de pobreza de las comunidades que componen dichas distinciones territoriales. Tal como señala Casado (1971), si bien “...en las sociedades antiguas, la pobreza se revelaba como una situación de penuria extrema, exigente de ayuda para ser compatible con la mera supervivencia; en las sociedades modernas, en cambio, la pobreza es la sombra de la riqueza, y en la actualidad viene a ser algo así como el negativo del desarrollo” (pp. 7). En este sentido, uno de los grandes desafíos de incrementar los niveles de desarrollo es superar toda condición de pobreza, incluso hasta eliminarla, esto especialmente en el contexto latinoamericano(3).

Si bien la definición del concepto Pobreza posee una historia tan extensa(4) como la del concepto Desarrollo, cuando se ha asociado a este último ha tenido la connotación de restricciones en el acceso de sectores de la población a aspectos materiales implicados en la mantención de niveles de vida establecidos econométricamente como mínimos para una óptima integración de las personas al sistema social, cultural y productivo(5). Un efecto de la tradición señalada aparece representado, en el caso nacional, por la estructura de los instrumentos utilizados para medir pobreza(6), los que evalúan el acceso de familias e individuos a condiciones materiales definiendo estándares que distinguen la pobreza como aquel estado de acceso a bienes materiales bajo una línea definida(7).

Si bien esta concepción de pobreza ha cohabitado con otras de tipo cultural, sociológica o psicosocial, se ha tornado dominante en la comprensión, análisis e intervención de la pobreza como fenómeno objeto de política social. Esto ha significado la implementación de estrategias macro orientadas por políticas redistributivas basadas en la fijación de precios y subsidios generales (Raczynski, 1995). Sin embargo, en el caso nacional, a pesar de haberse hecho un lugar común “... anunciar el definitivo ingreso de Chile al selecto grupo de naciones de desarrollo tardío...una nota disonante empieza a empañar tan generalizado optimismo: las estadísticas de reducción de la pobreza distan de ser satisfactorias...” (Pardo, 1997, pp), a pesar de las estrategias implementadas en base al modelo indicado. Más aún, si se considera lo descrito por Maira (1995) y se reconoce el hecho que “el año 1960 América Latina tenía 114 millones de pobres, el año 1980 tenía 130 millones de pobres, el año 1990 tenía 190 millones de pobres” (pp.21), parece haber muestras sustantivas de la limitación que las estrategias orientadas a integrar crecimiento económico y política social experimentan para superar la pobreza(8), ya que no han podido reconocer la presencia de otro tipo de factores que han demostrado hacer efectiva una política de superación de la pobreza.

Estos nuevos aspectos, si bien siempre fueron avistados por los modelos(9) que cohabitaron bajo el predominio del de Línea de Pobreza y los Métodos del Ingreso, emergen como indispensables para la comprensión del fenómeno de la pobreza en el contexto de las severas transformaciones del orden político y económico producido durante la segunda mitad del siglo veinte. A este respecto Maira ( ) señala: “...tenemos un continente que [si bien] nunca fue el centro del mundo, que pertenecía más bien a la periferia de la humanidad, hoy está bombardeado simultáneamente por el impacto de dos fenómenos: una reorganización internacional que modifica de modo dramático e imprevisible el orden mundial, cuyo hito simbólico fue el fin de los antiguos socialismos reales de Europa del Este, la caída del muro de Berlín y el paso a un mundo no ideológico bien llamado de post guerra fría. Y también repercusiones que en nuestros países y en nuestras vidas tiene el cambio de las condiciones de producción, la cadena de modificaciones científico tecnológicas que hacen que la forma de producir sea distinta, que haya nuevos sectores líderes en la economía como la microelectrónica, las biotecnologías y la industria de nuevos materiales, que pasan a conducir el proceso productivo, la expansión gigantesca de los servicios, la reducción del tamaño de las unidades productivas, el aumento del valor de la información y una globalización económica que hace del mundo un solo mundo” (pp. 12).

Este nuevo orden global ha traído al ámbito de lo social y cultural, en forma paradojal, una simultánea fragmentación de las identidades colectivas y los vínculos de pertenencia, implicando con ello, tal como argumenta Garcia Canclini (1995), una traslación del eje de integración social desde el dominio político al dominio del mercado. “Nos hemos alejado de la época en que las identidades se definían por esencias ahistóricas: ahora se configuran más bien en el consumo, dependen de lo que uno posee o es capaz de llegar a apropiarse” (pp. 14). Si esto se comprende en el escenario antes descrito por Maira, considerando especialmente la facilitación de las comunicaciones que ha generado el avance de las tecnologías de comunicación e información, los objetos sociales perderían la relación de fidelidad con los territorios originarios. La cultura se transforma en un proceso de ensamblado multinacional, una articulación flexible de partes, un montaje de rasgos que cualquier ciudadano de cualquier país, religión o ideología puede leer y usar (Garcia Canclini, 1995).

A esta serie de cambios no resulta ajeno el fenómeno de la pobreza tanto en lo que se refiere a la perspectiva de su análisis e intervención, como en lo que se refiere a su dinámica social, económica y cultural. En cuanto a esto, Raczynski (1995) plantea el hecho de que “las características de los pobres son distintas de las de hace veinte años. La pobreza es cada ves más urbana. La calidad de vida de los pobres ha mejorado si se toma en cuenta los indicadores de las expectativas demográficas de vida, de alfabetismo y nivel de escolaridad, de acceso a servicios de salud, agua, alcantarillado y electricidad. En muchos países la pobreza se ha tornado más heterogénea. Los pobres tienen inserciones variadas en la fuerza laboral y en los países con tradición de política social se han visto parcial y desigualmente beneficiados por la acción del estado. Algunos han logrado acceso a los beneficios de la previsión social, otros a los beneficios de la vivienda, de educación o salud. Algunos han experimentado movilidad social, y otros internalizaron expectativas de movilidad social para sus hijos...[Además] se observa un marcado incremento del sector informal urbano, y a los pobres se suman los estratos medios y medios bajos empobrecidos, llamados nuevos pobres. Al mismo tiempo, se observan modificaciones en el tamaño y la composición de las familias pobres y no pobres...También han ocurrido cambios en el contexto comunitario en el cual viven los pobres. Se observa una multiplicidad de organizaciones sociales de carácter territorial y de agentes o instituciones que los respaldan...Por otra parte, en las grandes ciudades los pobres viven en una situación de creciente segregación social” (pp. 13-14). Estas transformaciones relativas tanto al contexto del fenómeno de la pobreza como al fenómeno mismo permiten comprender el agotamiento que los modelos de comprensión econométrica de la pobreza, basados en el método del ingreso, y las estrategias de integración de crecimiento económico y política social, han manifestado.

La limitación de los modelos dominantes ha tendido a superarse en la medida que se han considerado nuevas formas de entender la pobreza como elemento que, si bien resulta relativo a condiciones materiales de vida, encuentra fuerte comprensión en el posicionamiento de esas condiciones dentro del contexto de un sistema complejo de relaciones con otros aspectos como acceso a “calidad” en los servicios y participación ciudadana. Esto es lo que reconoce, en el caso chileno, la Fundación Nacional para la Superación de la Pobreza, entidad que en el abordaje del fenómeno de la pobreza complementa la revisión de las dimensiones económicas con las de tipo social y psicológico(10), y que implícitamente, tiempo antes, reconocía la política de focalización de la pobreza y los programas del Fondo Nacional de Inversión Social(11), aun cuando hubiera sido desde una perspectiva parcial dado su fuerte orientación vertical(12).

Referentes significativos de este tipo de iniciativas son las proposiciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) expresadas en el modelo de Transformación Productiva con Equidad (TPE), y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), expresadas en el modelo de Desarrollo Humano y su índice, ambos referentes que consideran las transformaciones de fin de siglo a las que los modelos tradicionales no son sensible. Para la CEPAL, y el modelo TPE, el reconocimiento de la educación como componente esencial y “la incorporación y difusión deliberada y sistemática del progreso técnico constituye un pivote de la transformación productiva y de su compatibilización con la democratización política y una creciente equidad social” (CEPAL, 1992, pp. 15). En este sentido, la formación de recursos humanos permitiría la consolidación de una estructura de crecimiento económico sustentable y la posibilidad de permitir a la población acceder al conocimiento y uso de las nuevas herramientas de integración y, por lo tanto, contribuir de manera sustantiva a la superación de la pobreza. La estrategia tiene por objetivo contribuir a crear, en el decenio próximo, ciertas condiciones educacionales, de capacitación y de incorporación del progreso científico tecnológico que hagan posible la transformación de las estructuras productivas de la región en un marco de progresiva equidad social (CEPAL, 1992). Este énfasis en la formulación de estrategias de desarrollo trasunta una comprensión sistémica de la pobreza y asigna al conocimiento, nuevo elemento de intercambio en la sociedad global, una posición prevalente al momento de entender la pobreza, en este caso como limitación para acceder a las herramientas que permitan utilizar y generar información y conocimiento.

Por otra parte, el IDH(13) del PNUD también aporta directrices en el sentido de comprender el desarrollo, y por tanto el mejoramiento de las condiciones de vida de las personas y la superación de la pobreza, como una cuestión compleja que no sólo involucra aspectos de tipo económico o de subsistencia básica. Se sostiene que “la verdadera riqueza de una nación esta en su gente. El objetivo básico del desarrollo es crear un ambiente propicio para que los seres humanos disfruten de una vida prolongada, saludable y creativa...El desarrollo es el proceso de ampliar las opciones de las personas” (PNUD, 1995, pp. 133). A este propósito el ingreso es sólo un medio y no un fín. Lo relevante es el hecho de que el bienestar de una sociedad depende del uso que se le de al ingreso, no del nivel de ingreso mismo. Este modelo, tal como indica Parker (1997), se contrapone tanto a las mediciones del crecimiento, como al enfoque de bienestar en términos de consumo de bienes ya que se vincula a las potencialidades del ser humano, más que a la simple satisfacción de necesidades. En efecto, todo proceso de desarrollo supone el reconocimiento de las potencialidades iniciales , el despliegue de energías y el incremento de la vida (Parker, 1997). Para el PNUD el desarrollo debe conjugar los componentes Productividad, Equidad, Sustentabilidad y Potenciación y la medición de éste debe hacerse considerando, dentro de otros aspectos, calidad de vida y nivel de conocimientos.

Esta nueva orientación en la comprensión de la pobreza, multidimensional, si bien ha sido introducida en los modelos nacionales de análisis e intervención del fenómeno de la pobreza, como se señaló en una nota anterior, lo han hecho de manera parcial dado su proposición “desde arriba”. Si se considera el escenario descrito por Garcia Canclini (1995), debe concordarse en el hecho que si se examina “...lo que la globalización, el mercado y el consumo tienen de cultura, nada de esto existe, o se transforma, sino porque los hombres nos relacionamos y construimos significados en sociedad. Aunque parezca trivial evocar este principio, demasiado a menudo, por los problemas del consumo y el mercado, se plantean sólo como asuntos de eficiencia comercial, y la globalización como la manera de llegar más rápido a más gente” (pp.19). Este proceso de construcción de significado ocurre en los sectores pobres, por lo tanto también debe darse “...valoración teórica a estos circuitos populares como foros donde se desarrollan redes de intercambio de información y aprendizaje de la ciudadanía en relación con el consumo de los medios masivos contemporáneos, más allá de la ideologización fácil del populismo político y comunicacional” (pp. 22). En este sentido, una comprensión real de la multideterminación de la pobreza implica una visualización “desde abajo”, es decir desde los actores, atendiendo especialmente a los procesos mediante los cuales los sujetos y grupos adscritos a esta condición significan y resignifican, en procesos de interacción permanente, todos los factores incluidos en la generación de una situación de subdesarrollo o pobreza planteados por el modelo de la CEPAL, el PNUD y los de la Fundación Nacional para la Superación de la Pobreza y el FOSIS.

Sin una comprensión de cómo los distintos aspecto de ingreso, acceso a servicios, participación, conocimiento, calidad de vida, etc. son integrados en la construcción de significados por parte de los mismos actores, tanto el análisis del fenómeno de la pobreza como sus perspectivas de intervención seguirán mostrando las limitaciones indicadas. Se sostiene, entonces, que una efectiva materialización de los principios subyacentes a modelos de comprensión compleja de la pobreza como los señalados, y de sus logros, depende de una interfase que permita introducirse en la pobreza desde los actores. Esta interfase estaría constituía por el constructo Identidad colectiva presentado por Mellucci (1994) y Revilla (1994).

Si se considera el contexto propuesto por García Canclini (1995), la aparición súbita de los medios electrónicos y expansión acelerada de las tecnologías audiovisuales de comunicación “...pone en evidencia una reestructuración general de las articulaciones entre lo público y lo privado que se aprecia también en el reordenamiento de la vida urbana, la declinación de las naciones como entidades contenedoras de lo social y la reorganización de los actores políticos tradicionales”(pp.24). Esta situación obliga a una reconsideración de los conceptos de Identidad tradicionales, tarea que asume de forma satisfactoria tanto Melucci como Revilla al considerar este constructo como un proceso constructivo más que como una estructura estable, derivada de factores estructurales o, en el otro polo, de cualidades propias de grupos de individuos, locus tradicionales de definición de la Identidad. El concepto de Identidad al que se refiere en este trabajo se reconoce como un factor de tipo intermedio en tanto resulta de la relación dialéctica entre determinantes estructurales y las posibilidades individuales, integrando con ello aspectos tanto económicos, como sociales, culturales y psicológicos.

Esta idea de Identidad se compadece con la reelaboración de lo propio generada por el predominio de los bienes y mensajes procedentes de una economía y una cultura globalizadas sobre los generados en la ciudad y la nación a las que se pertenece. Asimismo, esta abierta a reconocer la redefinición del sentido de pertenencia organizado cada vez menos por lealtades locales o nacionales y más por la participación en comunidades transnacionales o desterritorializadas de consumidores, como plantearía García Canclini (1995). Para este autor el proceso de globalización “...puede resumirse como el pasaje de las identidades modernas a otras que podríamos nombrar, aunque el término sea cada ves más incomodo, como posmodernas. Las identidades modernas eran territoriales y casi siempre monolingüísticas...en cambio, las identidades posmodernas son transterritoriales y multilingüísticas. Se estructuran menos desde la lógica de los estados que de los mercados; en vez de basarse en las comunicaciones orales y escritas que cubrían espacios personalizados y se efectuaban a través de interacciones próximas, operan mediante la producción industrial de cultura, su comunicación tecnológica y el consumo diferido y segmentado de los bienes. La clásica definición socioespacial de identidad, referida a un territorio particular, necesita complementarse con una definición sociocomunicacional”(pp.30-31). Tal reformulación debe significar que el análisis de las identidades, además de ocuparse del patrimonio histórico, debe considerar los escenarios informacionales y comunicacionales donde se configuran y renuevan continuamente las identidades, condición a la que es sensible el modelo de identidad colectiva propuesto.

Revilla (1994) plantea que para reconocer una representación vinculada al entorno social es necesario referirse a un proceso de identificación en el cual se articula una perspectiva o proyección social que da sentido a las preferencia y expectativas tanto individuales como colectivas. En la conformación de una auto referencia se coincide desde el nivel individual hasta el colectivo, como agregación de lo individual, específicamente en la expresión de esta auto referencia en libretos de acción que constituyen las formas de articulación de las personas con los otros y la sociedad.

La explicación de una estructura de sentido compartido, explica Revilla (1995), se construye a partir de “...la existencia de un interés común y de las expectativas de desarrollo de ese interés [cuestión que hace] referencia a un proceso de identificación: los individuos construyen sus objetivos, hacen elecciones y toman decisiones de acuerdo con la percepción de su ambiente y las expectativas socialmente construidas” (pp. 191). Citando a Melucci (1989), indica que “sólo si los actores individuales pueden conocer su coherencia y continuidad como actores serán capaces de escribir su propio guión de la realidad social y comparar expectativas y resultados” (pp. 32). Más aún, tal como lo señala el aporte de Pizzorno, citado por Revilla (1995), el asegurar un círculo de reconocimiento con el que inscribir las preferencias y la acción propia y el pertenecer a una identidad colectiva refuerza la propia identidad personal. “La identidad colectiva a la que pertenezco ofrece un apellido a los individuos que forman parte de ella, contribuye a la constitución de la identidad individual. Al constituir una identidad colectiva disminuyo la incertidumbre valorativa sobre mi propio yo futuro, atribuyo a mi orden de preferencias actual una cierta continuidad y adquiero capacidad para predecir mis preferencias y expectativas futuras...[la] identidad colectiva es sinónimo de continuidad individual y de previsibilidad de preferencias: a través del apellido relevante con el que me presento (identidad colectiva), preveo cierta estabilidad para los valores con los que actúo” (pp. 192-193).

La identidad colectiva y los procesos de identificación se refieren a una dinámica de proyección, individual y colectiva, del presente hacia el futuro. Específicamente, en la definición de Melucci (1989) se entiende la identidad colectiva como una definición compartida e interactiva, y producida por individuos en interacción, concerniente a las orientaciones de su acción, así como el campo de oportunidades y restricciones en el que tiene lugar su acción. Esta definición de identidad resulta compatibles con el escenario señalado antes por Maira y Garcia Canclini.

Esta noción reconoce, además, que en sociedades con alta densidad de información, la identidad que se produce individual y colectivamente se enfrenta a la incertidumbre provocada por el constante influjo de información y por la pertenencia de los individuos a una multiplicidad de sistemas y a distintos ámbitos espaciales y temporales de referencia. Lo que podría llamarse exceso de información provoca una dificultad en el proceso de construcción de las orientaciones y en la determinación de las oportunidades de la propia acción; en definitiva provoca una perdida del sentido de la acción.

En términos específicos, la identidad colectiva como proceso enlaza tres dimensiones: formulación de las estructuras cognitivas relativas a fines, medios y ámbito de acción; activación de relaciones entre los actores, los que interactúan, se comunican, negocian y toman decisiones; e inversión emocional que permite a los individuos reconocerse. Estas dimensiones son las que se estructuran de manera diversa y son a partir de las cuales el constructo identidad colectiva resulta sensible como interfase para verificar desde los actores las diferentes manifestaciones tanto económicas, como psicosociales y culturales, que puede adquirir la pobreza en el contexto transnacional.

Incorporar el concepto de identidad colectiva como elemento de nivel intermedio, procesual - construido desde los actores incorporando elementos psicosociológicos y culturales - al debate de la pobreza, como alternativa a la comprensiones derivadas de los métodos de ingreso, permite plantear el problema de si efectivamente las distinciones tradicionales de pobreza son reconocibles como criterios de definición de pobreza por los mismos actores o esta condición deriva más bien de formas particulares de construcción de una identidad que los hace diferentes de los demás grupos sociales distinguidos econométricamente como no pobres. ¿Existe continuidad entre la ubicación de las personas con respecto a la línea de la pobreza y la construcción de identidades coherentes con las diferencias introducidas por la línea o más bien la nominación de pobres que realizan los propios actores se asocia más a procesos particulares de construcción de identidad que a características específicas en el dominio de lo económico? es la pregunta que busca ser resuelta en el marco de una investigación cualitativa, de nivel descriptivo y tipo exploratorio, a desarrollar con tres grupos de adultos jóvenes(14) del sector poblacional de Santa Rosa, en la ciudad de Temuco. El objetivo es comparar los procesos de construcción de identidad de grupos económicamente ubicados bajo la línea de pobreza, con los de grupos ubicados sobre la línea de la pobreza y con los de grupos en transición, últimos que serán identificados de acuerdo a su participación en programas específicos de superación de la pobreza desarrollados por FOSIS(15) en el sector señalado.

Constatar como se comportan los procesos de construcción de la realidad desde los pobres con relación a las modificaciones que desde el estado se han promovido para aumentar las posibilidades de incrementar ingreso y acceso a servicios resulta relevante como mecanismo de evaluación de la política desarrollada para superar la pobreza, así como también para monitorear los cambios que en el contexto global experimenta el fenómeno de la pobreza e integrar estos en el diseño de la política futura. Esto se hace aun más indispensable si se considera que sectores de la sociedad nacional han mantenido los índices de pobreza(16) a pesar de los altos rendimientos macroeconómicos y estándares de crecimiento reconocidos internacionalmente.

(1) Lic. en Psicología, Mg(c) Desarrollo Regional y Local. Jefe de Proyectos AXXIONA Desarrollo Humano.
(2) Lic. en Psicología, Mg(c) Desarrollo Regional y Local. Jefe de Operaciones AXXIONA Desarrollo Humano.
(3) “La superación de la pobreza constituye uno de los grandes desafíos que enfrenta la región. El logro de esta meta es fundamental por razones éticas y para la estabilidad económica, social y política de los países” (Raczynski, D., 1995, pp. 11).
(4) En la obra de Demetrio Casado (1971), “Introducción a la Sociología de la Pobreza”, se ofrece una relación detallada de las distintas nociones que de pobreza se han utilizado desde la época renacentista, pasando por la revolución industrial, hasta la sociedad contemporánea.
(5) Este enfoque se asienta en el uso del Método del Ingreso para medir pobreza (Venegas, S. y E. Cortés, 1996). Este método es el que distingue a la población pobre según se ubique bajo una línea determinada en cuanto perfil de acceso a consumo básico. En este sentido, el enfoque indicado considera solo los aspectos económicos asociados a los requerimientos biofisiológicos básicos para la sobrevivencia de los miembros de familias o comunidades (Casado, 1971).
(6) Encuesta CASEN, especialmente.
(7) Con respecto a este enfoque se sostiene una tensión entre quienes, como señalan Venegas y Cortés (1996), definen umbrales absolutos respecto de niveles de ingreso u otros satisfactores, como acceso a vivienda, educación, etc., orientándose a comparar la situación de cada hogar en relación a los niveles considerados como mínimos para asegurar la satisfacción de las necesidades básicas, y quienes abordan el tema de la pobreza a partir de los niveles de satisfacción de necesidades de una sociedad dada, definiendo los límites de la situación de pobreza en base a alguna relación con los ingresos promedios de la sociedad. Si bien estos dos enfoque mantienen el modelo de comprensión econométrica de la pobreza, el segundo incorpora la noción de equidad como elemento determinante, con lo que incide en el desarrollo de grados más complejos de comprensión de las situación de pobreza y supera el horizonte de definición determinado por la sola consideración de las condiciones económicas necesarias para la satisfacción de los requerimientos biofisiológicos básicos.
(8) A pesar del mejoramiento que se observa en los indicadores de desarrollo humano, la pobreza continua siendo un problema agudo en América Latina. En la mayorías de los países la pobreza de los hogares, cuantificada por el método de la línea de la pobreza, aumentó en los años ochentas. (Raczyinski, 1995).
(9) En el caso de teorías culturalistas como la de O. Lewis se entiende a la pobreza como un conjunto de libretos conductuales e interaccionales que caracterizan a los sectores pobres de los demás sectores de la sociedad, siendo estos aspectos objetivo de intervención en un política de superación de la pobreza. Dentro del mismo tipo de teorías Morandé plantea la existencia de una cultura particular en los sectores populares (pobres) pero señala para los libretos característicos de estos sectores elementos de identidad que constituyen los instrumentos por los cuales pueden reivindicarse condiciones de exclusión y pobreza (Salas, 1997). En el caso de teorías sociológicas, el tema de la pobreza aparece comprensible desde procesos de marginación (marginalidad), como en los modelos sustentados en las ideas de Germani, o de procesos de exclusión, como en los modelos sistémicos derivados de los postulados de Luhmann. En el caso de teorías psicosociales, el tema de la pobreza se comprende desde patrones de funcionamiento personal y de relaciones con el entorno producidos en forma características por situaciones de precariedad y que se expresan en tipologías de carácter que limitan las expectativas de progreso de los sectores pobres (Perez Luco, Zambrano y Alarcón, 1995).
(10) Esta orientación se expresa en “Potencialidades y Oportunidades: un enfoque global de la pobreza y su medición”, Fundación Nacional para la Superación de la Pobreza y Universidad de Chile, 1999. Este texto constituye el informe de un proceso de medición de la pobreza que integra la apreciación de grados de exclusión y participación de redes sociales, así como de cualidades individuales de tipo cognitivo, afectivo y social.
(11) Su misión es financiar, en forma total o parcial, planes, programas, proyectos y actividades de desarrollo social destinados a superar la pobreza. Han definidos ámbitos de acción diferentes, los que han modificado en base la evaluación de los programas y proyectos, habiendo sido relevante el abordaje de la superación de la pobreza en consideración de distinciones como Microempresa, Campesinos y pueblos indígenas, Jóvenes, Localidades pobres y actualmente tercera edad, cuestión que expresa un modo de comprensión mas complejo de la dinámica que adquiere el fenómeno de la pobreza en el nuevo contexto global. Un ejemplo de esto se expresa en la declaración de objetivos para el Programa Local de Desarrollo Juvenil: aportar al surgimiento de capacidades juveniles, al desarrollo de sus iniciativas y al cambio de la relación que la comunidad y las instituciones locales establecen con los jóvenes de sectores populares (PLDJ, 1º licitación). Esto es una manifestación expresa de la centralidad de aspectos que superan la visión de los modelos de ingreso.
(12) Con esto se quiere connotar el sentido de “desde arriba” que tienen las políticas de superación de la pobreza del FOSIS, que si bien reconocen el hecho que la pobreza no solo es relativa a aspectos de tipo económicos, no integra la visión desde los actores, factor axial en la comprensión real del fenómeno de la pobreza y su intervención.
(13) Medida mínima, ilustrativa de la capacidad de la gente para lograr vidas largas y sanas; comunicarse y participar en las actividades de la comunidad, contar con recursos suficientes para conseguir un nivel de vida razonable (PNUD, 1993; en Parker,1995)
(14) Se ha elegido este segmento por su clara implicación en procesos de construcción de identidad y por poseer condiciones historiográficas vinculadas a las transformaciones de mitad del siglo XX.
(15) Se privilegia el programa Chile Barrio dado su orientación integral y territorial hacia el abordaje de la pobreza.
(16) El caso de la novena región es el de una de las más pobres del país. En ella, territorios como el de Santa Rosa de la ciudad de Temuco mantiene porcentajes cercanos al 30% de pobreza (CASEN,1998, Municipalidad de Temuco).
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